Moises Ville, un pueblo judío en Santa Fe
El pueblo judío cuyo teatro servía como “test” antes de presentarse en Buenos Aires
A unos 180 km al noroeste de la capital santafesina, conserva dos sinagogas en funcionamiento, escuela y otros edificios públicos en perfecto estado y abiertos a la visita pública
PARA LA NACIONCynthia Ijelman

En 1889, unas 136 familias (824 personas) partieron desde Kamenetz, en Podolia, entonces parte del Imperio ruso. La región estaba atravesada por restricciones legales y una violencia sistemática que hacía inviable cualquier proyecto de vida. El viaje hacia América fue largo y precario: trenes de carga, traslados improvisados y redes de ayuda a lo largo de Europa los empujaron hacia un destino desconocido, que todavía no tenía el nombre de Moisés Ville.

El 14 de agosto de ese año llegaron a la Argentina a bordo del vapor Weser, que había zarpado en junio desde Bremen, Alemania. Días más tarde arribaron a Rosario y desde allí continuaron en tren hasta la estación Palacios, aún en construcción, a unos 18 km del actual emplazamiento del pueblo. Pocos días antes, el 28 de agosto, se había firmado el contrato de compra de tierras: cada familia recibiría diez hectáreas, a pagar en cinco años a un valor muy superior al del mercado. Además, les habían prometido viviendas, herramientas y manutención hasta la primera cosecha. Nada de eso se cumplió.

El paisaje que encontraron fue desolador: pastizales y apenas algunos galpones, vagones y carpas. Sin viviendas y sin alimentos, las familias quedaron libradas a su suerte. El hambre, las enfermedades y la precariedad marcaron esos primeros meses en los que más de 60 niños murieron. El episodio permanece hasta hoy como una herida fundacional en la memoria colectiva.
En medio de esa crisis, muchos jóvenes se emplearon como peones en estancias cercanas, algunas familias se trasladaron a pueblos de la región e incluso a ciudades como Rosario o Buenos Aires. En ese contexto extremo, comenzó también a gestarse una organización comunitaria basada en la solidaridad y el esfuerzo compartido.

La participación del médico austríaco Guillermo Loewenthal fue decisiva. De paso por la región, escuchó a niños pedir pan en idish y decidió intervenir. Gestionó ayuda ante las autoridades y exigió al propietario de las tierras el cumplimiento del contrato. A partir de entonces se inició el reparto efectivo de parcelas y el traslado de las familias hacia el actual Moisés Ville. Allí, comenzó una reconstrucción lenta, pero sostenida. “Moisés Ville se formó con gente muy valiente, mucho coraje hubo acá”, resume Hilda Zamory, actual directora del Museo Histórico Comunal y de la Colonización Judía “Rabino Aarón Halevi Goldman”.
Aarón Halevi Goldman
Aunque no fue parte del contingente original que llegó desde Europa, Aarón Halevi Goldman fue una figura central en el nacimiento de Moisés Ville. Considerado el primer rabino establecido en el país, también cumplió funciones como mohel (circuncidador) y referente de la vida religiosa del lugar.

Su formación lo vinculó con importantes referentes del judaísmo, con quienes mantuvo correspondencia luego reunida en textos de “Responsa”, donde se mencionaban los desafíos de aplicar la tradición en un contexto nuevo como la Argentina rural. El rabino, que no hablaba español, cumplió un rol clave y definitorio para el pueblo: propuso el nombre Kiriat Moshé, que luego derivó en Moisés Ville. La elección remitía a la figura bíblica de Moisés y expresaba la idea de un pueblo que, tras dejar la persecución en Europa, encontraba en la Argentina un nuevo lugar para asentarse. Falleció en 1930 y sus restos descansan en el cementerio local, que hoy forma parte del circuito histórico de Moisés Ville.
La importancia de la cultura
Desde el inicio, los colonos comprendieron que sobrevivir no alcanzaba. Había que construir comunidad. En ese proceso, la cultura ocupó un lugar central: edificaron sinagogas, fundaron escuelas, crearon bibliotecas y espacios de encuentro que no solo preservaban sus tradiciones, sino que también daban sentido a la vida cotidiana.

