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Bruno Gelber: “Hoy hay más pianistas y músicos, pero muchísimos menos artistas que antes”

Por Cecilia Scalisi // Fotos: Martín Lucesole

No era la fama conseguida en los pocos minutos de una publicación viral. A fines de los años 40, comienzos de los 50, el mundo demandaba infinitamente más de lo que hacen hoy las redes y los algoritmos para convertir a un niño en una celebridad clásica. Un talento descomunal, un genio en el arte y el instrumento, una chispa creadora, un carácter, una personalidad sin par y, sobre todo, una permanencia en el tiempo. Aquello que demostraba el prodigio llamado Bruno Leonardo Gelber. Hay una escena de su infancia que retrata la conciencia de saberse una figura. Acostumbrado a ser el centro de una familia musical, el protagonismo y la fama llegaron, desde que tiene recuerdo, de la mano de las primeras notas. Contaba de esa escena que, cuando un desconocido llegaba a su casa (a ese “infierno musical”, como dice que era su hogar en el barrio de Belgrano, con clases de solfeo y varios instrumentos sonando a la vez, el padre ensayando el violín y los alumnos de la madre tomando lecciones de piano), iba corriendo a su cuarto a buscar su trajecito de fiesta. Se vestía, se peinaba, se observaba al detalle frente al espejo y, cuando se sentía listo, volvía acicalado para presentarse como una estrella ante el público ocasional. “¿Pero usted nunca ha escuchado cómo toco el piano?”, le reclamaba al visitante conociendo de antemano la respuesta. “¡Porque debería escucharme!”, sugería con frescura, ahorrándole a la madre las palabras que, se suponía, debían venir de ella. Y de inmediato, sin la falsa modestia de la que carecen los niños, se disponía a ofrecer su recital. Asombroso, por supuesto, para aquel niño de cinco o seis años que ya a esa edad temprana reconocía las mieles del éxito. Y que, al día de hoy, ocho décadas después de haber cumplido el ritual del escenario siempre con la misma devoción y como uno de los más grandes pianistas del mundo en la segunda mitad del pasado siglo, afirma que la música lo es todo para él. Una inspiración que le llega “desde arriba” y a través de sus manos se convierte en el arte de los sonidos.

“Se cree que el artista nace y vive una vida ideal, que es siempre espléndida y dichosa […] Hay stress, cansancio, agotamiento en giras extenuantes […]. Y mucha soledad…“.

—Después de tantas entrevistas que has dado ¿has pensado qué te gustaría a vos contarle a los lectores? —La idea de cómo es en realidad la vida del artista. No para desencantar a nadie sino para contar la verdad, porque se cree que el artista nace y vive una vida ideal, que es siempre espléndida y dichosa, que está envuelta todo el tiempo en una nube de ensueño, pero no es así. El trabajo que hay detrás, y no se ve, es enorme y es durísimo. Se corren riesgos, hay mucha angustia en los viajes y en la infinidad de combinaciones para llegar a tiempo; la vida en los hoteles y los aeropuertos. Hay stress, cansancio, agotamiento en giras extenuantes, siempre buscando el momento, el lugar, la oportunidad para estudiar. Y mucha soledad… Yo nací en un ambiente inundado de música, en una casa donde los sonidos brotaban hasta de las paredes. Y además mi padre, que tocaba en la orquesta del Colón, me llevaba seguido al teatro. A veces me preguntan cuándo me di cuenta de que me gustaba la música. No sólo me gustaba, yo de muy chico tenía obras predilectas. —¿Te acordás de alguna, antes de comenzar a tocar vos mismo? —¡Sí, claro! El vals El adiós de Chopin. Gracias a Dios a mí me encantaba aquello que se hacía en mi casa. Y no es que no hubiera otras opciones. Mis padres [Bruno Gelber y Ana Tosi de Gelber], de hecho, hubieran preferido que yo eligiera otra cosa, pero para mí era soñado estar al lado de mamá, escuchando sus clases de piano. Yo aprendía de los que tocaban bien y muy bien, pero también de los que recién empezaban. Y lo escuchaba a papá, que daba clases de violín.

