Mario Clavell: el padre del bolero argentino
Desamores, citas secretas y una dolorosa pérdida, las musas del autor de un gran cancionero argentin
Inspirado por romances y desencuentros, construyó una de las obras más extensas del cancionero argentino; escribió clásicos como “Somos”, Abrázame así” o “Mi carta”
Este relato fue en otoño, como corresponde a toda gran historia de amor. Ocurrió el 15 de mayo de 1946, Mario Clavell, de veintipocos años, terminó su horario de trabajo en la compañía de seguros La Continental y se fue, entusiasmado, a encontrarse con Silvia. La cita fue en la plaza de Juramento y Echeverría, donde ya tenían un “banco preferido”. No era la primera vez que se veían, pero tal vez sería la última.
“Ella tenía novio, Pablo, y estaban preparando su casamiento. Pero nos sentíamos muy bien juntos y, casi insensiblemente, la amistad se había vuelto amor. Ella se había vuelto dubitativa en relación a su boda, en espera de una decisión de su propio corazón. Aquella noche de otoño, en medio de una suave llovizna que ni siquiera advertí, la vi venir. Y la escuché hablar: ‘Yo he estado pensando, Mario, y quisiera pedirte que me ayudes, que me comprendas…’ Ella siguió hablando, pero yo ya no la oía. Comprendí de repente que una vez más me había aferrado a un imposible. Arriba del colectivo 60 escribí: ‘Somos dos seres en uno, que amando se muere, para guardar en secreto lo mucho que quiere. ¿Pero qué importa la vida, con esta separación? Somos dos gotas de llanto en una canción’. En ese viaje había compuesto ‘Somos’, la que sería con el tiempo, quizás mi canción más trascendente, la que tal vez me sobreviva”.
De la misma manera que no se puede escribir un tango si no se sufrió por amor, para escribir un tema romántico se debe conocerlo de cerca, haberse abrazado a él para luego verlo desaparecer. Y Mario Clavell, que dedicó toda su vida a escribir sobre ese sentimiento, encontró la inspiración (a sus musas, como les gustaba decirle) en diferentes momentos y anécdotas de su vida. Si la fantasía es sueño, él fue el más grande soñador.
“Yo tenía, creo que desde siempre, enorme facilidad para improvisar melodías —recordaba en su autobiografía—. Iba tarareando o silbando por las calles de Tandil —ciudad en la que se instaló con sus padres en 1924, a los dos años—, y entre los temas conocidos, por haberlos escuchado en la radio, mezclaba los que se me iban ocurriendo al caminar. Encontraba, por ejemplo, unos compases nuevos, una figura melódica en tiempo de vals (me encantaban los valses vieneses) y empezaba a desenrollar la madeja de la inspiración… Las ideas me nacían de un modo absolutamente natural. Qué bien me sentía cuando encontraba una bella melodía y la seguía y la seguía mientras iba por aquellas callecitas. Nunca estaba solo. Siempre venía una melodía conmigo, alegrándome, llenándome de ilusión. Era totalmente «mía», y yo hacía con ella lo que quería; la llenaba de variaciones. ¿Cómo no iba a sentirme feliz si tenía mi propia fábrica de melodías? ¿Quién podía ser más rico que yo? No importaba que solo tuviera unas poquitas monedas en el bolsillo porque yo era millonario de músicas mías y realimentaba continuamente mi felicidad ‘inventando’ nuevos temas. Soy una canción que camina”.
Cuando estás a mi lado
La historia salta tres años en el futuro. En 1949, Mario Clavell ya tenía bien ganado su prestigio como compositor y comenzaba a cimentar su condición de cantante. Y es que, hasta no mucho antes, el músico había entregado su poesía a otros artistas y orquestas, hasta que entendió que nadie podía cantar sus canciones como él. Tal vez mejor, tal vez peor, pero no como él. Una vez dado ese paso, faltaba casi nada para que el cine llegara a su vida: “A mitad de 1949, un viejo amigo, excompañero de La Continental, se encontró conmigo y me dijo que había preparado un argumento para cine basado en mis canciones: una especie de biografía musical mía con un toque policial. Lo leí y me encantó. Ariel Cortazzo, importante libretista, preparó una adaptación cinematográfica del libro. Así se concretó la realización del film con mi participación en el papel protagónico. Yo ya había actuado brevemente en otra película argentina: Los Pérez García, en la que canté mi guaracha ‘¿Sí o no?’, pero esta película que iba a empezar iba a ser realmente importante para mi carrera.
