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El primer boulevard porteño

Inaugurada en 1894 como parte de una nueva Buenos Aires, su trazado implicó la renovación de todos los frentes en estilo Beaux-Arts y conectó la Plaza de Mayo con el Congreso

Una auténtica arteria parisina. Aquí, desde Bolívar hacia Perú. ca. 1905.

Gustavo Raik

La avenida de Mayo fue la primera en inaugurar la idea de progreso urbano en la ciudad, inspirada en los boulevards parisinos del plan Haussmann, pero con rasgos propios. Su apertura fue posible gracias a la Ley Nacional Nº 1583, de 1884, impulsada durante la presidencia de Julio Argentino Roca y bajo la firme iniciativa del intendente Torcuato de Alvear.

El cruce de Av. de Mayo y Perú, cuando Modart estaba en esa esquina. 1939
El cruce de Av. de Mayo y Perú, cuando Modart estaba en esa esquina. 1939South American Trip. Archive.org

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El proyecto dispuso dividir por la mitad exacta las manzanas situadas entre las calles Rivadavia e Hipólito Yrigoyen (ex Victoria) a lo largo de diez cuadras, uniendo la Casa Rosada y la Plaza de Mayo con la calle Entre Ríos, donde luego se levantaría el Congreso Nacional. Además, la normativa impuso un criterio estético riguroso para las nuevas fachadas, con una altura máxima de 24 m y permitiendo por encima de esa línea únicamente retiros con mansardas o cúpulas. Esta ley habilitó la expropiación de todos los inmuebles alcanzados por la obra, lo cual demoró considerablemente la tarea, ya que muchos propietarios se negaban a aceptar los valores que imponía el municipio, lo que derivaba muchas veces en litigios judiciales. Sin embargo, otros cedieron gratuitamente parte de sus solares, pues obtenían con ello ciertos beneficios a la hora de reconstruir sus propiedades. Estos inconvenientes extendieron los plazos a una década. Las obras se habilitaban cuadra por cuadra, hasta que la gran arteria pudo ser inaugurada oficialmente el 9 de julio de 1894.


La apertura de la Av. de Mayo también fue célebre por sus juicios de expropiación. El primero fue el de Isabel Armstrong de Elortondo, que llegó a la Corte Suprema. Duró de 1885 a 1888.


Última etapa en la construcción de la Av. de Mayo. Esta foto fue tomada desde Salta mirando hacia Lima. El edificio de la izquierda es el actual hotel Ritz.
Última etapa en la construcción de la Av. de Mayo. Esta foto fue tomada desde Salta mirando hacia Lima. El edificio de la izquierda es el actual hotel Ritz.Ex Coleccion Michael Kessler. Gentileza Ediciones De La Antorcha

No se escatimaron esfuerzos y, entre los obstáculos a sortear, parte de nuestro patrimonio colonial quedó en la mira: el ala norte del Cabildo era un muro que se interponía. Tras estudiar alternativas para salvarlo (se pensó en dejar los arcos y que los autos pasaran por debajo de ellos…), se decidió finalmente demoler por completo ese sector, de modo que el edificio quedó asimétrico y muy deslucido.

Atrás quedaba la arquitectura italianizante traída por constructores y arquitectos que había cambiado por completo la imagen de la antigua ciudad. Ni hablar de aquellas casonas que, ya ruinosas, habitaron los bisabuelos de los funcionarios que firmaban las expropiaciones.

Una nueva hora sonaba en Buenos Aires. Llegaron arquitectos de diversas nacionalidades, principalmente franceses, pero también belgas, británicos, alemanes, noruegos y suizos –solo por citar algunas– que realizaron obras que aún nos maravillan.