Prodigio del piano

—Pero tu fascinación siempre fue con el piano, no con el violín. —Voy a contar una cosa que recuerdo como si fuera ayer. Dado que la gran mayoría de quienes estudiaban con mi madre eran chicas, un día le confié, por esas cosas tontas de la edad, a los cinco o seis años, una cuestión que había observado. Le pregunté: “¿No es que el piano es para las mujeres y el violín para los varones? Mi madre, que era muy sabia, me dijo: “¡No! Los más grandes artistas del piano han sido hombres. Pero igual probá…“. Papá consiguió prestado un violín chiquito, para que intente algunas clases con él. Me enseñó la posición, la postura, la manera de apretar con barbilla… Todo me pareció superincómodo. Pero lo peor fue que pasé toda una tarde de explicaciones sobre cómo sostener el instrumento, cómo tomar el arco, cómo producir el sonido ¡y no saqué ni una sola nota! —Pero fuiste a una sola clase… —Y nunca más. Esa sola clase y nunca más quise saber nada, porque fui una bestia para el violín. Además, yo sentía tanto amor por el piano… y por mi madre. ¡Un amor inmenso! No era un Edipo, pero yo a mi madre la adoraba con toda el alma. Ella era muy inteligente y sabía tratarme como suelen tratar a los niños… —¿Superdotados? —Sí… Aunque mis padres no querían eso. Me enseñaron el do re mi fa sol, pero no querían que fuera pianista, ni siquiera músico. Sin embargo, yo me quedaba al lado de mamá, disfrutaba de todo lo que oía y después, con un solo dedo, me acercaba al piano y repetía cualquier cosa. Era obvio, y pronto se dieron cuenta de que tenía oído absoluto. Era el geniecito de la familia: daba conciertos, era chiquito y lindo, y también era un niño enfermo [N. de R.: a los siete años se enfermó de polio, algo que lo obligó a abandonar la escuela y a estudiar piano desde la cama con el instrumento adaptado, sin pedalera; el episodio dejó como secuela la parálisis de una pierna]. —Haciendo un salto en el tiempo, vamos a los 18 años, al día que decidiste ir a París. —Yo no decidí nada. Eso lo decidieron mis padres. Sí, fue un día, pero lo decidieron ellos. Yo en realidad era muy feliz en Buenos Aires. Tenía una pareja y muchísimos amigos, y daba conciertos todo el tiempo, incluso con orquesta; viajaba por el país. ¡Había tocado el concierto de Schumann con Lorin Maazel en el Colón! Me acuerdo cómo insistía con el tempo y con la entrada, que él quería más forte y yo le respondía que allí no había un sforzando… —¿Significó una ruptura importante dejar la Argentina en ese momento? —Es que yo estaba muy bien aquí. Tenía una chica que oficiaba de novia, porque a mí no me dejaban salir solo, por la cuestión de la pierna. Ella tenía 18 años y tocaba el piano bastante bien. Era alumna de mamá. Nosotros estábamos en lo de Scaramuzza, cuando llegó por primera vez. El maestro la escuchó y le dijo: “Prepárese con la señora Gelber y después la escucho de nuevo”. Se llamaba Delia Albanese. Estuve seis años con ella y nunca más la vi. Nunca más supe nada de ella… Volviendo a la pregunta: papá no me consultó. Él quiso que eso suceda y sucedió. Y yo ni siquiera era consciente de que iba a poder hacer semejante cosa; salir al mundo y hacer una carrera internacional. Sí, estaba muy al tanto de las grabaciones, de los discos de Horowitz, de Dinu Lipati, de todos los grandes de aquel tiempo. Pero ni siquiera tenía un gran repertorio. Un día del mes de marzo vino y me dijo: “Nos vamos a París en noviembre”. Lo sentí como algo tan lejano, que no caí en la cuenta, no tenía ni idea. Y aunque la hubiese tenido, jamás le hubiera dicho que no a mis padres porque los quería mucho. —¿Era muy diferente ser un solista de nivel mundial en aquel entonces? —Hoy hay muchísimos más pianistas y más músicos. Pero muchísimos menos artistas que antes. Yo nací y creí en la época del glamour. ¡Verlo tocar a Rubinstein era una experiencia! Scaramuzza se jactaba de que Rubinstein lo había visitado y elogiado como maestro. Pero nunca se me había ocurrido que yo pudiera hacer una carrera como él. —¿Por qué no? —Porque hay que tener un repertorio inmenso. No únicamente de piano solo. Hay que tener “en dedos” muchísimo repertorio con orquesta. Esto, para que lo sepan los chicos jóvenes que quieren hacer carrera de un día para el otro. Los organizadores se odian entre ellos. Entonces, por esa competencia, que es real, los programadores de las salas importantes no quieren repetir lo que se hizo en otro escenario, y hay que estar muy en forma con un repertorio que no solo es descomunal de extenso, sino que es dificilísimo.

