Las películas que deberíamos ver al menos una vez en la vida
Aquí solemos recomendar aquellas películas que no tuvieron la atención que merecían, o mucho de aquello que desaparece rápidamente y vale la pena, o directamente ni nos enteramos de que existía. Lo bueno y lo malo del ecosistema de las plataformas es su cantidad: hay mucho para ver, pero no tanto que valga la pena o que sea, para utilizar un término de la más precisa jerga crítica, nutritivo.
En esta ocasión vamos a hablar de esas películas que deberíamos ver por lo menos una vez en la vida para enterarnos de qué van, qué peso tienen en la cultura cotidiana, cómo cambiaron no sólo un arte sino, también, la realidad misma. Y que sí están al alcance de la mano, o de los dedos sobre el control remoto. Para decirlo de otro modo: para saber por qué son “clásicos” los clásicos, tenemos que verlos y muchos —y centrales— están disponibles.
Pero antes, un aviso: no todo es clásico por pertenecer al pasado especialmente lejano. Y no todo lo que representa un mojón en la historia del cine es necesariamente clásico. Admiten tal adjetivo aquellas obras que, más allá de la época de su realización, siguen comunicándose con el público y, por eso mismo, empiezan a formar parte de un acervo cultural que rompe barreras temporales y geográficas. Por ejemplo: es un clásico Mary Poppins, pero no Chitty-Chitty, Bang-Bang, aunque ambas fueron películas de éxito y parte de un repertorio familiar-infantil que perduró muchos años. La primera aún es pertinente; la segunda, no tanto. O pongamos un ejemplo mucho más evidente en dos películas de un mismo director: es un clásico Psicosis; no lo es Joven e inocente, ambas de Alfred Hitchcock. Allí la innovación temática y la ruptura de moldes hacen toda la diferencia (aunque, si puede ver Joven e inocente, es una hermosa comedia de suspenso a todo ritmo).
Veamos entonces las innovadoras, que también son clásicas, y por qué. Arranquemos con dos fundadoras: El nacimiento de una nación (YouTube) y El acorazado Potemkim. Ok, sabemos que suelen aburrir las películas mudas en blanco y negro, pero hay que abrirse a la experiencia. La primera creó básicamente la manera de alternar los planos (desde el plano detalle al plano general) de acuerdo no con lo que queda “más lindo” sino con las necesidades de la historia. No es nada aburrida justamente por eso: siempre hay un motivo para seguir mirando. Es cierto que esta historia de un par de familias destrozadas por la Guerra de Secesión en la que el Ku Klux Klan representa a los héroes es ideológicamente inaceptable. Pero la secuencia del asesinato de Lincoln, la retirada luego de Gettysburg y la manera en que se crea el suspenso la hacen una obra maestra. Griffith inventó la manera de hacer algo artificial (montar y registrar algo manipulado) y que pareciera natural. Pero para esta, la alternativa es su parodia (y mucho más divertida) La General, de Buster Keaton (Mubi). Está todo El nacimiento… pero además tiene ironía y distancia cómica.
El Potemkim (YouTube) es lo contrario: a sus apenas 24 años, Eisenstein decidió montar de una manera “no natural” los acontecimientos de la revolución de 1905 dejando de lado todo aspecto novelístico. Lo que prima es una construcción musical, que lleva al espectador de las narices entre un gran plano y otro, todos épicos. Es cierto que la ausencia de un protagonista o de algún tipo de “identificación” con las criaturas de la pantalla, para nuestros estándares de entretenimiento, provocan cierto alejamiento. Pero de todas maneras, el brío de la película y lo que hace para “meter” al espectador en la acción como uno más de los anónimos manifestantes que se enfrentaron a los cosacos en las escalinatas de Odessa era algo nuevo y sigue funcionando perfectamente.
Aquí “se nota” que alguien está manipulando todo y ese es justamente el encanto. Aunque es mucho más innovadora formalmente (aunque más “rara”) El hombre de la cámara, de Dziga Vertov, todavía una película modernísima (también en YouTube).
