Boite: con Griselda Siciliani y Carlos Casella
Un regreso al espíritu de los 70, con mucha alegría y buena música: un show a su medida: original, moderno y entretenido
PARA LA NACIONGustavo Lladós

Autores e intérpretes: Griselda Siciliani y Carlos Casella. Colaboración en puesta y creación: Ana Frenkel. Colaboración en textos: Guillermo Arengo, Paulina Siciliani y Daniel Cúparo. Dirección musical: Diego Vainer. Músicos: Tomás Carnelli, Santiago Martínez y Valentín Manzoni. Diseño vocal: Pablo A. García. Asistencia coreográfica: Magalí Zato. Iluminación: Gonzalo Córdoba. Vestuario: Pablo Ramírez y Rochas (los músicos). Escenografía: Alberto Negrín. Sala: La Trastienda (Balcarce 460). Funciones: jueves, viernes y sábados, a las 20. Duración: 80 minutos. Nuestra opinión: Buena.
Son viejos conocidos. Y se nota. Lo que Griselda Siciliani y Carlos Casella ofrecen sobre el escenario de La Trastienda, para el disfrute del público, es un reencuentro de amigos, hoy convertidos en grandes profesionales. Ellos, fundamentalmente, se divierten trabajando juntos, como lo hicieron previamente y en igualdad de condiciones en Estás que pelas (2014) y Sputza (2015). O en Pura sangre (2022), donde ella era la protagonista y él, uno de los directores.
Aquí renuevan su sociedad artística para adentrarse en el mágico mundo de las boîtes (o boîtes de nuit), esas salas de fiestas nocturnas, de aforos reducidos y selectivos, que marcaron una época, la de los 70. El show (eso es lo que realmente es más que un espectáculo teatral o un recital) recupera el misterio, la sofisticación y el espíritu del cabaret de aquel entonces, pero transformándolo en una experiencia contemporánea.

Boîte entraña varias sorpresas agradables. Por empezar, un repertorio recargado de temas variopintos y en distintos idiomas, no necesariamente populares (que sus intérpretes no quisieron adelantar antes de la función de prensa y que ahora no quedará más remedio que develar a fines de completar la reseña). La propuesta abre con el rítmico y sensual “Sesso e samba” (“Sexo y samba”), del rapero Tony Effe y la cantante Gaia, en italiano, y cierra con “Ni tú ni nadie”, de Carlos Berlanga y Nacho Canut, una pieza bien pop y en español que Alaska y Dinarama incluyeron en su segundo disco, Deseo carnal. En el medio habrá 11 temas más y un medley de cumbias. Lo más destacable del setlist son “Believe” (sí, el clásico de Cher) versionado como una balada, en inglés y castellano, por Casella; el tango “Como dos extraños”, de José María Contursi y Pedro Laurenz, a cargo de Siciliani; y “Quiero entrar en tus cosas”, de Daniel Melero, a dúo: con Siciliani, al piano y Casella, en voz principal. Una hermosura, sin dudas el mejor momento de la noche.
El otro ítem sorpresivo o curioso del espectáculo es la escenografía: una roca gigante que ocupa la mitad del escenario. Hasta la mitad del show parecería tratarse de una gran equivocación. Luego se descubrirá lo que encierra, cual hallazgo arqueológico: una galería de espejos, emblema por excelencia de cualquier boîte, tanto de la parisiense Les Bains Douches como de la recordada Mau Mau, de origen local. Una genialidad pergeñada por Alberto Negrín. Mención aparte para el vestuario del talentosísimo Pablo Ramirez: moderno, llamativo y elegante.
Además de buena música (y mejores interpretaciones), Boîte abreva en el universo emocional que nutría la vida nocturna de aquellas discotecas de lujo. Por empezar, en “el levante” y en su contrapartida, el rechazo. Es aquí cuando Siciliani se apropia del show. Apelando a todos los artilugios de su personaje en Envidiosa (la insegura, caprichosa y quejosa Vicky) y usando como cómplice al músico Tomás “Tommy” Carnelli, logra los momentos más hilarantes y genera la mayor respuesta del público. A la hora de cantar, es Casella (con su notable afinación y agudos) quien retiene el protagonismo.
En conclusión, Boîte es un espectáculo sencillo y ligero, pero muy agradable, que se consume alegremente como una copa de champán repleta de burbujas, ese espumoso que refrescaba las gargantas y avivaba los espíritus de todos los habitués a “las cajas de noche” o discotecas nocturnas (según las distintas traducciones al español del famoso término francés), allá en los 70.
Por Gustavo Lladós
Fuente: La Nación