“Todo el desarrollo actual, desde hace años, conduce al ser humano a una automatización de los sentimientos»

Buenos modales en París

—De esa “segunda educación”, como te gusta llamarla, que recibiste en París y siempre mencionás que fue un cambio en tu vida como el día y la noche, ¿qué valorás como lo más decisivo en el rumbo de tu trayectoria? —La sorpresa del premio en el Concurso Marguerite Long. Salimos en el auto de la señora que me llevaba, una señora paqueta, que tenía un piano espléndido donde yo iba a estudiar. Nos rodearon el auto y todo el público de la sala me seguía hasta la calle. No veía nada. Yo estaba ocupado, hablando con la gente. Fue algo tan impactante para mí… Y cuando finalmente salimos, tuve la clara impresión de que algo empezaba. De golpe, algo nuevo estaba empezando en mi vida. —¿No era comparable con nada de lo que habías experimentado en Buenos Aires? Una cosa era ser famoso en tu país y otra, diferente, en el mundo… —Algo que nunca antes había imaginado. Sí deseaba de una manera sana el hecho de ser conocido, ¡lo deseaba! Iba a los conciertos en el paraíso de Champs-Elysées soñando con pisar ese escenario, pero tal vez en diez años. Me moría del deseo por ver cumplido ese sueño. Sin embargo, la idea de lograrlo tan pronto nunca se me cruzó por la cabeza. A los seis meses estaba tocando allí y en todos los teatros de Francia. —¿Qué fue lo que comenzó, además de la gran carrera? —El hecho de que ya nadie tuviera que enseñarme nada. Yo aprendía solo. Más allá del piano y la música, desde cómo armar los sitios en una buena mesa hasta no abrir la boca antes de pensar ¡y saber muy bien lo que voy a decir! —¿Te referís a las reglas sociales? —Una vez invité a una comida a una señora muy importante, que tenía un festival de música en la costa francesa. Era muy vieja, entonces la senté a mi derecha. E invité a otra amiga (que por la edad podría haber sido la hija de aquella), casada con un marqués que ya estaba bajo tierra. Todo transcurrió perfecto, porque cuando la gente es educada las cosas se dan con facilidad. Sin embargo, al día siguiente, me llama y me dice: “Brunito, a tu amiga, por más vieja que sea, no le correspondía la derecha. Ese lugar, por título, me correspondía a mí.” A esa altura, yo no sabía que era tan importante, pero aprendí a respetar un buen protocolo. Al comienzo me parecía ridículo, pero con el tiempo me habitué y le encontré sentido. —¿Qué te resulta chocante cuando no hay reglas que valgan? —A mí me gusta guardar las buenas costumbres dentro de un determinado nivel de gente. Es algo importante y hay que saber respetarlo. Y lo que me resulta chocante es la falta de clase. —¿Por ejemplo? —Oír malas palabras de la boca de una mujer. La mujer malhablada es algo tan ordinario. Es francamente horrible. —¿Te parece que hoy en día los buenos modales y el buen vocabulario son considerados frívolos? —Y me duele que así sea. Que se considere que los buenos modales son una frivolidad es triste, porque la vida es mucho más linda cuando uno se sabe comportar. Hay gente que se cree importantísima, pero la gentileza y la disposición hacia los demás es un gesto de cultura. Y el idioma, que no es una hipocresía, sino todo lo contrario, se lo usa cada vez peor. ¡El modo en que se habla en la televisión es espantoso! Y la culpa la tiene el hecho de que, con eso, venden.