Hay dos películas de la década de 1930 que son obligatorias para entender cómo funciona el cine de gran público de hoy. Una es Blancanieves y los Siete Enanos (Disney+), que no solo fue en la época de su estreno la película más vista de la historia (sigue en el puesto décimo si se actualiza la taquilla por inflación) sino que tiene varios récords. Entre ellos, ser el primer film sonoro y en Technicolor tricromático animado de largometraje. Pero lo que hace a la película única es que, en lugar de utilizar las técnicas de animación para crear imágenes imposibles y surreales (como hacía el cartoon clásico), utiliza el realismo para darle credibilidad a lo que es, evidentemente -porque está dibujado- algo falso.
Se puede hablar mucho más de estas innovaciones, pero lo más interesante es que es el primer gran ejemplo de cine familiar y gran público para el cual debió crearse tecnología específica (la famosa cámara multiplano, que genera sensación de profundidad en el dibujo 2D). De todos modos, estos hallazgos se ven mucho mejor en Pinocho y en la muy innovadora (hasta, a veces, lo incomprensible) Fantasía (ambas, también, en Disney+).
Y luego está la película más vista de la historia (otra vez, con números actualizados): Lo que el viento se llevó (1939). Todo el cine exitoso de gran presupuesto nació ahí: adapta material previo (una novela muy exitosa), su elenco fue en realidad una operación de marketing e instalación de marca muy concienzuda, el relato original está respetado en cada detalle escrupulosamente, cuenta con la estrella más taquillera de la época, Clark Gable; incluye todos los trucos del melodrama, dispone de efectos especiales, apela al pasado histórico (curiosamente, es una película a favor del Sur vencido en la Guerra de Secesión, como El nacimiento de una nación), tiene un diseño de producción gigantesco (aunque con muchos trucos para abaratar costos), no ahorra un solo lugar común del género, y su estreno fue tratado como un evento cultural de primera magnitud.
Narrativamente, es el cenit de la forma clásica. Y como todas las películas ganadoras de la mayor cantidad de Oscars (tuvo 9, el pico hasta ahora es 11), dura más de tres horas. Incluso hoy es el molde sobre el que se producen los grandes espectáculos. Y para poner su éxito en perspectiva, una película de hoy debería recaudar 5.000 millones de dólares para empardarla globalmente. Y aunque no es “la primera película que” logró todo esto, sí es la que logró todo a la vez, y si un film puede considerarse “Manual de estilo” de Hollywood, es este. Ahora bien, si prefiere una alternativa más épica y realista con el mismo manual de estilo, puede ver Doctor Zhivago (HBO Max), donde el telón de fondo es la Revolución Rusa, el régimen de Stalin y la Segunda Guerra Mundial. Entre las dos, casi ocho horas, pero gran doble programa.
Así como la narrativa clásica, aquella en la que se hace hasta lo imposible para que el espectador no note que hay alguien creando las imágenes y moviendo la cámara, tiene su epítome en Lo que el viento se llevó, apenas un año después otro film rompió esas reglas para inaugurar, a su modo, el cine moderno. Y como con la anterior, se han escrito ríos y ríos de tinta y trillones de megapíxeles sobre su producción y el mito que la rodea. Obviamente hablamos de El Ciudadano (HBO Max), de 1940. Pero como aquí queremos decirles por qué vale la pena verla, vamos a dejar de lado todos esos detalles. La película no inventó nada: ni filmar techos, ni la profundidad de campo (que los últimos planos se vean con la misma nitidez que los primeros), ni el relato coral que va y viene en el tiempo. Lo que hizo fue hacerlo todo junto y guiñarle el ojo al espectador y decirle que había un director, actores y una historia que requería que la rearmase en su cabeza como un participante más de la producción. Eso es la modernidad en el cine: que el espectador participe de la construcción de la película. Y para esta, tenemos una alternativa francesa.
