Un sastre de 92 años y su secreto de la longevidad
“La salud está dada por la genética, pero no hay que arruinarla”
Por Dolores Pasman. Fotos de Fabián Marelli
Sonríe de oreja a oreja al verme entrar en su taller, instalado en una antigua casona de la calle Tucumán, en pleno microcentro porteño. Lo primero que hace es mostrarme con orgullo una foto del último jacquet que le hizo a Bartolomé Mitre, uno de los tantos clientes habituales que aparecen en el libro de registros de la sastrería, junto con Torcuato Di Tella, Carlos Pedro Blaquier, Joaquín Anchorena y Benjamin Victorica Roca, entre otros miembros de las familias más tradicionales de la Argentina. Ramón Blanco desborda simpatía y enseguida consigue que la conversación fluya con naturalidad. Su elegancia llama la atención. Viste impecable con una camisa celeste, corbata roja y un chaleco gris oscuro que hace juego con el traje que él mismo confeccionó. No se arregló para la ocasión. Ese es su atuendo de todos los días. “Si no, ¿cómo convencés a la gente?”, bromea. Pertenece, en más de un sentido, a otra época: tiene 92 años, ejerce el oficio desde los 13 y lleva más de siete décadas al frente de la sastrería artesanal que lleva su nombre. ¿Cómo logra seguir manejando la sastrería con más de 90 años ? ¿Cuál es su receta? “No hay ningún secreto: es la genética”, avisa. “La salud está dada por la naturaleza. Vos la podés arruinar si hacés cosas fuera de lugar, pero yo no soy mago. Hice una vida normal, no fumé nunca, casi no tomo alcohol y camino todos los días”, describe.
Con un bolso y un dedal
Nació en Órdenes, un pueblito de La Coruña, España, el 18 de septiembre de 1933. Después de terminar la escuela, como su papá era agricultor y él no quería trabajar en el campo, decidió aprender un oficio. “Había que hacer algo y justo en mi aldea había un sastre”, cuenta. Trabajó con él como aprendiz durante 4 años y a los 16 abrió su propia sastrería. Al cumplir 18, tomó la decisión de emigrar a la Argentina para no hacer el servicio militar en pleno franquismo. “Mi madre tenía una media hermana que se había instalado en Buenos Aires en 1928. Después, ella hizo venir a mi hermana mayor. Entonces pensé: ‘¿Y si me voy?’. En esa época necesitabas una carta de llamada para presentarte en el consulado argentino, además de un contrato de vivienda y otro de trabajo para poder subir al barco”, relata. Con un bolso y un dedal llegó al país en 1952. Su tía conocía un sastre de apellido Mamone, quien le dio trabajo los primeros días para arrancar y, como no lo podía emplear, lo recomendó en la sastrería Daraio y De Marzo, el mismo lugar donde hoy –69 años después– Ramón sigue teniendo su taller. “En el año 57 le dije a Daraio: ‘Don Guillermo, a fin de mes me voy porque quiero trabajar por mi cuenta’. Había ahorrado algo de dinero porque cuando terminaba en la sastrería, me iba a un café de la calle Pozos y trabajaba hasta que cerraba”, repasa. Y don Guillermo le preguntó cuánta plata tenía ahorrada. “‘Tengo 50 mil pesos’, le contesté. ‘Bueno, dámelos y la mitad de la sastrería es tuya. No te vas a ningún lado’. Y aquí estoy”, dice entre risas. “Cuando llegué en 1952, en esta cuadra había cinco sastrerías porque el Jockey Club estaba en la esquina de Florida y Tucumán, hasta que lo quemaron y se trasladó a la avenida Alvear”, recuerda con nostalgia. Y continúa: “En esa época los ricos no trabajaban; tenían administradores. Ellos pasaban gran parte del día en el Jockey Club. Por eso se hacían trajes claros para la mañana, menos claros para la tarde y oscuros para la noche
“Hice una vida normal, no fumé nunca, casi no tomo alcohol y camino todos los días”, dice
No concibe su vida sin agujas, hilos, tijeras ni telas. Se despierta entre las 5.30 y las 6 de la mañana y toma mate durante media hora. Después prepara su desayuno –café con leche y dos tostadas con queso crema light– arma la cama y se baña. Desde la operación de cadera todo lo hace “por partes, como en el campo”. “La mayor parte de los accidentes de las personas mayores suceden en el baño”, explica. Alrededor de las 7.30 camina hasta la parada del bus eléctrico sobre la calle Maipú para estar puntualmente a las 8 en su taller. Le gusta dar el ejemplo: ser el primero en llegar y el último en irse. Cerca de las 19 vuelve a su casa, también en bus. “Tengo la suerte de que a veces los choferes –que son casi siempre mujeres– me dejan en la esquina de mi casa”, apunta. Marco es su mano derecha, un español que trabaja con él desde hace más de 20 años, pero a diferencia de Ramón, conserva su acento muy marcado. Ramón asegura que no extraña su país natal. Para él, la Argentina es maravillosa. Y subraya que tiene tres nacionalidades: “La argentina, la española y la paraguaya por adopción, porque mi mujer era de Paraguay”
