Grandes películas con grandes canciones
Atesoramos películas por lo que nos muestran, pero -no siempre de modo consciente- por lo que le proponen a nuestros oídos. Hay bandas de sonido compuestas para el cine que acompañan nuestra vida cotidiana, que suenan en la memoria para teñir nuestras idas y vueltas diarias. De hecho, ¿cuántas veces se bromea con la música de El Padrino ante la aparición de ciertos dirigentes no solo políticos? Mucho de lo que compusieron señores como Nino Rota, Ennio Morricone, John Williams o Elmer Bernstein forma parte de esa banda sonora que nos acompaña constantemente.
Pero muchas veces los realizadores cinematográficos deciden usar otro tipo de acompañamiento musical a las imágenes: en lugar de composiciones especialmente realizadas para el film, canciones previamente existentes. Se vuelven disc-jockeys y está bien, porque en la vida real, además de aquellos temas “de película”, lo que nos viene a la mente en ciertas situaciones son canciones de la gigantesca radio que va formando nuestra memoria. No hace falta entrar en detalles: cada uno de ustedes -y yo también- sabemos cómo es esa discoteca, esa FM mental que surge sin empujarla en ciertos momentos de nuestra existencia. Cuando los directores suelen ir por ese camino, incluso en las fantasías más desaforadas, son realistas: reproducen algo que efectivamente nos sucede. Y los álbumes de esas películas suelen ser extraordinarios. Esta nota -arbitraria, claro- es sobre las mejores películas para escuchar de los más grandes DJ-cineastas que nos presenta el cine.
A la cabeza, lejos por ser el primero en sistematizarlo y por su conocimiento enciclopédico del rock y del pop, Martin Scorsese. Aunque sus películas suelen incluir bandas de sonido expresamente realizadas (algunas por maestros como Bernard Herrmann –Taxi Driver– o Elmer Bernstein –La edad de la inocencia), muchas de sus mejores películas van por el lado del álbum. Hay muchos ejemplos a destacar (el uso de “Comfortably Numb” en versión de Roger Waters, Van Morrison y The Band en Los Infiltrados -HBO Max-, por ejemplo), pero si hay una película que está coordinada perfectamente con un libro de canciones es Buenos Muchachos (HBO Max). No sólo porque pasa esos 25 años desde 1955 a 1980 por canciones, sino porque la música no sólo ambienta cada momento del film sino que le agrega una capa emocional y un cambio de ritmo que refleja cada década.
Desde el Tony Bennett inicial (“Rags to Riches”, eso que suena cuando Henry Hill -Ray Liotta- dice en off “Toda la vida quise ser un gangster” de modo irónico tras un tremendo asesinato) hasta el final con la trepidante y desesperada versión de “My Way” a cargo de Sid Vicious. Hay sonido Motown en los 60 y rock, psicodelia y paranoia en la sección de los 70 -con dos temas de los Stones, “Gimme Shelter”, “Monkey Man”, del álbum Let it Bleed. Pero la mejor secuencia de todas y la que muestra cómo una canción puede completar y amplificar el sentido de un momento es aquella en la que, tras el robo a Lufthansa, se amontonan cadáveres de mafiosos a puro montaje mientras suena “Layla”, de Eric Clapton por Derek and the Dominoes. Escuchar la banda sonora canción a canción genera el mismo efecto que ver el cambio y la caída en la película.
Antes de Buenos Muchachos existió esa enorme comedia irónica de Lawrence Kasdan llamada Reencuentro (en alquiler en AppleTV), que merece un libro y tiene una banda de sonido “de canciones” absolutamente ejemplar, donde cada tema es casi un coro griego que comenta la acción desde el clásico “I Heard It Through the Grapevine”, de Marvin Gaye en la secuencia de apertura, cuando vemos cómo un grupo de personajes que fueron compañeros de secundario se enteran de la muerte de su líder (y al compás del último acorde, y con un plano notable acompañado del nombre del director, descubrimos que fue un suicidio).
Todas y cada una de las canciones -recuerdos de los sesenta para tipos que dejaron el idealismo y se adentran en la “era de la codicia” de los ochenta- funcionan como ironías, como recuerdos de que el paso del tiempo también estropea las cosas y que las cuentas pendientes en realidad no se saldan. Pueden escuchar joyas como “Good Lovin’”, por The Rascals, “My Girl” por The Temptations, “Wouldn’t It Be Nice”, de Beach Boys o la extraordinaria “The Weight”, de The Band. Pero el mejor momento es el cortejo fúnebre musicalizado con “You Can’t Always Get What You Want”, de los Stones, aderezado con chistes, ironías, algunas tristezas y no pocos estupefacientes.