Lentamente se fueron abriendo las primeras cuadras. Al frente se ve el “Cubo” Drabble, uno de los primeros edificios de la avenida, construido cuando aún había escombros a su alrededor.
Lentamente se fueron abriendo las primeras cuadras. Al frente se ve el “Cubo” Drabble, uno de los primeros edificios de la avenida, construido cuando aún había escombros a su alrededor.Gentileza Ediciones de la Antorcha

Sus edificios debían ser únicos, monumentales, como jamás los tuvo la ciudad. Para esto, una comisión especialmente creada por la Intendencia reguló alturas y materiales, concedió permisos, premió a aquellos propietarios que cedían su terreno a título gratuito, presionó a los que demoraban en construir y exigió a quienes debían darle forma a la nueva fachada hacia la avenida que la completaran a la brevedad. No se podía perder tiempo: todos los recursos fueron empleados en esta titánica obra. Las cuadrillas municipales trabajaban a toda velocidad. Abrían cuadras enteras para liberarlas al uso público, dotándolas de amplias veredas embaldosadas, cordones de granito alineados, cazoletas para árboles a distancias regulares, flamante pavimento y farolas con columnas ornamentales de fundición, dispuestas tanto en las veredas como en el boulevard. Servían así de división entre la mano y la contramano de la avenida. Por debajo corrían desagües pluviales y cloacales, tendido de aguas corrientes y luz eléctrica, símbolos del progreso y de la abolición definitiva de las epidemias.


Ya Sarmiento, hacia 1870, hablaba de dotar a la ciudad de un gran paseo urbano como los Campos Elíseos de París, el Bois de Boulogne o el Paseo del Prado madrileño.


La primera cuadra de la Av. de Mayo, con el edificio de La Prensa coronado por la figura de Palas Atenea.
La primera cuadra de la Av. de Mayo, con el edificio de La Prensa coronado por la figura de Palas Atenea.Sociedad Fotógrafica Argentina De Aficionados. Colección César Gotta

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En las fachadas, los arquitectos tomaron modelos de la École des Beaux-Arts. La codificación era clara: basamento con locales comerciales y acceso a los pisos superiores; un cuerpo alto ocupado con viviendas, habitaciones de hotel o despachos de alquiler; y un remate que en las primeras construcciones se limitaría a una balaustrada, para luego plagarse de mansardas de pizarra, cupulines, frontis curvos o clásicos y, finalmente, cúpulas. Ubicadas en casi todas las esquinas, le darían el perfil indiscutido a la avenida más parisina de la pampa húmeda. La tecnología hizo lo suyo en cuanto a materiales novedosos, por lo que muchas obras pudieron ejecutarse en brevísimo plazo e incorporaron dos elementos disruptivos hasta entonces: el ascensor, para poder acceder hasta el último piso, y la bomba elevadora de agua, dado que el Gran Depósito por Gravitación de OSN, construido como un hito en 1887, no podía abastecer la demanda de estos nuevos “rascacielos” que comenzaban a poblar la avenida.

La Plaza del Congreso vista desde el Palacio Barolo. En primer plano, las cúpulas de La Inmobiliaria.
La Plaza del Congreso vista desde el Palacio Barolo. En primer plano, las cúpulas de La Inmobiliaria.Gastón Bourquin

Para la Dama y el Caballero

En sus primeras cuadras surgieron grandes tiendas departamentales donde se ofrecía todo tipo de artículos: prendas de vestir, blanquería, artículos de bazar, decoración e infinidad de productos de altísima calidad, que también podían elegirse en profusos catálogos para envíos a la “campiña” o al interior en encomiendas despachadas por correo. Así podemos mencionar la tienda A la Ciudad de Londres, en la esquina sudeste de Perú, de estilo Art Nouveau, obra del colega Christian Schindler y propiedad de La Previsora, una aseguradora que no pudo, años más tarde, hacer frente al pavoroso incendio que arrasó todo, por lo que debió trasladar las instalaciones a otro sitio. Años antes, en 1904, sus empleados, reunidos en un bar cercano, fundaron el club de fútbol Independiente de Avellaneda.

Ya reconstruido el edificio, se instaló la popular Casa Tagini, que ofrecía lentes, discos y gramófonos. Precisamente allí, en 1912, un joven cantante de 21 años y prometedora carrera firmó su primer contrato para grabar su voz: aquel muchacho era Carlos Gardel. Hacia 1930, ya disuelta la exitosa firma y siguiendo las nuevas tendencias, su fachada sería totalmente planchada, perdiendo sus ornamentos florales, y una moderna tienda lo ocuparía: El Coloso, que pregonaba un recordado eslogan: “No se haga el oso y compre en El Coloso”. La firma cerró hacia fines de los años 60 y el edificio fue demolido por completo.