Apasionado del trabajo, su motricidad fina permanece intacta
Seguir activo, una de las claves
Respecto a su alimentación, asegura que come de todo. “Como gustar, me gusta la comida de olla. Si me das a elegir, prefiero un buen guiso a un bife. Eso no quiere decir que no me guste la carne”, aclara. Reconoce que ahora está mucho más limitado porque vive solo. Su mujer, María Cristina, con quien estuvo casado más de 50 años, murió en 2021. Era ella quien lo mimaba y le preparaba sus comidas favoritas y solía acompañarlo al taller, donde aprovechaba para bordar. Tuvieron dos hijas, Marcela –que falleció a los 49 años– y María Eugenia, además de seis nietos. Una de ellas, Agustina Herrera, cuenta que su abuelo no sabía cocinar y que tuvo que aprender tras enviudar: “Cuando voy a comer a su casa, cocina todo él. Me prepara unas milanesas riquísimas con puré. No le gusta que lo ayude”. Aunque una vez por semana recibe la ayuda de una señora que limpia la casa y le deja algunas comidas preparadas, eso no alcanza para cubrir toda la semana. Si bien llega cansado, cerca de las ocho de la noche, se prepara algo. De vez en cuando, sus nietos pasan a visitarlo y comparten la cena o se juntan todos en familia en alguna casa. Confiesa que no es deportista, pero que siempre caminó y llevó una vida activa de mucho trabajo. “Desde que llegué a Buenos Aires, creo que nunca trabajé menos de 12 o 14 horas por día”, admite. “¡Pobre tu abuela, cómo me bancó!”, le dice a su nieta Agustina, que estuvo presente durante la entrevista con LA NACION. Los fines de semana también sigue una rutina laboral. Los sábados pasa todo el día en el taller y los domingos trabaja hasta las dos o tres de la tarde. Después, aprovecha para hacer las compras en el supermercado u otros quehaceres. Donde verdaderamente descansa es en Mar del Plata. El único lugar donde se saca el traje y se viste de sport con remera y pantalón. En La Feliz tiene un departamento que disfruta incluso en invierno. “Me gusta mirar el mar, caminar y hasta ir al casino”, relata. Y se le iluminan los ojos con picardía.
“Hacíamos hasta 20 trajes por mes, hoy hago uno por mes y algunos arreglos de clientes que tengo desde hace más de 40 años”
Cuando le pregunto por qué trabaja tanto, piensa un poco antes de contestar: “Al principio, por necesidad, porque vine debiendo el pasaje. Después seguí trabajando tanto porque, para hacer carrera, hay que dedicarse. Más adelante, cuando pasé esa primera etapa, quería tener una casa, formar una familia y darles una buena educación a mis hijas. Quería que no les pasara lo mismo que a mí. Las mandé a un colegio privado, fueron a la universidad y no les faltó nada”. Admite que su trabajo lo ayuda a mantenerse joven y le permite tener independencia económica. “Imaginate si fuera un jubilado”, suspira con alivio. Enhebra una aguja y muestra cómo su motricidad fina permanece intacta. Sus trajes son verdaderas obras de arte, todos hechos a mano, cuidando cada detalle con amor y dedicación.
Su trabajo lo ayuda a sentirse joven y le permite tener independencia económica
Enhebra una aguja y muestra cómo su motricidad fina permanece intacta. Sus trajes son verdaderas obras de arte, todos hechos a mano, cuidando cada detalle con amor y dedicación. Recorremos el taller mientras explica cada uno de los pasos que realiza para confeccionar semejante artesanía. “Hacíamos hasta 20 trajes por mes, hoy hago uno por mes y algunos arreglos de clientes que tengo desde hace más de 40 años”, puntualiza. No pierde su sonrisa en ningún momento de la entrevista. Se lo ve contento, tiene humor y parece llevar una vida simple, pero plena. Cuando le pregunto si quiere agregar algo más, responde sin dudar: “Tuve una mujer maravillosa que cambió mi vida, y tengo seis nietos y una hija que son el porqué de mi vida”.
Fuente: La Nación