Casinos, pero también la adrenalina de jugar en la web. Cómo vive un adicto cuando las posibilidades de apostar se multiplican.

El hombre que habla lleva 40 años de problemas con el juego y tiene casi 60 de edad. Durante dos horas hablará casi íntegramente acerca de emociones bajas: descontrol, frustración, egoísmo. Hacia la mitad consultará “¿vamos bien?”. Hará tres chistes, uno sobre acompañarme a un casino, otro sobre cómo luce su casa, y el último en referencia a sus deudas e invitar el café. Y aunque prefiere no hablar de cifras, expresará algunas: “debo haber ido 100 veces a Las Vegas”, dirá; “jugaba miles de dólares en minutos”, dirá; “tengo una personalidad adictiva: llegué a pesar 30 kilos más que esto y ahora que no estoy jugando me compré mil plantas para mi casa. Mil. Mil plantas”.

M.C. son sus iniciales -por razones entendibles pide reservar su nombre- , y la conversación ocurre en el café Birkin de la calle Nicaragua un lunes por la tarde. En más de un momento, de distintas maneras, dirá: “grabate esto: sólo se puede perder”. Y hacia el final: “Hoy todavía estoy pagando”.

El hombre empieza por su presente, que parece estar signado por otros problemas: “Después de 30 años de matrimonio, hace 6 me separé. Me fui a vivir solo. Estuve en pareja un tiempo pero no funcionó; además tengo una hija hermosa. La cosa es que justo antes de la pandemia, de vacaciones, me infarté en el mar y me salvé de casualidad. Entré al agua y no salí más. Me sacaron mis amigos, me llevaron a un sanatorio y me pusieron dos stents”. Luego, conecta con la compulsión: cuando volvió a Buenos Aires, un mes después porque no podía viajar en un avión tan pronto, al poco tiempo se declaró la emergencia sanitaria por COVID y la reclusión obligatoria: “me encerré y me puse a jugar como loco”. Durante la pandemia perdió toda su plata en efectivo. Cuando le pregunto cuánto, dice: “no hablemos de cifras, todo, para mí era una fortuna y perdí todo”.

El germen de su adicción puede haber sido este: su padre murió cuando él tenía 8 años (y el hermano mayor 14) y su madre, al no tener con quién dejarlo, lo llevaba con ella al casino. Su madre jugaba durante horas mientras él quedaba en los sillones de adelante al cuidado de señoras mayores que tomaban café. “¿Me lo miran un rato?”, dice que decía su madre, y se iba a las maquinitas. Hoy explica: “Yo lo sentía normal, la verdad, no tenía con quién dejarme y me llevaba; y viste que uno sigue el camino de sus padres o sigue el camino opuesto: yo jugué, como mi madre; mi hermano, en cambio, odiaba el juego”.

A lo largo de la conversación marca hitos. Son casi los únicos momentos en que deja de gesticular. De estatura mediana, piel curtida por el sol, canas, jean oscuro y campera deportiva, cuando habla del juego, con sus manos teje una especie de red invisible en la mesa y sobre sí, se mueve rápido como si con las partículas de aire organizara una trama casi imposible de penetrar, como esas líneas láser de las películas de acción. Pero no cuando pasa por los hitos, ahí permanece quieto y esquiva la mirada o toma un sorbo de café. Pide un café y una gaseosa light y los intercala mientras habla de su divorcio, uno de esos momentos quietos. La muerte de su madre es otro, y la de su hermano, hace unos 5 años y quizás la herida más profunda, también. Su hermano cumplió el rol de padre en una familia de clase media baja. Dice que a veces no comían. Aunque desde los 20 años se define como un hombre de negocios. Pregunto de qué trabaja y dice eso: “tengo negocios”. Más adelante amplía y cuenta que se dedica a las importaciones.

Las apuestas on line crecieron exponencialmente durante la reclusión obligatoria en la pandemia. Foto Shutterstock.

Las apuestas on line crecieron exponencialmente durante la reclusión obligatoria en la pandemia. Foto Shutterstock.

Admite que siempre tuvo un problema pero que estos hitos lo profundizaron. Explica que las tragedias no anidan directamente en la compulsión por jugar, como sí, al menos para él, en la sensación de soledad, que es la que más influye en su adicción. Lo dice muchas veces: que es la primera vez que vive solo y que se siente así, solo; que no soportaba llegar y que hubiera silencio, que se llenaba de gente y de planes para evitar esa soledad y que, como en pandemia no se podía hacer nada, y menos él con su corazón comprometido después del infarto, se perdió en el juego. Pero también hay otro hito, uno que sirvió de freno: “cuando ya me había jugado lo mío y toqué plata ajena, ahí entendí la desesperación y encontré mi límite. Dije: o hablo o me suicido”.