Hay una generación de “hijos” realizadores de los Scorsese y Kasdan de este mundo, y es la de Quentin Tarantino, Paul Thomas Anderson y otros. Aunque también suelen utilizar bandas de sonido expresamente compuestas (la de Los ocho más odiados, de Tarantino, a cargo de Ennio Morricone, se llevó el Oscar, por ejemplo), prefieren las canciones. Muchas veces en contraste extremo. Del primero, la más icónica por mucho es la de Tiempos violentos -ok, porque se estrenó así en este país pero, por favor, digámosle como se llama: Pulp Fiction-, que se puede ver en Paramount+ y Mercado Play. El disco vendió mucho (probablemente haya hecho más dinero que la película, que fue un éxito) y el método Tarantino tiene menos que ver con un acercamiento “de época” que con la creación de un mundo propio. De hecho, aunque todo parece indicar que Pulp… transcurre en Los Ángeles de los años 90, podría suceder en cualquier otro planeta y películas posteriores del realizador como todas las que hay a partir de Bastardos sin Gloria.
Es ecléctica, pero cada canción queda pegada a su secuencia correspondiente: los títulos con la combinación de “Misirlou” de Dick Dale & His Del-Tones y Kool and the Gang con “Jungle Boogie”, acompañando carteles con diferentes tipografías ya nos anticipa la estética de rompecabezas del film. Quizás las mejores secuencias de una película que estalla de citas y las supera sean el baile de Mia Wallace y Vincent Vega (eternos Uma Thurman y John Travolta) al ritmo de “You Never Can Tell” de Chuck Berry, y su contraparte irónica: el baile solitario de Mia al ritmo de “Girl, You’ll Be a Woman Soon” de Urge Overkill, justo a punto de encontrar la droga en el saco de Vincent. Ninguna de estas secuencias felices e icónicas deja de ser narrativa, de agregar datos a la historia. Es mérito de Tarantino.
Paul Thomas Anderson hace algo parecido, aunque mucho más apegado al tiempo en el que viven los personajes. Y aunque el procedimiento se utiliza en la compleja Magnolia, donde mejor se utiliza es en Boogie Nights: juegos de placer (HBO Max), desde el vibrante inicio al ritmo disco de “Best Of My Love” de The Emotions, hasta “Got To Give It Up”, de Marvin Gaye. Si la película cuenta el auge y la decadencia -vía VHS- del cine “para adultos” en los Estados Unidos, que es también el del paso del cine al video, la banda de sonido nos transporta desde el auge frenético del disco hasta el rock épico, a veces pasado por cocaína. Que es, ni más ni menos, lo que les sucede a los personajes (y recuerden que en cierto momento de la película Dirk, el personaje de Mark Wahlberg, busca grabar un disco). Esto estalla en la secuencia anterior al final, aquella que recompone y cambia la historia, en la que Wahlberg, Thomas Jane y John C. Reilly tratan de engañar a un mafioso (Alfred Molina) con drogas mientras suenan petardos y “Sister Christian” de Night Ranger y “Jessie’s Girl”, de Rick Springfield (“Es mi amigo”, dice el personaje de Molina) que culminan en un tiroteo violento en un ambiente sórdido y barroco fogoneado por cocaína. La redención final incorpora “God Only Knows” de los Beach Boys, y los títulos, “Livin’ thing”, de ELO, que recupera la luz con la que comienza la película.
Y aunque no parezca porque pertenecen a una generación un poco más joven (aunque no tanto), tanto Wes Anderson como Sofia Coppola son “hijos de Scorsese” a la hora de usar la música. Bueno, Sofia quizás sea también sobrina adoptiva de don Martin, pero tal título corresponde a una secuencia de eventos diferente. Anderson usa canciones pero lo hace a su manera. Un ejemplo es Vida acuática (Disney+), donde las canciones de David Bowie son interpretadas como contrapunto de la trama en portugués por el brasileño Seu Jorge. Pero la obra maestra es Los excéntricos Tenenbaum (Netflix, Disney+), en la que podemos escuchar a Nico con “These Days”, de Jackson Browne -que define al personaje de Gwyneth Paltrow, en el mismo mood de la canción-; o al trío de Vince Guaraldi haciendo “Christmas Time is Here”, canción compuesta para un especial animado de Snoopy y Charlie Brown (el clásico Merry Christmas, Charlie Brown, que puede ver en AppleTV), pasando por Bob Dylan, John Lennon o el final con “Everyone” de Van Morrison.