“No tenían nada material, pero el bagaje cultural que trajeron es lo que hace que Moisés Ville se destaque”, explica Zamory. Esa herencia aún es visible en cada rincón del pueblo, pero encuentra una de sus expresiones más emblemáticas en el Teatro Kadima. Ubicado frente a la plaza, fue inaugurado en 1929 por una soprano de la Ópera de Moscú.

Durante décadas, el Kadima funcionó como un verdadero termómetro cultural. Las compañías teatrales probaban allí sus obras antes de llevarlas a Buenos Aires. Si el público de Moisés Ville aplaudía, la obra tenía futuro. Si no, el recorrido terminaba allí. La exigencia del público reflejaba el alto nivel cultural de una comunidad que, aun en condiciones adversas, había hecho del arte una prioridad.

Hoy, aunque la población judía es mucho menor que en su época de esplendor –pasó de tener unos cinco mil habitantes, a menos de un centenar–, la vida comunitaria sigue activa. “No nos importa ser pocos, la comunidad sigue viva, latiendo”, afirma Zamory. Dos sinagogas permanecen en funcionamiento y celebraciones tradicionales convocan tanto a vecinos como a visitantes, en una integración que caracteriza al pueblo.

El museo: un viaje en el tiempo
El Museo Histórico Comunal es una de las claves para comprender la identidad de Moisés Ville. No se trata solo de una colección de objetos, sino de una experiencia que conecta de manera directa con la historia de los primeros colonos.
“Cuando entrás es como entrar a la Rusia zarista”, describe Zamory. Documentos originales, baúles de viaje, utensilios domésticos y un samovar reconstruyen el universo cotidiano de aquellos inmigrantes. La figura del rabino Aarón Halevi Goldman –quien dio nombre al pueblo– ocupa un lugar central en el recorrido.

La historia personal de la propia Zamory también se entrelaza con esa memoria colectiva. Su padre llegó a la Argentina poco tiempo antes de la Segunda Guerra Mundial, y su vínculo con Moisés Ville está atravesado por la idea de refugio y pertenencia. “Mi papá tenía un agradecimiento eterno con el pueblo porque lo recibió”, cuenta.

El recorrido turístico incluye, además del museo, el Teatro Kadima, las sinagogas –entre ellas la histórica Brener, declarada Monumento Histórico Nacional–, la biblioteca y el cementerio judío de 1891, el primero del país. Cada espacio aporta una pieza a un relato que combina dolor, reconstrucción y continuidad.
Platos típicos
La experiencia de visitar Moisés Ville suma un componente clave: la gastronomía. Aunque el pueblo es pequeño y no cuenta con una oferta permanente como la de los grandes centros turísticos, la comunidad se organiza especialmente para recibir a los visitantes. “Cuando sabemos que viene gente, se preparan los platos”, explica Zamory. Así, knishes, varenikes, strudel y otras especialidades de la cocina judía aparecen en comedores, clubes o panaderías locales.
El carácter comunitario también se refleja en celebraciones abiertas, como el séder de Pesaj (Cena de la Pascua judía), donde participan tanto habitantes como visitantes. Esa integración es parte del encanto del lugar.

Recorrer Moisés Ville es acercarse a una de las historias fundacionales de la Argentina desde una perspectiva poco habitual: la de quienes llegaron sin nada y, aun así, lograron construir una comunidad con identidad, cultura y memoria. Un presente que, lejos de diluirse, resiste al paso del tiempo.
Datos útiles
Museo Histórico. T: +54 9 3409 66-8035. IG: @museo.mv
Hospedaje Elena La Reina. T: +54 9 3493 49-9701
Los Mirasoles. T: + 54 9 3409 45-1549
Fuente: La Nación