Angustia y ayuda

Al tratamiento se suele llegar tarde. Eso explica Agustín Dellepiane, psicólogo especializado en tratar el juego compulsivo, y suma que “la consulta viene de la mano de la urgencia, la persona necesita que alguien la ayude a salir de la situación en la que está. Lo que quiere es resolver su problema financiero, o algún problema vincular que se le planteó, pero la idea de seguir jugando está presente en un principio, no hay una conciencia de adicción”.

M.C. tuvo, antes de la pandemia y de esa soledad abrumadora, algunos acercamientos a pedir ayuda. El primero fue hablar con un psiquiatra. Pero cuando aborda este punto entra por otro lado: “yo tenía ataques de pánico, tuve dos, no sé si vos tuviste, no podía hacer nada y pensaba ‘voy a quedar así para siempre, o va a volver a pasar’, y entonces fui al psiquiatra y me dijo que cuando me agarrara pensara en mis padres, que me concentrara en ellos, y así se me fueron». Luego conecta con la compulsión: durante un encuentro, ya en el diván el tema del juego, su psiquiatra le dijo que fuera al casino con algo de plata, una suma no significativa para él, unos 10.000 pesos, le dijo, y que estuviera 5 minutos nada más, que jugara 10.000 pesos y saliera: “Me indicó ‘ganás o perdés, a los 5 minutos te vas, me llamás por teléfono y me decís cómo te fue’. Y bueno, lo llamé, 5 minutos y lo llamé, pero volví a entrar. Volvía siempre, pasaron varios días así. Y el día 15 de esa secuencia, me acuerdo como si fuera hoy, se cayó el sistema. Estaban todos los prestamistas ahí adentro del casino, ese día perdí las 10 lucas, después 20, 30, 100 mil. Y ahí me di cuenta de que no podía con el juego. Me hizo una demostración de que era más fuerte que yo”.

A las consultas psiquiátricas le siguió Jugadores Anónimos: fue durante seis meses a una de las doce sedes que hay en la Ciudad de Buenos Aires. Cuando enumera los distintos acercamientos, Dellepiane explica que estos encuentros “nuclean a mucha gente y producen mucha contención, el tema es que no hay profesionales de por medio −como sí en otro tipo de grupos terapéuticos−, pero ahí lo que se propone es acompañarse en el día a día”. No obstante, varios de los dispositivos para abordar la ludopatía tienen un alto grado de deserción. El hombre fue a Jugadores Anónimos por seis meses pero un día no aguantó más: no eran las ganas de jugar lo que entraba en contradicción con esos encuentros, sino el compararse con el resto de los ludópatas: “Mucha gente en lugares oscurísimos. Vi a personas demasiado tristes y no fui capaz de seguir, dije ‘yo puedo llegar a esto’, te pone en la misma línea que esta gente, y está bien, porque estás enfermo como ellos, pero la verdad es que escuchar miserias todo el día… no sé… Hacía rato que no jugaba, y durante esos seis meses no jugué, pero después volví”. Agustín Dellepiane, psicólogo especialista en adicciones.Agustín Dellepiane, psicólogo especialista en adicciones.

Durante todo ese tiempo (juega desde los 16, hoy tiene 58) se mantuvo más o menos de pie, fundamentalmente porque seguía trabajando y siempre podía pagar. “Antes mi vida con el juego no era un infierno”, dice. Entonces llegó el COVID y todo aquello. Llegó, el hombre, a esconder sus días, a mentir e inventar compromisos, cuestiones de familia y cualquier excusa para que no interrumpieran sus apuestas.

Si el primero fue la admisión y el segundo el intento fallido, el tercer momento de rescate será el más bajo, se dará en la pandemia con él sumido en deudas y, a su criterio, en el punto de real pérdida del control. “El cardiólogo me dijo: si salís, te vas a morir’. Nadie sabía lo que era el virus, y mucha gente se murió. Me asusté y estuve un año encerrado. Entonces me dieron un antidepresivo y me hizo efecto al revés. Me dejó adrenalínico y empecé a jugar sin parar”. Durante el aislamiento, momento en que no había ni bingos, ni casinos, ni carreras de caballos, ni encuentros deportivos sobre los que apostar, toda su plata se derramó en los Esports. Apostaba en 3 partidos cada 10 minutos, cada uno por miles de dólares. “No eran apuestas ni siquiera, era euforia, me volví un tipo loco”. Entonces sacó plata de su trabajo (después aclara: de su socio). Eso impulsó la necesidad de contar. Además, dejó la medicación.