La Mondiale, en la esquina de Piedras, era obra del Arq. Schindler. Su gran cúpula formaba parte de los avisos de la tienda que funcionó hasta 1969, cuando se incendió y fue demolida.


Vidriera de tiendas La Mondiale, ca. 1940.
Vidriera de tiendas La Mondiale, ca. 1940.

En la esquina opuesta, hacia 1910, surgió el anexo Señoras de la tienda Gath y Chaves, en la propiedad de los Ortiz Basualdo, una de las primeras obras (1890) del arquitecto inglés Merry. Convocaron a otro gran profesional, Mirate, quien irrumpió con la novedosa tecnología del hierro y el cristal, alivianando la estructura, sumando más pisos con grandes paños vidriados en las fachadas y una esbelta cúpula coronada por publicidad luminosa. En 1954, en su planta baja se instaló la confitería London City, lugar amado por el escritor Julio Cortázar. Otra memorable tienda, en edificio de Schindler (demolido), es la parisina La Mondiale, en el 801 de la avenida –ocupada originalmente por la sastrería New England–, con recordadas vidrieras. Funcionó hasta los años 60; su peculiar cúpula sería parte del logo inconfundible de la marca.

Entre el Cielo y el Infierno

Luigi Barolo arribó de Italia sin capital, pero con grandes ilusiones. En un breve lapso pasó por diferentes empleos y, en pocos años, a fuerza de muchos sacrificios, fundó su fábrica productora de paños y telas. Anhelaba el progreso y la mejora constante de sus productos; adquirió en Chaco grandes extensiones de tierra y cultivó algodón, algo impensado en aquella época. Se adelantó a todos adquiriendo maquinaria especializada para hilar las fibras del algodón, con lo que consiguió una calidad extraordinaria y lo colocó a la par de los mejores géneros europeos. Su cotonificio se asentó en el barrio de Barracas y amasó fortunas. Su único rival comercial era su compatriota Enrico Dell’Acqua, que luego de una debacle económica fue absorbido por su sociedad. Así mudó sus operaciones al suntuoso edificio de la calle Santiago del Estero, actual Lotería de la Ciudad, ex sede de su contrincante. Pero Barolo soñaba con algo mayor, que inmortalizara su ascenso social y el haber llegado lejos. Entonces consultó entre sus paisanos profesionales quién podría reemplazar al fallecido Donatti, quien había diseñado sus fábricas y su palacio. Luego de evaluar algunas propuestas –entre ellas tres exquisitos anteproyectos de Claudio Caveri–, se sintió atraído por la figura de Mario Palanti, con quien diseñó, para el terreno ubicado en el 1370 de la avenida, un edificio que rompía todos los cánones de la época, incluida la estricta codificación. Dos cosas lo atrapaban: la audacia tecnológica, ya que el edificio se ejecutaría muy rápido por su novedosísima estructura de hormigón armado, y la simbología.


Luis Barolo, el empresario textil que le encargó a Palanti la gran torre que lleva su nombre, no llegó a verla terminada. Murió un año antes, en 1922.


Cuando se inauguró, en 1923, el Barolo era el edificio más alto de Buenos Aires.
Cuando se inauguró, en 1923, el Barolo era el edificio más alto de Buenos Aires.Ar-agn-agas01-ddf-rg-62-10261

