La derecha apela a equiparar las medidas de cuidados sanitarios con la dictadura y las restricciones a la libertad individual. Ocurre en España, Estados Unidos y también en Argentina, donde el PRO disputa además una interna política en la cual utiliza la pandemia. La negación de la realidad o la defensa de una falsa libertad ilimitada, son producciones simbólicas que el neoliberalismo necesita para sostener las inequidades que genera y que se agudizaron con la pandemia.


Por Luis Bruschtein, para La Tecl@ Eñe

La pandemia tiende a sumergir a la humanidad en un universo mágico que había comenzado a irrumpir con las formas más abusivas del neoliberalismo. La comunicación, el debate, el mundo de las ideas entró en un pantano de magias y facilismos que interrumpe la dialéctica y apunta a una civilización compartimentada en cigotos al estilo Matrix para sustentar un desarrollo monstruoso y desigual de la economía.

Más del 50 por ciento de los blancos que votan al partido Republicano en Estados Unidos, no se quiere vacunar. En Madrid ganó la derecha con una asquerosa campaña sucia contra Podemos, pero esencialmente por un rechazo inaudito a las precauciones sanitarias, a las que denunció por atentar contra la libertad. Aquí en Argentina, pueblos como Tandil, gobernados por la derecha, están inundados por el virus, pero sus autoridades –el intendente es un médico- participan en marchas para protestar contra las medidas sanitarias.

El pensamiento de los dirigentes que alientan estas posiciones se puede entender por su baja empatía con los seres humanos y una visión de casta de la economía o por cuestiones de poder y de prestigio político. Lo que no se entiende desde un punto de vista racional es la adhesión que pueden provocar en vastos sectores de la sociedad.

Donald Trump pensó que si declaraba una cuarentena y frenaba el transporte público, se le hundía la economía. Y a pesar de eso, la economía se desplomó y al mismo tiempo convirtió a la primera potencia del mundo en un inmenso cementerio a la cabeza en el ranking mundial de contagios y fallecimientos por la epidemia. Tendría que haber sido al revés porque es la Nación que cuenta con más recursos.

España tiene más o menos la misma cantidad de habitantes que Argentina y ya llegó a las 90 mil muertes. La pasaron mal, aunque esté cediendo la epidemia. Como el gobierno que imponía las restricciones sanitarias era de izquierda, la derecha apeló al imaginario más bizarro para equiparar las medidas de precaución sanitaria con la dictadura del proletariado y lanzó la consigna “libertad o comunismo” con la que ganó Madrid por varias cabezas.

Aquí pasó lo mismo al darle a las clases presenciales una entidad de épica hollywoodense berreta, cuando se trata de una discusión seria de parámetros sanitarios. Son argumentos que desconciertan por su pobreza y su despegue de la realidad. Pero que al mismo tiempo convencen a una parte de la sociedad que pasa a convertirse en decisiva porque se fanatiza. La única forma de apropiarse de lo irracional es haciéndolo en forma irracional, fanática. Y de pronto el mundo está discutiendo pavadas mientras se desangra.

La única forma de apropiarse de lo irracional es haciéndolo en forma irracional, fanática. Y de pronto el mundo está discutiendo pavadas mientras se desangra.

Lo peor de todo es que ni siquiera es posible debatir en ese esquema que compartimenta las vías de información en categorías que se definen por afinidades ideológicas. La sociedad elige sus fuentes de información según lo que quiere escuchar y no según las que le puedan asegurar mayor grado de aproximación a la realidad.

Los gobiernos de los estados norteamericanos, en especial donde ganan los republicanos, están haciendo un esfuerzo inaudito para convencer a la gente para que se vacune. En Nueva York ofrecen marihuana gratis y en otros estados, cerveza o bonos de ahorro. Es increíble. Murieron más personas que en las últimas guerras y hay un sentimiento extendido contra el único remedio.

Gran parte de los blancos republicanos son antiestatistas y conspiranoides, pero hay un 30 por ciento de la población de las minorías afroamericanas y latinoamericanas, históricamente maltratadas, que desprecian lo que les ofrecen, y cientos de miles de origen migrante que tienen miedo a la expulsión si se institucionalizan para vacunarse.

En el foco de la mayor tragedia de la humanidad de los últimos siglos, la guerra de las trasnacionales farmacéuticas inundó los medios con campañas de sospechas y denuncias contra las vacunas de laboratorios competidores. Agregaron otro factor de confusión y rechazo a las vacunas porque llegó un momento en que la sospecha involucró a todas. Hubo médicos y enfermeras que no quisieron vacunarse y algunos murieron por eso.

El desconocimiento del virus le dio también una carga incierta, por no decir mentirosa, y se combinó con esa latencia negacionista con que el neoliberalismo había infectado la información. Jorge Alemán dice que el paradigma neoliberal de la acumulación ilimitada requiere también producción simbólica ilimitada. Lo necesita para que la sociedad asuma como propio ese requerimiento por el cual es despojada para que unos pocos acumulen una riqueza que no podrían gastar ni en mil vidas del lujo más desaforado.

Murieron más personas que en las últimas guerras y hay un sentimiento extendido contra el único remedio.

Necesita que haya miles de doña Rosa que sostengan hasta el fanatismo que está bien que los servicios aumenten en forma diabólica y que el Estado es su peor enemigo, o que los ricos lo son porque se lo merecen y lo mismo los pobres, entre otras cosas. Y deben sostener esos preceptos con argumentos cada vez más despegados de la realidad a medida que las acciones son más abusivas.

El desconocimiento del virus coincidió con ese terreno fértil para el negacionismo de la realidad y una parte de la sociedad se comportó como si no pasara nada. Así funcionó el egoísmo del qué me importa, total los que se mueren son los viejos. Muchos se confiaron en esa máxima, pero la segunda ola mató tanto como la anterior, aunque esta vez en su mayoría han sido menores de 60 años.

Muchos de los infectados se cuidaron, cumplieron con las precauciones sanitarias, pero fueron víctimas de los que no lo hicieron. El negacionismo, haya sido mayoritario o no, fue determinante para los muertos porque contribuyó a su contagio. Hospitales abarrotados con médicos/as y enfermeras/os tirados en los pasillos para aprovechar minutos de descanso, fueron escenas que se compartieron con otras que mostraban multitudes en shoppings o en fiestas clandestinas, o con imbéciles que viajaban con certificados falsos.

La idea de una libertad ilimitada, que no se compadece con la salud, la miseria o la tragedia del vecino, está relacionada con esa producción ilimitada de subjetividad que necesita el paradigma neoliberal de acumulación ilimitada. En sociedad, esa libertad ilimitada, incluso para asesinar, no existe. Y en realidad tiende a coartar la libertad de los demás. La libertad ilimitada de los falsos libertarios es esclavista porque implica la libertad del más fuerte para someter y perjudicar a los más débiles. Esta pandemia se alimentó con ese discurso que promovió la indiferencia así como actos de masas sin el más mínimo resguardo para reclamar por sus supuestas libertades. Es otro producto del neoliberalismo.

Discutir algo tan elemental suena ridículo, pero han sido cuestiones que han estado agazapadas en la sociedad, fueron estimuladas por el neoliberalismo y fermentaron con la pandemia, agravándola. Encima, el debate se hará sin la más mínima esperanza de que penetre el mundo de infectados por el virus negacionista o neoliberal.

Fuente: Télam