El ladrón canta boleros se estrenó en marzo de 1950, y en su seno se gestó otro de los grandes éxitos románticos de Mario: “Abrázame así”: “Me faltaba una canción para el final de la película. Un tema romántico, pero optimista. Ideal para rematar la historia con felicidad. Y el 9 de septiembre apareció el tema”. Sí, apareció, de casualidad y en el peor momento.
“Estaba esa noche en mi auto con una chica, en un lugar pintoresco de Buenos Aires denominado popularmente ‘Villa Cariño’. En cuanto llegamos, María Esther me dijo: ‘Mario… Abrazame así’. Cuando escuché esto, en vez de hacer lo que ella me pedía, entrecerré los ojos y entoné: ‘Abrázame así, que esta noche yo quiero sentir…’. Busqué rápidamente entre mis bolsillos una hojita de papel pentagramado y comencé a anotar la melodía antes de que se me volara. María Esther insistía con una hermosa impaciencia, y yo: ‘Esperá un momentito’. Empezó a levantar la voz mientras le explicaba: ‘Mi amor, aquí está la canción que me faltaba para la película’ y seguí escribiendo la melodía y los versos fluían natural y bellamente. Ella se resignó. Yo completé la canción y me sentí feliz, con esa divina y enorme satisfacción de haber ‘dado a luz’ un nuevo tema. Sentí desde el primer momento que era una canción para el éxito, y con esa felicidad pude dedicarme a atender los dulces requerimientos de María Esther”.
Y así fue porque si El ladrón canta boleros no llegó a quedar en la historia del cine, “Abrázame así” se convirtió en uno de los temas más simples y hermosos del cancionero romántico de habla hispana. De una trascendencia tal que fue interpretado por Roberto Carlos, Daniel Riolobos, Sandra Mihanovich, Roberto Yanés, Eydie Gormé, Horacio Molina, Dany Martin, Luis Jara, Jorge Sepúlveda, Tamara y Pedro Vargas, entre muchísimos otros.
La otra cara del amor
El amor como motor de la inspiración, así era Mario Clavell. Pero ese sentimiento no era siempre romántico; también funcionó como la contracara del dolor mayor. Ese que no se va nunca más y que en él apareció justo un año antes de la gestación de “Abrázame así”: otro 9 de septiembre, pero de 1948, el día que murió su mamá: “Maravillosa, dulce, la que nunca descansaba. Pero se había puesto bastante delicada de salud. Aconsejaron una intervención quirúrgica que reveló, inesperadamente, la existencia de un cáncer de estómago. Tras la operación, el doctor Hirsh, que había efectuado la misma en el Hospital Rivadavia, nos dijo a mi padre y a mí: ‘Lamento mucho decirles que la señora está muy tomada por la enfermedad. Le quedan unos pocos meses, a lo sumo seis’. Nos quedamos helados con mi padre. No pudimos pronunciar palabra. Fuimos a un bar sobre la calle Las Heras y cuando nos sentamos, papá estalló en un enorme sollozo. Nunca podré olvidar esa dramática explosión del dolor de un hombre al enterarse de que, en poco tiempo más, quedaría sin la dulce compañera de su vida. Lloramos allí sin consuelo, el uno en brazos del otro”.
Pero ella siguió adelante, como había hecho en su vida, y su hijo entendió que su deber no era otro que acompañarla: “Cuando supimos que se iba sin remedio, cuando ya era tarde, sentí la necesidad imperiosa de estar a su lado todo lo que pudiera. Y volvía a casa temprano, lo antes posible, para poder acompañarla. Fui con ella del brazo tantas veces cuando salía a hacer sus compras cotidianas. Si tuvo dolores, nunca lo supimos. No se quejaba jamás. Una de esas mañanas, cuando la acompañé a hacer alguna compra por la calle San Juan, subimos los dos las escaleras. Íbamos del brazo y ella me dijo, partiéndome el corazón: ‘Ay, Miguelito, quién sabe si yo voy a volver a bajar estas escaleras’. Al día siguiente, sin dolores, porque Dios sabía que no tenía que hacerla sufrir, sintió la necesidad de ir al baño y la acompañé hasta la puerta, porque no encontraba el camino. Era tal su espíritu que, ante tal situación, ella se rió suavemente de su torpeza. Volvió a su cama y quedó como en un suave sopor del que no salió más. Tres días estuvo así, y yo no me moví de su lado. El último, ese 9 de septiembre, me dedicó una dulcísima, tristísima sonrisa final y cerró los ojos para siempre”.