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El edificio planteado conjuga un basamento comercial, materializado a través de un eje –el pasaje que lo atraviesa–; un desarrollo con modernos escritorios, como se llamaba a las oficinas de alquiler; y un remate descomunal enfatizado por una torre-faro que es el eje vertical de la composición. Esta iluminaría la ciudad con una potente linterna y daría las buenas nuevas. Hay quienes atribuyen a Palanti haber tomado el poema de La Divina Comedia para estructurar el viaje como un “peregrinaje vertical”. Dividió el edificio en tres segmentos, como lo pensara Dante: el Infierno (subsuelos y planta baja), el Purgatorio (pisos intermedios) y el Paraíso (la torre y el faro). Lo cierto es que hubo que adaptar la normativa para que el edificio pudiera concretarse, y el pasaje es un “regalo” a la ciudad: mediante esa cesión del espacio público obtuvo la altura final de la torre-faro. Cuentan que los incrédulos porteños veían esos balcones volados y temían su colapso inminente, por lo que se contrató a una persona para que todos los días saliera a caminarlos, demostrando la grandeza del hormigón armado y de su osado calculista. Desde lo oscuro de sus cimientos hasta el brillo de su faro en la cima, el Barolo no es solo arquitectura: es el legado de un hombre que quiso traer el poema máximo de Dante a Buenos Aires y no llegó a ver su sueño terminado –falleció en 1922, un año antes de su inauguración–, dejándonos un monumento que parece vibrar eternamente, suspendido en el espacio exacto entre el cielo y el infierno.

Paren las rotativas

La concentración de importantes órganos de prensa en la avenida preanuncia la importancia y centralidad que esta tuvo. Así lo recuerda Jauretche: “[…] en ella se celebraban los grandes mítines partidarios. Era además la calle de los diarios: La Prensa, El Diario, La Razón, La Época y más tarde Crítica con sus pizarras y los tumultos ocasionados por sus noticias de la guerra y los escrutinios. La calle donde la gente se aglomeraba ante las noticias sensacionales”.

Arco del triunfo construido por el diario La Prensa en adhesión a la primera conscripción de ciudadanos argentinos en Cura Malal, el 14 de junio de 1896.
Arco del triunfo construido por el diario La Prensa en adhesión a la primera conscripción de ciudadanos argentinos en Cura Malal, el 14 de junio de 1896.Archivo General De La Nación

La Prensa, de José C. Paz, fue el primero en instalarse en el número 575, con un suntuoso palacio obra de Gainza y Agote, en 1896, actual Casa de Cultura. Desde su imponente fachada dominan, en lo alto, las esculturas del águila que “todo lo ve” y de la diosa Palas Atenea, sosteniendo la linterna que cambiaba de colores de acuerdo con la gravedad de la noticia, junto a una potente sirena. El 14 de julio de 1896, una vez finalizado el primer adiestramiento de conscriptos en Curamalal (Pigüé, Buenos Aires), organizó un memorable desfile militar con un gigantesco Arco de Triunfo en homenaje, con la presencia del entonces presidente de la Nación, José E. Uriburu, demostrando el fervor patriótico a través de toda la avenida. El Diario, fundado por Manuel Láinez en 1881 (tío abuelo del genial Manucho), ocuparía el número 662 y sería un avanzado a su tiempo, incorporando el formato vespertino, dando las noticias “del día” y reemplazando las tradicionales “sábanas” por un tamaño más chico, ágil y maniobrable: el éxito fue rotundo.

Crítica, de Botana, fue un diario de avanzada que movilizó a las masas, y el lugar elegido fue el 1333 de la avenida. Para estar a la vanguardia encargó al arquitecto Kalnay su sede central, en un rutilante art déco que maravilla por sus líneas simples, sus refinadas esculturas y sus suntuosos materiales. Hoy funciona allí la Superintendencia de la PFA y también un museo.

Multitudes se agolpan frente a las pizarras del diario La Prensa con motivo del armisticio, al final de la Primera Guerra Mundial. 1918.
Multitudes se agolpan frente a las pizarras del diario La Prensa con motivo del armisticio, al final de la Primera Guerra Mundial. 1918.Ar-agn-agas01-ddf-rg-70-160428

La Razón construyó en la década del 20, casi en la esquina de Chacabuco, un amplio edificio de repertorio clásico, integrado con sus vecinos y capaz de captar al público con un formato moderno. En los años 70, al mudarse a su flamante edificio de Barracas, fue demolido; allí se alza hoy la torre del Banco Patagonia, de SEPRA.

