Un ensayo sobre la «Literatura blanda»
Hace muchos años vi una película en la que, en medio de una fiesta, uno de los invitados moría y la celebración seguía adelante como si nada. El cuerpo permanecía a la vista de todos pero, un poco como pasa con la carta robada de Poe, nadie lo veía (¿o fingían no verlo?). Algo así sucede actualmente: ante la aparición de cada novela o libro de cuentos de un autor argentino se escuchan aplausos, se pronuncian halagos que nadie recordará, se prodigan palmadas en la espalda. Si hay presentación, a la fiesta acuden familiares, amigos, algún editor, uno que otro periodista. Los regalos se dejan en la entrada: una historia en redes sociales, una mención en la radio o el podcast del momento, quizá hasta una reseña en la maltrecha prensa escrita. Pero cualquier persona ajena a la fiesta que pase por la puerta y mire por la ventana se dará cuenta de que hay en la escena algo que no cuadra. Es ese bulto inerte, en medio de la celebración, ¿qué hace ahí? ¿Quién es? ¡Es el cuerpo de la literatura argentina!
Que alguien se acerque, le tome el pulso, que alguien llame a un médico. ¿Está dormido? ¿Está desmayado? ¿Está… agonizando? El diagnóstico, en todo caso, no parece prometedor: es el cuerpo de una literatura que, aquejada de varios males, cada segundo que pasa se vuelve más blanda.
Blando: banal, fugaz, intrascendente, perecedero.

¿Cuándo fue que la literatura argentina actual se volvió blanda? ¿Quizá desde que ser escritor se transformó en un oficio respetable y ser editor en una profesión de moda? ¿O desde que la literatura se volvió una cuestión profesional y el libro un producto como cualquier otro? ¿O tal vez desde el momento en que la mayoría de los escritores renunciaron a la imaginación y el riesgo y se apegaron a los temas de la agenda social y política, se dejaron hablar y escribir por la época, se preocuparon por los viajes y las traducciones antes que por las obras? ¿O desde que, y esto es apenas el último avatar de una larga serie de disparates, los editores empezaron a contratar a lectores de sensibilidad para que lo que se escribe no ofenda a nadie?
¿O quizá todo comenzó cuando desaparecieron las publicaciones literarias y los suplementos culturales y con ellos las discusiones públicas sobre arte y estética, como efecto del lugar cada vez más marginal que la literatura ocupa en la sociedad? ¿Fue causa o consecuencia el hecho de que la crítica se replegara en ámbitos cada vez más cerrados y endogámicos, y el periodismo cultural mutara en promoción y decidiera que no valía la pena escribir en contra de nada sino siempre a favor?
Con la crítica en retirada, con el periodismo cultural en vías de extinción, con las editoriales tomadas por expertos en marketing, con premios literarios arreglados de antemano, ¿dónde están los agentes legitimadores de la literatura que se produce en la actualidad? En el mercado (la ley del más fuerte), las redes sociales y un par de mercachifles literarios de la autoedición que exprimen la vanidad de autores noveles para esquilmarlos. Este es el caldo de cultivo ideal para la proliferación de la literatura blanda.
Así, ya no parece haber discusiones, enfrentamientos ni foros literarios que tengan la capacidad de agitar una discusión, sacudir un terreno (el de la literatura) que se acomodó a un estado de jolgorio permanente: lo que en otros tiempos supo ser un campo de batalla se ha convertido en una fiesta de cumpleaños. No deja de ser paradójico que mientras en los últimos veinte años buena parte de la sociedad argentina se polarizó al extremo y vive una disputa ideológica que llegó al límite del magnicidio, el campo literario experimente un estado de idiocia que da como resultado la reproducción permanente de una literatura inofensiva, casi vegetal.
La política no propone ideas ni modelos porque las elecciones se ganan diciéndole al electorado lo que quiere escuchar, prometiendo lo que antes se ha registrado minuciosamente en las encuestas. Es una política que ha cercenado su capacidad propositiva (su potencia y su deseo, pero también su derecho a la imaginación) y se ha convertido en otra que confiesa gestionar a demanda (a demanda de las supuestas mayorías). Se trata de una estrategia de supervivencia y de reproducción del mismo sistema al que cada cuatro años dice querer cambiar. El mismo procedimiento ha adoptado la industria editorial, que bucea en redes sociales y medios audiovisuales en busca de personajes cuyos nombres puedan transformarse en marca.