Cine, TV y otras decepciones

—¿Ves televisión? —Por mi enfermedad, sí. Porque paso mucho tiempo en mi cuarto, así que, además del teléfono, tengo la televisión, que me acompaña. Pero yo sé manejarla y encontrar canales donde muestran cosas interesantes o pasan películas antiguas. Lo que hoy llaman “antiguas”. Hay algo que no puedo entender. Cómo hay gente que te dice que le gusta el cine y no tiene ni idea de quién fue Visconti, ni El Gatopardo, ni Muerte en Venecia… ¿Sabías que Illeana Cotrubas me dedicó una función de su legendaria Traviata en el Covent Garden, con la puesta de Zeffirelli…? Tengo tantos recuerdos extraordinarios porque, cuando uno es conocido, tiene acceso a lo mejor. —Hablando del mundo de la televisión: Mirtha Legrand. —Yo a Chiquita la admiro, por cómo trabaja. Va a cumplir 100 años y sigue trabajando. La conozco muy bien. Pero una vez le escribí una carta en la cual, con todo respeto, le dije que se había puesto muy dura, no conmigo, sino con otra persona. Afectuosamente le escribí una carta de un amigo que le confía lo que siente, lo que piensa. Le dije que prefería distanciarme, que la seguiría queriendo y admirando… Nunca me lo perdonó. —Algunas personas en tu entorno te han pedido perdonar a la autora Leila Guerriero por el libro que escribió sobre vos [Opus Gelber, retrato de un pianista]. ¿Por qué el disgusto? —Cuento cómo fue: la periodista [Guerriero] dijo que venía a hacerme una entrevista para el diario El País. Después, otra para una revista, y otra para otra revista más y así… Le fui tomando simpatía y hasta cariño. Yo, en las entrevistas, estoy acostumbrado a que normalmente se respete el hecho de que hay momentos en que te graban, ¡en los que siempre tengo clara conciencia de lo que digo, por supuesto! Y hay otros momentos en los que el micrófono se cierra y el grabador se apaga. Uno confía en la honestidad del entrevistador. Un día, la periodista viene y me dice: “Bruno, con todas las entrevistas que te hice, tengo para hacer un libro sobre vos”. “¡Y hacelo!” le dije. Y vino con su marido a hacerme unas fotos. Cuando el libro salió, hasta la mucama se sorprendió de las cosas que había escrito de mí; una infinidad de cosas de las que yo solo podría haber hablado en confianza. Nunca con la idea de que fuera a publicarlo. Una vez pidió ir al baño y, en lugar de ir al de invitados, fue al mío y describió absolutamente todo lo que había. ¡En el baño! Y así hizo con todo, fue mezclando detalles con el solo objetivo de condimentar su libro, de hacerlo llamativo. Ella tendrá ese estilo… pero yo no merecía que me trate así, con esa forma de entender el periodismo a costa de traspasar cualquier límite. Ella debió haberme prevenido. Porque puede ser interesante escribir sobre una figura como yo en ese tono, pero la pregunta que me hago es: ¿hasta qué punto se tiene el derecho de desnudar a una persona de esa manera? —Habiendo hecho de tu vida un culto a la amistad, ¿has sufrido grandes decepciones? —Sí, claro. He recibido gestos que me dolieron, por supuesto. Y he aprendido qué es lo más impactante de eso. He aprendido también a que, sea como sea, y actúe como actúe la otra persona, yo jamás debo perder mi esencia. Por eso, hay que saber mirar profundo en el alma de la gente y descubrir, por ejemplo, cuál es motivo por el que alguien se te acerca. Yo tuve muchos complejos en mi vida. Empezando por mi pierna, por mi enfermedad… Me hubiera gustado no tener esta pierna defectuosa. Me hubiera gustado poder correr, poder ir libremente a una playa… Desde muy chiquito, y hasta el día de hoy, he sufrido complejos. —¿Te has enfrentado a la crueldad? —Conocí la crueldad desde chico. Hay una escena de la que me acuerdo como si fuera hoy. Íbamos a escuchar un ensayo de Arrau en el Teatro Ópera. Estábamos con mi madre, esperando el tranvía que nos llevaba a Cabildo, y un perrito, que andaba perdido cerca de mi casa, cruzaba la calle. Por Cramer subía un camión con tres tipos ¿y podés creer que el camión se desvió de su recorrido para pasarle por encima? Lo mató. Fue un hecho doloroso e incomprensible para mí. Mamá, que siempre tuvo la inteligencia de hablar de las cosas en lugar de callarlas, me dijo: “Tené conciencia de que la crueldad existe”. ¡Existe! Y por eso, hay que saber mirar profundo en el alma para cuidarse de la gente mala.

“Yo entiendo la misión del artista como la de aquel que se brinda a quien sea capaz de recibir“