Pero lo interesante es que en cada momento de la película las canciones acompañan el clima en lugar de comentar las acciones. Es un todo, un color que se agrega para que la secuencia adquiera su tono emocional preciso. El momento clave es aquel en la carpa, donde el personaje de Luke Wilson y su hermana adoptiva Paltrow escuchan “Ruby Tuesday” directamente del vinilo de los Stones Between the Buttons mientras sinceran que se aman. Y el gesto de que la canción termine y se vuelva a posicionar la aguja del tocadisco es todo un detalle, un comentario sobre cómo en esa secuencia de amor y su banda de sonido “mental” funcionan en el cine y en la vida real. Toda la película, esa historia de tres genios infantiles con un padre demasiado libertino y excéntrico que quiere redimirse y lo redime, es un juego de composición musical y clima que se refleja en la elección de las canciones.
En el caso de Sofia Coppola, quizás su manual de estilo sea María Antonieta (para alquilar en Apple TV), que narra la historia de la reina francesa decapitada por la Revolución con canciones y comportamientos de la adolescencia del nuevo siglo. Y entonces, la banda de sonido es pura posmodernidad, pura mezcla de tiempos y de estilos, desde Siouxie and the Banshees haciendo “Hong Kong Garden” hasta The Cure con “All Cats Are Grey”. Si bien tiene no poco de intelectual (elude hits, digamos), sí tiene momentos brillantes que sirven para cambiar la perspectiva del personaje real, como la secuencia de compras al ritmo de “I Want Candy” por Bow Wow Wow. En ese momento de montaje feroz, de iconografías estallando entre el pasado y el presente, y gracias sobre todo a la canción, Coppola declara que hay formas de vivir que no cambian, que han sido idénticas. Al lector curioso, le recomendamos que vea la película (está en Prime) combinada con el primer guion escrito por Sofia, el del fragmento “La vida sin Zoe” del tríptico Historias de Nueva York, dirigido por su padre Francis Ford Coppola (Disney+). Hay una coherencia importante y una exploración humana y desde adentro de “la vida del niño rico”.
Y terminemos este paseo que podría seguir mucho más con las tres mejores bandas de sonido de canciones de los últimos años, las de la trilogía de James Gunn -un hombre al que deben seguir en Spotify si quieren descubrir el mejor pop contemporáneo-, la de Guardianes de la Galaxia (Disney+). De hecho, las tres películas están articuladas alrededor de cómo las canciones guían la vida del protagonista Star-Lord -Chris Pratt-, ese chico que es secuestrado por extraterrestres el mismo día que su madre muere de cáncer a los ocho años y que sólo tiene de ella un cassette grabado por su mano con las canciones que prefiere. Cada canción -que siempre se escuchan cuando el emblemático Walkman del protagonista está presente- descubre una emoción nueva.
En las películas 2 y 3 (llamadas “volúmenes”), Star-Lord cambia de dispositivo, consigue nuevas canciones y evoluciona en gustos en la medida en la que madura un chico grande que se enamora, pierde a su mamá, encuentra a un padre abandónico y comprende quién es su verdadero papá, intenta salvarle la vida a su mascota y mejor amigo y comprende que la familia es una elección.
Las tres películas son tremendos mazazos emocionales que no dejan indiferente a nadie, mucho más eso que películas de “superhéroes”. Esta nota no alcanza para explicar su importancia y peso en el cine contemporáneo, pero en cuanto a bandas de sonido, se basan en la idea de “este es mi gusto y quiero compartirlo con ustedes”. La elección de “Come And Get Your Love” de Redbone para la festiva secuencia de títulos del primer film (con Star-Lord bailando); de ELO y “Mr. Blue Sky” en la de la segunda (donde la acción de lucha contra un monstruo queda fuera de campo para que sigamos el juego de un Groot niño); o de la versión acústica de “Creep” de Radiohead en los de la tercera, con ese Star-Lord que debe salir de la melancolía eterna de sufrir de amor, son declaraciones sobre qué son realmente estas películas, cuál es su tema. Después, disfruten de la secuencia de pelea al ritmo de “No Sleep Till Brooklyn ” de Beastie Boys, con todos los personajes gozando de ser superhéroes. Películas que comparten sus imágenes, sus gustos, sus ideas y sus canciones, en lugar de imponerlas.
Fuente: La Nación