La cantera donde se buscan nuevos autores ya no son los talleres, la universidad, los concursos, los manuscritos que llegan a las editoriales de forma espontánea. Son las redes sociales y los medios digitales de circulación de la información. Cuantos más seguidores tiene una persona, mayores las probabilidades de editar un libro. En el terreno específico de la literatura se ha llegado al extremo de publicar ficciones de actores, modelos y celebridades, en una extraña operación de bookwashing que no beneficia a nadie: todos pierden, fundamentalmente los lectores.
Hay editores que persiguen nombres, otros cazan temas. ¿De qué se habla, qué se discute, cuáles son las últimas tendencias del timeline de X? Así se diseñan muchos planes editoriales de la ficción nacional. El resultado no podría ser otro que una literatura que reproduce la melodía disonante del discurso social y mediático, que tematiza los problemas de agenda. Una literatura de focus group.
Dejemos de lado la hipótesis nihilista: tampoco se puede descartar que así como dentro de diez o veinte años un meteorito choque contra la Tierra ocasionando una destrucción masiva (un nuevo comienzo) no haya escritores que, en soledad y al margen de las modas, estén por concebir aquellas obras que vuelvan a insuflarle vitalidad a nuestra literatura.
Pero, por ahora, solo podemos asegurar que lo que hay (la mayor parte de lo que se publica, se distribuye, se exhibe, se comenta y finalmente se compra y lee) es una literatura de la extenuación y la derrota que intenta disputar la batalla por la atención contra la industria del entretenimiento con sus mismas armas, y que ha sacrificado su relevancia en el altar de las redes sociales.
Esta podría ser también la condición de posibilidad del surgimiento de una literatura nueva. Sin embargo, desde hace ya demasiados años, vemos que sucede todo lo contrario: tenemos una literatura desorientada (que no sabe para quién escribe) y adocenada (que parcela su mercado para satisfacerlo).
La literatura blanda no tiene que ver con el sexo o el género con el que el autor de una ficción se autoperciba. No tiene que ver con su filiación ideológica o militancia política. No tiene que ver con sus modos de vida o su pertenencia a una clase social. Tampoco (o al menos no necesariamente) con la formación intelectual o la educación recibida. Se relaciona, sobre todo, con el modo de abordar la escritura, algo esencial y constitutivo del hecho literario: entregarse a la escritura sin especulación, dejarse arrasar por ella, sabiendo que jamás se la podrá domar, pero sin dejar de intentarlo.
La literatura blanda no depende del gusto porque no tiene que ver con el lector sino con el autor. Del nivel de compromiso que un autor asume frente a la literatura, al sistema literario, la tradición, las lecturas previas, el sistema de referencias que haya desarrollado, su propia obra. No hay lectores blandos: hay autores blandos.
A diferencia de otras artes, las condiciones materiales para la práctica de la escritura son casi nulas: se necesita tiempo y poco más (el dinero para comprar ese tiempo). En el cine las dificultades son técnicas y sobre todo económicas. Para el teatro se requiere espacio, despliegue físico, dotes interpretativas. Para la música, adiestramiento en la ejecución, constancia y paciencia. Pero todo el mundo puede escribir. Lo que es una virtud de la disciplina puede terminar por ser un problema, porque de la facilidad para escribir a la pretensión de ser publicado, y de producir una literatura banal, hay apenas un paso.
Nadie está a salvo de la literatura blanda, ni siquiera los escritores consagrados. De hecho son muchas veces los más propensos, debido a la necesidad de estar a la altura del deseo de sus lectores y las exigencias de sus editores; de repetir fórmulas o ceder a la obligación de alcanzar el éxito antes conseguido. Cuanto más tiene un autor para perder más chances hay de que caiga en la trampa.
Del otro lado, muchos primeros libros son, por defecto, literatura blanda. O sufren de hiperreflexión (se los ha pensado y corregido durante demasiado tiempo, vaciándolos de frescura y riesgo) o por el contrario se ha apurado su publicación, sin haber tenido el tiempo necesario para madurar.
Incluso los autores canónicos tienen textos blandos. Cuando Borges se repite, por ejemplo, se reblandece. Hay poemas como “El remordimiento”, en el que se prosterna ante el sentimentalismo, que podríamos considerar literatura blanda. También aquel cuento escrito a cuatro manos, “La fiesta del monstruo”, un homenaje blando al Matadero. Borges y Bioy producen literatura blanda porque se entregan al odio de clase. Es el prejuicio el que habla por ellos, y es por eso que ese relato es apenas la copia pérfida de un original (también escrito desde el resentimiento por Echeverría, pero con reverencia y terror verdadero, lo que lo salva).
