Un poco de humor

Reflexiones de la vida diaria: «Esa te la debito (no tan automáticamente)»

Hoy, en exclusivo, desde la vida cotidiana, nuestro enviado especial, Adrián Stoppelman, se debate entre debitar o no debitar automáticamente. Esa es la question. Léalo, antes de que le aparezca un cargo extra por no haber leído en su cuenta bancaria.

POR ADRIÁN STOPPELMAN

Telam SE

Esa te la debito (no tan automáticamente)

Todos los sistemas son fantásticos hasta el preciso momento en que dejan de funcionar. Internet es sensacional, hasta que se corta y te das cuenta que tu televisor era mucho menos inteligente de lo que creías. La electricidad es algo maravilloso, hasta que se corta y a los dos minutos ya estás insultando a la madre de Edison.  Así es con todo.

Y los bancos. Gran invento, sobre todo para los banqueros. Pero, a pesar de que todos desconfiamos profundamente de nuestro banco, hay una cosa que nos hace sentir cómodos (no te voy a decir felices, porque nadie es feliz pagando nada): El débito automático.

Porque con el débito vos te despreocupás. Solo tenés que asegurarte de que haya dinero en la cuenta. Y una vez que tenés la guita en la cuenta, ya prendés la estufa, encendés la el velador y hasta te animás a pedir turno con un médico de la prepaga.
El problema surge cuando alguno de los servicios que tenés en el débito se zarpa, y en lugar de cobrarte los habituales 1532,25 te manda una cuenta de 3 millones doscientos cincuenta y dos mil dólares con 25 centavos.

Si sobrevivís al patatús que te da ver la cuenta, debés enfrentar otro campo minado: comunicarte con el banco para que no paguen esa factura (cosa que igual no pensaban hacer, ya que no tenés 3 millones de dólares en la cuenta). Y llamás al banco. Y el menú de opciones para llegar hasta “problemas con débito automático, marque 49” es más largo que la colección completa de discursos de Fidel Castro en cámara lenta y con replay de las mejores frases.

Y si tenés suerte, paciencia y un sillón que no raspe, eventualmente te atienden. Y lo peor que te puede pasar es que te atienda una persona empática que te diga: “no, claro, esto no está bien”. Vos te sentís aliviado. El que te atiende reconoce que hay un problema. Pero al toque te dice: “Aguárdeme en línea, no corte por favor”… ¡NO! ¡No te vayas de la línea! Al menos dejame con la musiquita…

Y el silencio te atormenta. 29 minutos después reaparece el empático: “Disculpe la demora. Estuve chequeando, y va a tener que hacer el reclamo en la empresa. No es un problema del banco”. Ahí TU empatía por el empático desaparece más rápido que billete de 1000 olvidado en un banco de estación de subte, abandonada. No importa lo que digas o balbucees, no importa en qué idioma insultes, el empático no puede solucionarte el problema. Tenés que llamar a la empresa.

Y allá vas, más alterado que número de motor de auto mellizo comprado de canuto en un descampado de Villa Repuesto.
Acá el menú de opciones es menor: “para contratar el servicio, marque 1; pago electrónico, marque 2; para insultar en español marque 3, en inglés marque 4, en arameo marque 5 o espere y será atendido por un representante”. Consejo: Nunca marques lo que necesitás. Si querés insultar, pedí contratar el servicio. Si querés contratar el servicio, pedí insultar. OJO: jamás “esperés a ser atendido”. Te atenderán el día que ningún argentino compre un dólar.

Y cuando te atienden, vos ya venís con una calentura que excede los parámetros para dar positivo de COVID. Y ni siquiera escuchás lo que te dicen. Vas al ataque: “Me llegó una factura por 3 millones de dólares. Ustedes son unos chorros, no les pienso pagar y los voy a denunciar en la televisión y me voy a encadenar a la puerta de la empresa…”. Del otro lado, ante semejante ataque, la empatía no es la misma. Intenta calmarte: “Cálmese señor. Deme el número de cliente por favor” Y vos le das el número de cliente. Y otra vez: “Aguárdeme en línea, no corte por favor”… ¡NO! ¡No te vayas de la línea! ¡Al menos dejame con la musiquita!

26 minutos de silencio atroz después, reaparece la voz que te dice: “listo, solucionado, quédese tranquilo que le anulé la factura y le emitimos la que corresponde”. Pero vos no esperabas tanta eficiencia y de recaliente, insistís: “de ninguna manera les voy a pagar 3 millones de dólares! ¡Atorrantes, ladrones!” Hasta que la voz del otro lado del teléfono te dice: “¡Señor! Ya está solucionado. Usted no debe 3 millones de dólares. Fue un error. Usted debe abonar tan solo 1532,25”. Y te baja la adrenalina. Y le agradecés al empleado más que a San Cayetano por conseguirte laburo y ni bien cortás, llamás al banco para dar de baja el débito automático. Y lo das de baja. Y listo. Se terminó el problema.

Dos meses más tarde, te cortan la luz… por no tener en débito la electricidad, te olvidaste de pagar, y vino una cuadrilla y te desenchufaron.

Y alguien de la familia, que no podés identificar porque la oscuridad y la sangre en el ojo te impiden ver dice: “¿no lo teníamos en débito automático?” Y agarrás a tu familia, armás las valijas, te subís a un avión y te mudás con los bosquimanos al desierto de Kalahari. Y ahí vivís en una choza, sin electricidad, ni agua, ni gas, ni débitos automáticos. Y vivís una vida sencilla, sin complicaciones, en medio de la naturaleza. Hasta que te llega la factura del ABL del Kalahari…

Fuente: Télam