Entre bohemios y bambalinas

En tiempos sin redes ni internet, además de concentrar redacciones, la Av. de Mayo tuvo bares y cafés donde la bohemia cultural se daba cita. No solo en sus salones, sino también en sus flamantes veredas. Con 6,50 m de ancho, esos espacios se cubrieron de toldos y dieron cabida a mesas y tertulias, con picadas y chops helados que mitigaban el calor de las noches de verano. Se iniciaban en el 825, donde el Café Tortoni lucía nueva fachada ejecutada por un joven Christophersen sobre el inmueble de los Unzué. Allí, personajes como Alfonsina Storni o Jorge Luis Borges se reunían para intercambiar poemas y debatir sobre el devenir cultural. En efecto, y tal como afirma el arquitecto Ramón Gutiérrez, titular del CEDODAL (Centro de Arquitectura Latinoamericana), la Av. de Mayo “vino a introducir nuevas pautas de comportamiento para la ciudad. Por una parte, se constituyó en el ‘salón urbano’ donde se iba a pasear, a exhibirse y a mirar, y por otra, en el símbolo de la modernidad urbana tan anhelada”.

Otro punto de encuentro importante fue Los 36 Billares, en la vereda impar del 1.271, donde durante horas se jugaba en sus paños y se compartía un buen café con amigos, en el edificio encargado por La Franco Argentina a sus compatriotas Tiphaine y Colmegna en 1914. El Bar Iberia, en la esquina con Salta, fue otro clásico donde los republicanos españoles, en 1936, fijaron su búnker de la resistencia antifascista. Desde allí ayudaban a sus hermanos con donaciones de alimentos o ropa y debatían apasionadamente entre intelectuales, exiliados y artistas. Paradójicamente, en la vereda opuesta estaba el Bar Español, donde se reunían los nacionalistas franquistas. Llegaron a producirse acalorados enfrentamientos entre ambos bandos y hasta volaron mesas por el aire.

Los libros también tuvieron su lugar en copiosas estanterías y bateas, en librerías como la de Finkelstein o la del Túnel, solo por nombrar algunas, con ejemplares a muy buenos precios, saldos o inhallables.

Ómnibus de plataforma de tipo “Imperial” pasa frente al Cabildo. Junio de 1924.
Ómnibus de plataforma de tipo “Imperial” pasa frente al Cabildo. Junio de 1924.Ar-Agn-Agas01-Ddf-Rg-1519-71940

El celuloide también tuvo participación, especialmente con el Cine Avenida, una de las primeras salas en pasar del biógrafo al cine sonoro. Convivió con el actual Cine Gaumont, originario de 1912 y reformado posteriormente. Otra sala recordada es el Cine Gloria. En los años 70 pasó a llamarse Lara, con su foyer cubierto de mayólicas andaluzas. Cuenta con el récord de haber tenido en cartelera el musical de Led Zeppelin “The Song Remains the Same” durante más de una década. Hoy una sucursal bancaria, que respeta su decoración, ocupa su espacio.

El Teatro de Mayo databa de 1893. Fue pionero y de avanzada, pero sucumbió con el ensanche de la 9 de Julio. Le siguió el Avenida, de los arquitectos Poblet y Ortúzar, de 1908, con un programa que incluía hotelería de primer nivel y restaurante, en un terreno irregular, tomando previsiones innovadoras ante incendios. Allí se lució lo más hispano del arte, con figuras de la talla de Lola Membrives. Sin embargo, en 1979 un gran incendio devoró parte del edificio y ninguno de los sistemas pudo sofocar las llamas. Fue reedificado luego de 20 años, preservando los sectores que se salvaron.