En Cortázar es más fácil de ver: Rayuela es una novela flexible, que se dobla con el paso del tiempo pero no termina de reblandecerse. Sin embargo libros como Un tal Lucas y las Historias de cronopios y de famas no pasan de meros divertimentos. Cuando un autor condesciende y se muestra demasiado confiado de sus virtudes, cuando escribe por debajo de su talento, hace literatura blanda.
No existe una sola literatura blanda, sino muchas. En cada época puede adquirir formas diversas: es aquella a la que se le notan las intenciones de gustar, de complacer, de vender, de triunfar, de instalar un tema, de sumarse a una moda. La literatura de entretenimiento. La literatura sin riesgo. La literatura que le da a los lectores lo que están esperando. La literatura que está pensando en su adaptación a una plataforma de contenido digital. La literatura que persigue su traducción a otra lengua, y por eso mismo renuncia a cualquier complejidad lexical. La literatura que abdica de hablar la lengua de la literatura.
Hacen literatura blanda los escritores que asumen, a sabiendas o no, un discurso estereotipado: el de los medios, el de las redes sociales, el del ámbito académico, el del psicoanálisis, el de los estudios de género. Lo mismo cuando se elige narrar temas de la agenda social y política, aunque se lo haga con los mejores propósitos: denunciar la violencia machista, la crisis ambiental, la marginalidad. Flaubert, en 1854: “No hay en literatura buenas intenciones”.
Cuando se busca un efecto o se persigue un fin determinado, se construye literatura blanda. Hay quienes escriben literatura con la lógica de las series: eligen un tema, evalúan las opciones para tratarlo, tratan de terminar la historia antes de que el asunto haya sido agotado por los medios. No escriben libros, escriben productos.
La literatura no debería ser un tenedor libre: los libros que se conciben siguiendo un menú de opciones terminarán en la mesa de saldos de la literatura olvidable. Antes, así se fabricaban algunos best sellers; hoy se los busca hacer pasar por literatura. Ya no se escribe, se redacta. Y a veces ni eso: se tipea.
Uno de los grandes problemas de este tipo de literatura es su evidente falta de imaginación. Otra, la ausencia de dimensión trágica. Otra más: la ansiedad por publicar. La literatura blanda es aquella que renuncia al trabajo textual. Si la podemos reconocer por su déficit, también podemos identificarla por sus excesos: de ingenuidad, de costumbrismo, de simplificación narrativa.
¿De dónde nace el apuro por publicar? ¿No deberían los escritores preocuparse únicamente por escribir? Sucede que, como están las cosas, se necesita obra publicada (un libro, una plaqueta, unas pocas páginas) para acceder al cursus honorum de la carrera de escritor. Nadie vive de los derechos de autor de la venta de sus libros, sino de las tareas subsidiarias que llegan después de la publicación. Recién entonces se pueden dar talleres, aplicar a becas y subsidios, ejercer la crítica, fundar una editorial independiente: comenzar a ganarse la vida como “escritor”. La calidad de una obra no tiene, en verdad, relevancia. Alcanza con que exista el libro, para poder vivir de él.
¿Por qué parece haber triunfado la literatura blanda? ¿Solo por las artes del marketing? ¿Debido a cierta debilidad crítica? ¿O acaso son los lectores los que han bajado la guardia, exigen menos a los textos, leen guiados por un pacto de identificación?
La literatura blanda no permanecerá, no dejará huella, no será recordada. Pero hace mucho tiempo que capta la atención y monopoliza la discusión. Satisface demandas y, sobre todo, ocupa espacio. La proliferación de literatura blanda deja poco margen para el surgimiento de otras literaturas.
Poco se puede esperar de una literatura cuyos rasgos más evidentes son el candor, el infantilismo, la ingenuidad y, en muchos casos, la obediencia y el cálculo.
Hoy la literatura blanda está compuesta mayormente por una escritura de la interioridad, de un solipsismo rayano con la estupidez, despreocupada de las grandes preguntas sobre el mundo y desinteresada de los riesgos formales. Son tres los males que la aquejan: la literatura del yo, la literatura confesional y la literatura temática.