“Hablé con mi ex mujer, con mi socio, y era todo sufrimiento. Por suerte el apoyo fue total. Es muy difícil, porque no es como el borracho. Al tipo que es alcohólico lo ves y está borracho. Yo no, todo en silencio, voy, me juego un partido, vuelvo y nadie se entera”.

Juan Cyterszpiler, jefe de operaciones y co-dueño de Isurus, la organización de Esports argentina con más años de actividad en Latinoamérica, los define como deportes electrónicos de alto rendimiento que juegan un conjunto de personas, donde el entretenimiento o el ocio pasan a un segundo plano y prima la competición. “Es un sistema de cuatro patas: los jugadores, las Ligas, los equipos y los publishers, que serían los dueños de la pelota; y la quinta pata, que agrega el condimento, sería la audiencia. Si bien comparte condiciones con el deporte, porque los chicos entrenan cierta cantidad de horas, tienen su cuerpo técnico y médico, la diferencia es que el fútbol o el básquet no tienen un dueño, hay organizaciones que los regulan pero no tienen dueño. Los videojuegos sí, por la propiedad intelectual”. 

No sin controversia, en la Ciudad de Buenos Aires se encuentran legalizadas las apuestas online desde 2018. Entre los argumentos en contra, se dijo que era “una clara política recaudatoria del Gobierno”, que “cada casa podría convertirse en un casino”, y que todo terminaría en “un grave aumento en los casos de ludopatía”. Y al poco tiempo, con la pandemia, el juego online explotó.

Si alguien busca datos sobre juego on line, antes de verlos seguramente le aparecerá una publicidad digital: “Jugá a la ruleta online. Ganá plata fácil y rápido” leerá sobre un fondo verde y, en discordancia con la propuesta, algunas cartas de póker. Hoy, todos los juegos analógicos tienen su versión digital, desde la ruleta hasta la quiniela. Pero hay que volver a los números. Un mes antes de que empezara el Mundial de Fútbol de Qatar 2022, el mercado global de Esports estaba valuado en U$D 1.380 millones, con una proyección de crecimiento de más del 23% anual, que lo llevaría en 2025 a un valor de U$D 2.890 millones. Si bien se encuentran cifras de dinero pero no de personas, de plata que va y viene pero no de individuos que la llevan y traen, en Brasil, en Argentina y en Estados Unidos, entre 2021 y 2022 la cantidad de apuestas se triplicó respecto del año anterior. Un mes antes del Mundial se estimaba que había más de 730 millones de espectadores mirando deportes electrónicos en el mundo. 730 millones, algo así como 16 poblaciones argentinas. La audiencia: el condimento del que habla Cyterspiler y que engordó órdenes de magnitud en los dos años de COVID.

Las apuestas on line ofrecen una comodidad que sumó a nuevos jugadores. Foto Shutterstock

Las apuestas on line ofrecen una comodidad que sumó a nuevos jugadores. Foto Shutterstock

Apostar on line, sin salir de casa

Dellepiane cuenta: “Por un lado, los que ya son jugadores tienen otra opción para apostar, y por otro lado surgieron nuevos jugadores. Se incorporaron quienes no iban a las salas porque no les gusta salir, o porque se manejan mucho con las computadoras y el celular, gente que compra, estudia y conoce a otros por internet, y sobre todo se incorporaron nuevos juegos que convocan a gente distinta”.

Antes, la mayoría de las personas que iba a las salas tenía entre 40 y 60 años, y eran principalmente hombres. De 2005 en adelante se equilibró y hoy casi la mitad son mujeres. “Con el tema del juego online empieza a aparecer una mayoría de jóvenes de 18 a 30 años. Claramente tienen un vínculo más orgánico con la tecnología, les atraen más las características de estos juegos, por ejemplo, chicos que confían mucho en sus saberes futbolísticos, o que vuelcan ahí esa pasión. Se ponen a jugar, los amigos también juegan… entonces se ve un gran incremento de apuestas en ese aspecto”, comenta Dellepiane.

La psicóloga Susana Jimenez, que se desempeña en el Hospital de Bellvitge de Barcelona, España (donde las apuestas online son legales desde 2012), ha dicho que allí estudiaron que, si la evolución de los jugadores que apuestan de manera presencial se consolida entre los cinco y los siete años, es decir ese es el plazo de compulsión, en los jugadores online eso se desarrolla en un año, porque los efectos de la adicción se dan de forma más agresiva. Dellepiane agrega: “Antes teníamos un juego circunstancial, que implicaba ir a jugar, quizás de vacaciones, después el juego se volvió cotidiano, cuando entraron los casinos a las localidades, y hoy en día ni siquiera se precisa salir de casa”.