El lujo del descanso

Mientras la avenida palpitaba al ritmo de tranvías, canillitas, debates políticos en los cafés, corsos y el incesante ir y venir de peatones, tras las puertas giratorias de sus majestuosos hoteles se imponía una lógica distinta: la del sosiego y la distinción. Construidos específicamente para albergar pasajeros, y con los últimos adelantos tecnológicos –como luz eléctrica, calefacción, ascensores y detalles hasta entonces impensados–, combinaban la suntuosidad de un verdadero palacio, con grandes salones de recibo y de baile, confiterías, restaurantes y terrazas apergoladas con tea room, con el confort de las habitaciones de un hôtel particulier. En aquel entonces quienes se hospedaban lo hacían por largos días, semanas o incluso meses. Las habitaciones eran varias y se unían con salas, baños privados, balcones y jardines de invierno. Las cocinas contaban con chefs europeos de Le Cordon Bleu, impecables maîtres y mozos que atendían a la selecta concurrencia. En un principio, los hoteles se concentraban en las proximidades del muelle de pasajeros en el Bajo porteño, pero, próximo a celebrarse el Centenario, fueron muchas las delegaciones extranjeras que se hospedaron en la Av. de Mayo.

Elegantísima terraza del hotel Majestic. Fue construido entre 1906 y 1909 por la Caja Mutua de Pensiones.
Elegantísima terraza del hotel Majestic. Fue construido entre 1906 y 1909 por la Caja Mutua de Pensiones.

El Majestic, en la esquina de Santiago del Estero, en el número 1301, magnífica obra de Collivadino y Benedetti encargada por la Caja Mutua de Pensiones, tenía un sol como emblema que aparece en muchos ornamentos, como también en la primitiva cúpula –hoy muy modificada– a modo de veleta. La compañía comitente nunca lo utilizó, y alquiló el edificio mientras la obra se terminaba, inaugurándolo como hotel de gran nivel, comparable con los europeos. Tuvo notables visitantes: desde el coreógrafo ruso Nijinsky hasta el genial Albert Einstein o Le Corbusier. Si hablamos de ilustres, Lorca también se hospedó una larga temporada, en 1927, en el flamante Hotel Castelar, obra de Palanti. Aún se preserva la habitación que ocupara, con mobiliario de época.

Dentro de los primeros edificios que abrieron la avenida no podemos olvidar el Drabble, magnífica obra de Büttner que data de 1893, un año antes de que la arteria se inaugurara oficialmente. Hasta 1910 fue el Chacabuco Mansions Hotel, diseñado con todas las comodidades del momento. Este edificio fue apodado el “cubo Drabble” por su inusual volumetría y su larguísima fachada de 60 metros. Muy criticado y resistido al principio, su imagen primigenia acabaría marcando tendencia y sus líneas terminarían convirtiéndose en un tipo de arquitectura muy usada.

Si de estilos hablamos, no podemos olvidar hoteles como el Chile, ex Lutecia, obra del galo Dubois de 1906, quien, dejando un poco de lado ese primitivo cubo, decidió darle a su edificio formas plásticas de ensueño. Aquella composición esquinera necesitaba una cúpula que la diferenciara, y así surgió una de las más notables, con formas caladas que se ganó todas las miradas. Con los años, un incendio la destruyó y quedó sin su corona, pero, gracias a una moderna intervención que siguió fotos y planos de época, se la rehízo en 2018 tal como la concibió su creador.

Hotel París en la esquina de Salta y Av. de Mayo. Más oculto, con la cúpula con figuras, el hotel Metropole.
Hotel París en la esquina de Salta y Av. de Mayo. Más oculto, con la cúpula con figuras, el hotel Metropole.Archivo General de la Nación