François Truffaut decía que El Ciudadano era el film que mayor cantidad de vocaciones cinematográficas había causado. Especialmente la de él mismo, que más o menos a la misma edad en la que Orson Welles hizo su película, hizo Los 400 golpes (Mubi), donde lo moderno de completar la historia se cruza con la ausencia de artificio: se filma en las calles, en departamentos reales, en lugares reconocibles, y la historia del niño Antoine Doinel, si bien con una dirección clara, es un cúmulo de situaciones cuyo encadenamiento genera un mundo. Eso fue, además, la Nouvelle Vague: encontrar lo extraordinario, lo que merecía registrarse en película, en lo cotidiano, en el mundo que nos rodea.
En los años cincuenta y sesenta, por razones en parte sociales, la distribución internacional de cine descubrió que ¡caramba! Se hacían películas fuera de Hollywood. Se descubrió el cine japonés con Akira Kurosawa, por ejemplo, especialmente con Los Siete Samurais, que tomaba la estética del western y la llevaba al mundo feudal nipón. El film es innovador en la manera como el montaje crea la acción, a partir a veces de planos fijos llenos de expresividad que, hoy, podemos ver en el manga (la interrelación entre todas las artes en Japón es muy interesante). Se puede ver en diferentes duraciones en YouTube y es una película que incorporó nuevas herramientas al cine de acción, además de ser un retrato social. E influyó en el señor Sergio Leone, que tomó esa forma y ese manejo del tiempo para hacer sus propios westerns, mezclados con la tradición de la picaresca europea. Por eso también a una película como la de Kurosawa se le puede contraponer El bueno, el malo y el feo (Prime Video), donde la acción y la iconografía de un género sirven para mostrar su cara menos luminosa, más sardónica y violenta.
Y aunque hay muchas maneras de contar la historia del cine o de justificar la visión de sus películas “clásicas”, deberíamos contar por qué hay que ver El Padrino y Star Wars (Paramount+ y Disney+ respectivamente, aunque la primera aparece en casi todas las plataformas incluyendo Netflix y Prime Video).
Francis Ford Coppola y George Lucas (de hecho fueron socios) pertenecen a la generación que quiso rescatar el gran cine de Hollywood con la mirada crítica del cine moderno. El Padrino no es una película sobre la mafia, sino sobre el poder, y utiliza un mecanismo de novela adaptada (en eso está en la tradición de Lo que el viento se llevó) para crear episodios que, a la manera de caleidoscopio, muestran la historia de una familia mafiosa, aunque irónicamente lo que en realidad está en cuestión es lo que dejaba afuera la democracia liberal estadounidense. Es decir, un entretenimiento “clásico” construido con elementos modernos que se puede ver como una gran épica familiar o como una película política.
Star Wars parece ser todo lo contrario: el reino de la pura imaginación, del juego absoluto. Pero lo que hizo fue actualizar la fantasía a la era espacial, llevar los cuentos de hadas, el folclore, el western y los viejos seriales cinematográficos a un campo de experimentación tecnológica que abrió la puerta ambigua al desarrollo digital. Que hoy permite -y esto es más que tema de discusión- que cualquier imagen sea posible.
Ahora bien, quizás a El Padrino (que inauguró una época de éxito que generaría El Exorcista, Tiburón y la propia Star Wars) habría que contraponerla con Contacto en Francia (Disney+), donde también el mundo de la ficción y los géneros chocan con el puro realismo social (especialidad del gran William Friedkin) o, por qué no, con Taxi Driver (HBO Max). Y Star Wars tiene su contraparte “realista” en otro ejemplo de cruce del realismo moderno y la épica clásica: Rocky (Prime Video, Netflix, Universal+, Flow y más). Allí están tanto la construcción de episodios que entusiasman al espectador como un mundo autocontenido y, en el final, feliz.
Fuente: La Nación