M.C. completa: “Las apuestas online te arruinan. Lo que alguien se puede ganar en 10 años de trabajo yo me lo patiné en 4 meses. Además, en algún momento empezás a perder sentido del valor de la plata, un día jugás 10, otro día 20, otro día 100”.

Apex Legends tiene su torneo de esports en Estados Unidos.

Apex Legends tiene su torneo de esports en Estados Unidos.

No tener noción de cuánto vale la plata podría pensarse como algo que se ve en las infancias. Del mismo modo que, en las infancias también, otros manejan la plata por uno (como sucede durante ciertos tratamientos de juego compulsivo), u otros llevan al paciente al médico (como sucede en ciertos tratamientos de juego compulsivo) o, ya más enfocados en el presente, los niños bajan aplicaciones del celular sin comprender su atadura a una tarjeta de crédito. Podría pensarse algo así, pero Dellepiane marca una distinción fundamental: si bien “el juego”, como sintagma, puede asociarse a lo lúdico, en la adicción esa parte −la parte recreativa− es la que se pierde. En la adicción, de ‘juego’ no queda nada.

Pregunto al hombre si perdió significativamente antes del encierro, aunque no quiere hablarme mucho de cifras, y dice “sí, claro. No existe ganar en el juego, porque uno no está jugando para ganar, no es lo que le da adrenalina, la adrenalina es propia de seguir jugando”.

​La búsqueda de una vida nueva

Que es para los giles. Que a los 20 sus amigos se juntaban a comer un asado y él estaba contando dólares en un casino, “¿y sabés dónde debería haber estado? En el asado”. Que su hija sabe pero sabe poco, y que él vive pensando en que le va a afectar. Que el jugador es generoso cuando gana y es egoísta cuando pierde, egoísta con uno mismo, “podés jugarte 100.000 dólares y después ves un pantalón que te gusta y no te lo comprás”. Que se recorta por todos lados menos por ahí. Luego, hace una pausa y dice algo que no es cierto, pero resulta interesante que él lo afirme: “El tipo que inventó la ruleta se pegó un tiro”.

Hoy no está jugando. Lo indica así, con el final abierto que da el gerundio, y suma que los banqueros están todos avisados (es una de las varias formas de lo que se denomina ‘autoexclusión’; las hay también en casinos, uno puede anotarse para que le impidan el ingreso; incluso en algunas páginas de apuestas hay un botón de ‘tomarse un recreo’ y, desde marzo, la Lotería de La Ciudad permite autoexcluirse voluntariamente por dos años escaneando un código QR). Busca encaminar una vida nueva: “Me acuesto más temprano, yo me acostaba tarde y llegaba tarde al trabajo para que el día se me hiciera corto. Pero ahora mi problema no es el juego, ahora tengo que aprender a controlar la soledad, que es horrible”. Después retoma el tiempo de encierro: “me enfermé y no me lo perdono”, aunque confiesa que se aburre un poco desde que no juega. “Yo viajaba por todo el mundo, con mi exmujer en 30 años fuimos a todos lados, jugar era parte de ese goce”. Cuando le pregunto si podría describirlo como placer me responde que supone que sí, que el juego en sí mismo es una diversión pero la gran mayoría termina adicto. “De afuera es un horror, si vas a un casino y mirás a la gente, te horrorizás, están completamente quemados, y está lleno de carteles que dicen ‘Si usted es adicto, busque ayuda’. No sé si para el jugador es un placer. Pero cuando reflexionás decís ‘para qué mierda juego, si yo no necesito esto’, si tengo 100 pesos y después tengo 110 es lo mismo; pero si te sacan los 100, ahí ya no”.

Dice que no es una relación de disfrute normal. Y aunque afirma que todas las adicciones son distintas, y que al ludópata no le importa la mirada del otro −porque el ludópata, por un lado es un gran escondedor y por otro no le importa nadie ni nada más que estar jugando−; dice que todas comparten esa cuestión de dos vidas que en realidad son una sola. Después dice: “Todos nos equivocamos en algo”. Después: “Igual, me gustan un montón de cosas, no sé si podría decir que el juego me gusta porque soy adicto”. Después: “No parece pero le puede pasar a cualquiera”. Y después, como si me señalara con el mentón, contrapregunta: “Y vos, ¿a vos qué te gusta?”.

Fuente: https://www.clarin.com/historias/viaje-cabeza-ludopata-encierro-apuestas-on-line-certeza-solo-puede-perder-_0_RqHdaD4sbK.html