Un tren distinto

Bajo los adoquines, en 1913 el gusano de hierro irrumpió serpenteando con su interior repleto de pasajeros; una estampa que, ante ojos asombrados, parecía salida de las páginas de Verne. Pocos años habían pasado desde la inauguración de la avenida y la ciudad volvía a estremecerse. Ya no fueron precisas expropiaciones ni demoliciones. Se retiró el pavimento y miles de metros cúbicos de tierra fueron excavados a cielo abierto. Buenos Aires obtuvo así su primer subterráneo. La Línea A, o Línea 1 según su primera denominación, fue construida por la Cía. Gral. de Tranvías Anglo Argentina Ltd. En su recorrido unía Plaza de Mayo con Plaza Miserere a lo largo de 3.970 m. Incluía túneles de maniobra de doble vía, a una profundidad máxima entre los rieles y la calle de 7,92 m en su punto más alto, y mínima de 4,85 m al llegar a la calle Santiago del Estero. Fue ejecutada en dos etapas: de Plaza de Mayo a Plaza Once, y de Once a Primera Junta. Se optó por el sistema de construcción cut and cover, mediante el cual se excava una trinchera a cielo abierto para luego colocar el techo, ejecutado con bovedillas de ladrillos y perfiles metálicos que se asientan sobre gruesos muros de mampostería portante. Como refuerzos se adicionaron, en los andenes, columnas metálicas remachadas con vistosos capiteles ornamentados. Las estaciones se dotaron de dos andenes laterales de 100 m de largo, que se comunicaban con el exterior a través de amplias escaleras de acceso; luego se sumaron escaleras eléctricas. Cabían hasta seis coches La Brugeoise, más recordados por su origen y traducción como “los belgas” o “las brujas”. El cardenal Bergoglio los usaba a diario en sus recorridos, mucho antes de ser el papa Francisco. Estuvieron cien años en funciones: fueron reemplazados en 2013.


Cuando se inauguró, en 1913, la línea A iba de Plaza de Mayo a Once de Septiembre. Buenos Aires fue la primera ciudad de Latinoamérica en contar con subterráneo.


Las obras del subte se hicieron a cielo abierto y en tiempo récord. 1913.
Las obras del subte se hicieron a cielo abierto y en tiempo récord. 1913.Philipp Holzmann. Gentileza Berlin-Brandenburgisches Wirtschaftsarchiv

Los muros de las estaciones, revestidos en mayólicas esmaltadas de bordes chanfleados, tenían una guarda de color diferente para cada estación. Esto facilitaba que los pasajeros que no hablaban castellano o eran analfabetos supieran visualmente dónde debían subir o bajar. Se completaba con cartelería enlozada y espacio para afiches publicitarios. La herrería ornamental de protección y acceso a las bocas combinaba con farolas de hierro fundido que sujetaban el cartel luminoso indicador del sentido de viaje, con un particular diseño. Por el sistema constructivo adoptado y salvando múltiples obstáculos, la obra pudo realizarse sin interrumpir ni un solo día los cruces de calles o líneas tranviarias, gracias a la colocación de puentes provisorios. Las obras comenzaron el 15 de septiembre y la inauguración oficial –presidida por el intendente Anchorena y demás autoridades– se realizó el 1 de diciembre de 1913, librándose al servicio al día siguiente a las 5.20 de la mañana. Unos 1.500 obreros, muchos de ellos inmigrantes, hicieron posible esta maravilla en tan breve tiempo, sumado a la gran pericia técnica, lo que colocó a Buenos Aires a la altura de las principales ciudades del mundo.

En 1944, la Municipalidad impuso nuevas reglas y carriles para la circulación. Recién en 1968 dejó de ser doble mano.
En 1944, la Municipalidad impuso nuevas reglas y carriles para la circulación. Recién en 1968 dejó de ser doble mano.Ar-agn-agas01-ddf-rg-1519-73659

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Carnavales

Si hablamos de festejos, no solo los del Centenario tuvieron su eje aquí: también son memorables sus carnavales de máscaras. Los corsos y desfiles que poblaron la avenida fueron únicos. Para tomar dimensión de su importancia, así rezaba el aviso de un popular matutino del 27 de febrero de 1929: “El Corso Oficial se inicia en Plaza de Mayo y las calles que la circundan, sigue por Rivadavia hasta Pueyrredón. El desfile lo iniciarán 8 heraldos lujosamente ataviados y a continuación petisos y cabezones; luego seguirá una carroza cedida por la Casa Iribarne, en la que irán pierrots y colombinas. Dando entrada a la fiesta de Momo, aparecerá el Rey de la Locura montado en un burrito. A continuación, seguirán grandes carros construidos por la Comisión bajo la dirección del pintor Sr. Rodolfo Franco y siguiendo el cortejo de este interesante conjunto irán todas las mascaradas, orfeones, centros gauchescos, murgas, etc., que se han inscripto en los concursos del Carnaval. En total desfilarán por la Avenida de Mayo, cada uno con su respectiva caracterización, más de 5.000 personas, lo que puede dar una idea de la grandiosidad del espectáculo”.

