¿Qué hace que un argentino se sienta bien con su vida?
Estos son los factores más importantes, según un nuevo estudio
El relevamiento muestra que la variable económica no es la única ni la principal a la hora de determinar la percepción de calidad de vida de las personas; qué grupo etario está en el nivel más bajo
LA NACION Alejandro Horvat

¿Qué hace que una persona se sienta bien con su vida? La respuesta suele vincularse, en buena medida, a sus ingresos o a su posición social. Sin desconocer el peso de esas variables, un nuevo estudio buscó correr el foco de lo estrictamente socioeconómico para explorar cuánto inciden los hábitos, los vínculos y ciertas conductas cotidianas que, con mayores o menores posibilidades, atraviesan a toda la población.
Los resultados de la investigación, desarrollada por la Universidad de San Andrés (Udesa) y OSDE muestran diferencias contundentes. Quienes consideran que se alimentan saludablemente presentan un bienestar muy superior al de aquellos que creen que comen mal. Algo similar ocurre entre quienes hacen ejercicio y quienes no realizan ninguna actividad, entre quienes descansan ocho horas y quienes duermen menos de seis, o entre quienes frecuentan espacios verdes y aquellos que casi nunca tienen contacto con la naturaleza.
Pero uno de los hallazgos más relevantes está fuera de cualquier rutina individual. Los vínculos ocupan un lugar central. Las relaciones familiares y sociales son los aspectos que mayor satisfacción generan, y encontrarse con amigos o familiares dos o tres veces por semana se asocia con un bienestar considerablemente mayor. En la misma dirección, la soledad aparece vinculada con el nivel más bajo del indicador.
El relevamiento fue realizado entre el 3 y el 9 de este mes sobre una muestra de 999 adultos con acceso a internet de todo el país. A cada participante se le pidió que calificara, en una escala de uno a cinco, su satisfacción en diez áreas, entre ellas los vínculos, la salud física y mental, el tiempo libre, la vivienda, la formación, el propósito y las situaciones laborales y económicas.
Del promedio de esas respuestas surge un Índice de Bienestar, que se ubicó en 3,34 puntos sobre un máximo de cinco. Ese promedio, sin embargo, esconde diferencias importantes según la edad, el lugar de residencia y el estilo de vida.
La alimentación, la mayor diferencia
La calidad de la alimentación fue la variable que mostró la mayor distancia de todo el relevamiento. Entre quienes consideran que comen de manera muy saludable, el índice llegó a 3,80 puntos. Entre aquellos que describieron su alimentación como nada saludable, cayó a 2,62.

La brecha fue de 1,18 puntos, más del doble de la observada entre los niveles socioeconómicos extremos. El dato no significa que una dieta equilibrada elimine las desigualdades ni demuestra una relación causal, pero sí revela una asociación particularmente fuerte entre cómo se come y cómo se evalúa la propia vida.
Los vínculos, en el centro
Cuando se preguntó cuáles eran los aspectos que generaban mayor satisfacción, los primeros lugares no quedaron en manos del dinero ni del trabajo. El 70% se mostró conforme con su relación familiar o con las personas con las que convive, mientras que el 62% valoró positivamente sus amistades y su círculo social.
La frecuencia de los encuentros confirmó ese peso. Entre quienes nunca se reúnen presencialmente con amigos o familiares que viven fuera de su hogar, el índice fue de 2,95 puntos. En quienes lo hacen dos o tres veces por semana, ascendió a 3,66. No se trata simplemente de tener gente cerca, sino de sostener espacios de contacto real.

La intimidad también mostró una relación relevante. Quienes no habían tenido actividad sexual durante el último mes registraron 3,16 puntos, frente a 3,59 entre quienes la tuvieron entre tres y cinco veces. Más que interpretar la frecuencia como una explicación aislada, el resultado puede leerse dentro de una dimensión más amplia de cercanía, afecto y conexión con otros.
Moverse al aire libre
La actividad física fue otro de los factores que más marcaron diferencias en los resultados. Entre quienes no habían realizado al menos 30 minutos de ejercicio ningún día de la última semana, el bienestar quedó en 2,95 puntos. Quienes se movieron entre tres y cuatro días alcanzaron 3,65. El máximo puntaje no apareció entre quienes entrenaban con mayor frecuencia, sino en una rutina intermedia y posiblemente más sostenible.
Pasar tiempo al aire libre produjo una brecha similar. Las personas que casi nunca tienen contacto con plazas, parques o jardines obtuvieron 2,92 puntos. Entre quienes lo hacen varios días por semana, el índice trepó a 3,69, uno de los valores más elevados del estudio.

El peso del descanso y las pantallas
El sueño también mostró una relación marcada con el bienestar. Durante la semana, dormir menos de seis horas se asoció con un índice de 2,97 puntos, frente a 3,43 entre quienes descansaban ocho. Durante el fin de semana, la diferencia fue todavía mayor: el indicador pasó de 2,77 entre quienes dormían menos de seis horas a 3,42 entre quienes superaban las ocho.
El tiempo recreativo frente al celular, las redes sociales y otros dispositivos presentó otro posible límite. Las personas que pasaban más de seis horas diarias frente a pantallas registraron 3,07 puntos. Entre quienes les dedicaban de dos a cuatro horas, el valor subió a 3,44. No se trataría de eliminar la vida digital, sino de evitar que ocupe una parte excesiva del día.
Los millennials, en el nivel más bajo
La edad fue una de las variables demográficas más relevantes. Los baby boomers y adultos mayores encabezaron el índice con 3,66 puntos, mientras que los millennials quedaron últimos, con 3,15. La Generación X alcanzó 3,48 y la Generación Z, 3,34.

La brecha también apareció en el plano emocional. Entre los millennials, el 66% dijo haber sentido preocupación el día anterior y el 52%, estrés. Solo la mitad afirmó haber tenido un buen descanso. Entre los boomers, en cambio, el estrés fue del 27% y siete de cada diez aseguraron haber dormido bien.
Una brecha entre la Capital y el interior
Las diferencias también se extienden al mapa del país. El Sur registró el mayor nivel de bienestar, con 3,65 puntos, seguido por el NEA, con 3,61. El NOA también se ubicó por encima del promedio nacional, con 3,44.
En el otro extremo quedaron el Gran Buenos Aires, con 3,32 puntos, y la ciudad de Buenos Aires, que obtuvo 2,93 y presentó el valor más bajo de todas las regiones.
La economía importa, pero no lo explica todo
El estudio no desconoce las desigualdades materiales. El sector ABC1 alcanzó un bienestar promedio de 3,74 puntos, frente a 3,20 en los sectores D1D2. Además, la situación económica fue elegida por el 49% de los participantes entre las tres dimensiones más importantes para sentirse bien, seguida por la salud física, con el 47%, y la salud mental, con el 46%.
Sin embargo, las condiciones materiales no agotan la explicación. La distancia entre quienes califican su alimentación como muy saludable y quienes la consideran nada saludable es mayor que la registrada entre los extremos socioeconómicos. También son amplias las brechas vinculadas con el descanso, la actividad física, la naturaleza y los encuentros sociales.
Los resultados no permiten afirmar que cada hábito sea por sí mismo la causa de un mayor bienestar. Una persona que se siente mejor también puede tener más energía o recursos para hacer ejercicio, encontrarse con amigos o cuidar su alimentación. Pero el mapa general es consistente: la calidad de vida no se define únicamente por una variable.
Por Alejandro Horvat
Fuente: La Nación