—Cuando alguien te reconoce en la calle, ¿qué dirías que es lo más difundido de tu imagen, no de tu carrera sino de tu persona? —Voy a responder de nuevo con una anécdota. Una vez recibí la carta de un abogado, que me escribía con la idea de conectarme con la juventud. Le expliqué que yo nunca me aparté de la juventud, que siempre me mantuve abierto a los demás, que recorrí el país entero, que toqué absolutamente en todas partes y para todo el mundo, sin hacer distinciones de ningún tipo. Que les he ofrecido mi arte a todos por igual. ¿Sabés qué me respondió ese señor desagradable? Que tengo una imagen que es impactante. ¿Y eso qué quiere decir? ¿Qué acaso soy impactante físicamente? Yo sentí su respuesta como una manera de decirme que “no estoy actualizado”, que tengo que “modernizarme”, o algo así, para acercarme a los jóvenes. Y yo creo que, al contrario, la juventud es víctima de la gente que organiza las cosas con ese tipo de pensamiento, apuntando a lo más fácil. Puede ser que se acerquen a mí casi temblando, y a mi edad, que no me queda mucho futuro por delante, no lo puedo cambiar. Pero quisiera que una sola persona, al menos una, de las que son capaces de decir eso, lo diga porque, habiéndose acercado a mí, pueda afirmar que la traté de manera distante. Todo lo contrario. En mi sentir más profundo, yo entiendo la misión del artista como la de aquel que se brinda a quien sea capaz de recibir. Creo, además, que la música clásica no tiene por qué ser seria ni aburrida, ¡porque es una música con la que morís de placer! Un solo compositor que nombre: Tchaikovsky. Y en sus sinfonías encontrás amor brotándole por los poros. —¿A qué te referís cuando a un alumno le hablás del centro vital de una obra? —A los sentimientos, a la capacidad de sentir emociones, porque todo el desarrollo actual, desde hace años, conduce al ser humano a una automatización de los sentimientos. Se vive en la virtualidad, con la sensación de tener el mundo en la mano. Pero en cuanto apagan ese aparatito, no tienen nada. Los chicos de hoy no saben focalizarse profundamente. No hay un solo alumno que no te pregunte, ansioso, cuándo va a estar lista una obra, cuándo va a estar listo para un concierto… Y así es lo que se escucha hoy: todo rítmico, todo fuerte, todo rápido. —En China y Corea, y en los países asiáticos en general, sí les enseñan a concentrar el esfuerzo en un objetivo. Esa orientación se refleja con claridad en el número de pianistas de primer nivel, en las posiciones de los concursos internacionales y hasta en los catálogos de las discográficas… —Pianistas, muchos. Artistas, no tanto. A mí nunca me invitaron a China, así que no conozco, pero es claro que a ellos les va muy bien porque tienen un norte y saben focalizarse en lo que quieren. Y ese es el punto sobre el que insisto hasta el cansancio. Ellos estudian como locos. Yuja Wang estudia 12 horas por día y tiene el doble de técnica de cualquier otro pianista. Y yo los admiro, no sólo por esa capacidad, sino también por el hecho de estudiar el arte de una cultura ajena. ¡Imaginemos si nosotros tuviéramos que interpretar y sentir con el corazón la música de ellos! —¿Por qué crees que se propusieron entender y dominar la interpretación de una cultura ajena? —Porque tienen la locura de copiar, ¡y copiar es una manera de educarse! y por mostrar que Oriente es capaz de dominar cualquier cosa. Tal es la locura, que hay un chico japonés ciego [Nobuyuki Tsujii] que es impresionante cómo toca hasta La Campanella, sin equivocarse ni una nota a toda velocidad. Una maravilla. Yo creo que ellos sienten lo mismo que nosotros, pero tienen los sentimientos controlados. En Japón, por ejemplo, he vivido escenas de pasiones verdaderas. —¿Cuántas ciudades japonesas visitaste? —Viajé 22 veces al Japón, y cada vez que fui, me quedé al menos un mes. Hice 22 giras visitando 25 ciudades. Es maravilloso poder conocer un país de esa manera. Ellos son especiales, jamás se olvidan de un detalle. Les decís que te gustó un auto, entonces cada vez que vas, te ponen ese auto. Son atentos y tienen la gentileza de ponerse al servicio de la gente que admiran. Ellos sienten la misma pasión que nosotros, el mismo fuego, pero hay que saber interpretarlos en el modo en que lo expresan, que es diferente al nuestro. —La decisión de irte a Europa la tomó tu padre. ¿Recordás cómo tomaste vos la decisión de volver a la Argentina? —Yo soy una persona resignada a que la vida me fue mostrando las cosas que tenían que suceder. No hago planificaciones, porque tengo la impresión de ir viajando por un camino sobre el cual las cosas aparecen y suceden. Mi casa aquí la tuve siempre. Y la decisión, no fue abrupta. Me fui quedando hasta que llegó el momento en que sostener otra casa en Mónaco no tenía sentido, entonces empecé a hacer las tournées al revés: de aquí para allá. En la Argentina siempre tuve una vida muy linda, libre de los sinsabores que le ocurren a la mayoría de la gente. A menudo me preguntan si no extraño París o Mónaco. Y no es que nunca extraño nada, pero la verdad es que no me siento disminuido por estar en Buenos Aires. Porque lo importante, para mí, siempre fue la música. La música lo es todo. Y tanto aquí como en Mónaco, en París o en Nueva York me siento absolutamente en casa. Y estoy orgulloso de eso. Porque vivo solo y vivo envuelto en la vibración de esto que amo con toda mi alma.

Fuente: La Nación

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