Grandes luminarias para el carnaval de 1922.
Grandes luminarias para el carnaval de 1922.Dirección De Paseos, Museo De La Ciudad. Gentileza Ediciones De La Antorcha

Del agua a la cerveza

La higiene fue uno de los principales motores del progreso. Para luchar contra las pestes se encararon obras de gran envergadura, como sistemas de aguas corrientes y cloacas soterrados. Los habitantes que comenzaron a gozar de esos servicios estrenaban cuartos de baño y cocinas donde lucían artefactos novísimos. Estos adelantos se exhibían y adquirían en el Palacio de la Higiene: duchas, bañeras, inodoros y lavatorios, desde los más suntuosos hasta los más económicos. Todos podían recorrer el showroom de Heinlein y Cía., en los bajos del edificio La Inmobiliaria, encargado por Antonio Devoto a Luigi Broggi. Quedaba en Av. de Mayo 1402 y fue inaugurado para el Centenario como remate de la última cuadra de la avenida. Su par de cúpulas coloradas, en cada esquina, se convirtieron en un ícono. Posteriormente, en la esquina de Luis Sáenz Peña –una vez que Heinlein ya se había mudado a su nueva sede de Diagonal Norte–, se instaló allí la mítica Cervecería Berna, donde sus chops de cerveza tirada y sus lomitos con anchoas se hicieron muy famosos: sus mesas ocupaban las veredas, y las risas y el parloteo constante se mezclaban con los shows musicales al otro lado de la avenida.

En Heinlein se vendían todos los sanitarios y demás novedades constructivas.
En Heinlein se vendían todos los sanitarios y demás novedades constructivas.

En la vereda opuesta, en el número 1473, después de años de contar con edificaciones bajas como el Cine Avenida –uno de los primeros biógrafos, como se llamaba a las salas de cine mudo con orquesta en vivo en aquellos tiempos–, existió el Parque Goal, un lugar de atracciones en vivo que toma su nombre de un arco de fútbol instalado allí, donde los aficionados pagaban para intentar meterle un gol a arqueros reconocidos de la época. La idea fue del empresario José Carnevale. Con el paso del tiempo, se transformó en el Gran Recreo Criollo y convivía con los grandes palacios. Fue el templo de payadores, guitarreros y orquestas típicas que deleitaban al público que se agolpaba en multitudes. Funcionó hasta 1930. Finalmente, en 1983, con el retorno a la democracia, un edificio de corte posmoderno del estudio Korn-Lopatin lo reemplazaría completando la manzana, respetando la normativa y dando un cierre que reinterpreta los elementos morfológicos y dialoga respetuosamente con sus vecinos a más de 100 años del nacimiento de la avenida.


EL DATO EXTRA

Los Colosos de Siemens

Allá por los años 30, la firma Siemens, que producía artefactos eléctricos de altísima calidad y todo tipo de materiales para la industria, instaló su sede en el número 869, en un edificio en clave racionalista con una fachada depurada. Solo resaltaba en lo alto un reloj de proporciones considerables, coronado por un remate inusual: dos autómatas gigantes en bronce tañendo una campana. A raíz de la Segunda Guerra Mundial y a poco de finalizar la contienda, las autoridades nacionales incautaron todos los bienes de las empresas de capitales germanos. Así, el edificio fue expropiado y sus Colosos trasladados al edificio ALEA, hasta su reinstalación, en 1992, en la sede que Siemens ocupaba entonces en Diagonal Sur y Bolívar. Entretanto, el antiguo edificio de Avenida de Mayo 869 fue destinado por la Fundación Eva Perón al Hogar de la Empleada General San Martín, inaugurado el 30 de diciembre de 1949. Era una institución que ayudaba a muchachas jóvenes que venían a trabajar a la ciudad en busca de mejores condiciones de vida, con capacidad para 500 camas. Sin los Colosos, sigue en pie; allí funciona la ANMAT.

Los Colosos de Siemens
Los Colosos de Siemens

Fuente: La Nación

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