Cuando murió, María Magdalena Urriza tenía 47 años. En esa oportunidad, la inspiración no fue ni arrebato juvenil ni entusiasmo amoroso; fue un “Poema triste”, a lo Neruda pero distinto, que llegó desde el alma: “Decir ‘La noche es bella’, y ella no estar conmigo. Decirlo sollozando porque esa es mi verdad. Decir ‘Pero qué importan las cosas que yo digo’, si tú no estás conmigo. Si ya no volverás’”.
El hombre y la edad
Pocos autores fueron tan prolíficos como Mario Clavell; los registros acusan más de 800 canciones a su nombre. Y aunque es inevitable asociarlo con los boleros, la multiplicidad de estilos y géneros que transitó en su más de medio siglo de carrera agigantó su repertorio, donde tampoco faltó la picaresca o el humor. Un repertorio que, paradójicamente, fue el más cuestionado de su carrera pero, al mismo tiempo, de lo más recordado por el público. “En Shangai”, “Historia en Boggie”, “En la casa de Lord James” y varias más que, de tan populares, perdieron autoría: mucha gente las cantaba, sin saber que Mario había sido el autor.
Entre todas esas “canciones show” —así las denominaba él—, hubo una que rompió el techo de popularidad en toda América Latina: “El hombre es como el auto”. Un tema que nació por encargo: “Empecé 1956 contratado por Canal 7 de Buenos Aires para cantar en las populares ‘Revistas de Jean Cartier’. En esos shows canté junto a la rumbera Amelita Vargas, una cubana encantadora que trabajó mucho en shows y en el cine argentino, luciendo siempre su fantástica figura, que ‘movía’ muy bien al compás de la música tropical, tan de moda entonces, y su contagiosa simpatía. Amelita me dijo un día: ‘Oye, chico, tú sabes que yo me meto mucho con el público y sobre todo con los hombres… ¿Por qué no me haces una canción para que las mujeres puedan reírse conmigo de las edades de los hombres? Compárame al hombre con un ‘cacharrito’. Ahí mismo comenzó a funcionar la imaginación, y anoté lo que sería el estribillo de la canción: ‘El hombre es como el auto, y hay que saberlo manejar. Guiar con mucho cuidado, para evitar de chocar’. Le dije que en dos o tres días le pasaría la canción y fue así. Trabajé la idea y compuse el tema que fue después permanentemente un gran éxito de Amelita Vargas y un suceso en mis shows”.
Miguel Mario Clavell murió el 10 de marzo de 2011, “venía arrastrando varias complicaciones que se fueron agravando”, dijo entonces su hija Marga. No fue tapa de los diarios, aunque lo hubiera merecido; tampoco hubo velorio. Su despedida fue serena, cotidiana, la de uno más, de igual manera a como había elegido vivir, trabajando y cantando hasta el último día. El chansonnier de América siguió presentándose mientras el cuerpo se lo permitió, de sonrisa franca y permanente, y esa voz que no parecía cargar con 88 años de vida e historias.
Historias inabarcables, como la de “Desencuentro”, que nació en Mar del Plata en un momento bajo de su vida. O “Quisiera ser”, que compuso mirando a su esposa a los ojos, y a quien un joven y entusiasta Hugo Guerrero Marthineitz le dio el espaldarazo definitivo. Tal vez “Carloncho”, dedicada a su cuñado Juan Carlos. O “Mi carta”, la primera canción romántica, la que marcó su estilo, también dedicada a Silvia, aquel amor que se truncó en una plaza de Juramento y Echeverría.
Y es que la vida de Mario Clavell fue canción y viceversa. Y en ambas perduró el amor, el amor por sobre todas las cosas.
Por Guillermo Courau
Fuente: La Nación