Los programas de reeducación están contemplados por ley. La polémica entre el derecho a la reparación y quienes rechazan esta mirada.

“Paren de matarnos”. “Si tocan a una, nos tocan a todas”. “Vivas nos queremos”. Hace siete años, el femicidio de la adolescente Chiara Páez desató un hartazgo contenido. El 3 de junio de 2015, cientos de miles de personas —con las mujeres a la cabeza— se movilizaron al grito de “ni una menos”, protagonizando una de las manifestaciones más masivas del país. La fecha se instaló en la agenda de la lucha por derechos.

Según el observatorio Ahora que sí nos ven, entre el 1 de enero y el 31 de agosto, hubo 164 femicidios. Y las organizaciones LGTBI+ denuncian 32 travesticidios y transfemicidios. Si las muertes son el último eslabón de una larga cadena de violencias, ¿qué medidas se pueden tomar para prevenirlas?

Año a año, los movimientos de mujeres y diversidad reclaman mayor presupuesto para refugios; asistencia integral; campañas de concientización; revisión de los fallos machistas; sanciones a los atacantes; medidas de protección; educación; recursos económicos y laborales que ataquen las desigualdades de raíz y garanticen la autonomía de las víctimas; atención urgente a las personas que sufren violencia. 

Reeducación

Existe otra arista, presente en la Ley 26.485 o “De protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales”, sancionada en 2009. Se trata de los programas de reeducación destinados a los hombres que ejercen violencia.

Actualmente, el trabajo con masculinidades que infligieron violencia es una política de Estado, que avanza lentamente: hay 54 centros y, si bien crecen, todavía existe una larga lista de espera, que no permite actuar con la urgencia necesaria.

Su objetivo es lograr una mirada integral, basada en estrategias no centradas en el castigo. El ejemplo es la colaboración surgida entre el Ministerio de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires y el Instituto de Masculinidades y Cambio Social. Cuenta con la asistencia económica y técnica de la iniciativa Spotlight, una alianza global de la Unión Europea y las Naciones Unidas.

Son excluidos los menores de 18 años, quienes hayan cometido abuso sexual infantil, femicidas, o si se está en situación de consumo problemático sin tratamiento.

Masculinidades (im)posibles

Matías de Stéfano Barbero es Doctor en Antropología por la Universidad de Buenos Aires, Máster en Antropología de Orientación Pública, becario posdoctoral de CONICET y miembro del Instituto de Masculinidades y Cambio Social.

Además, forma parte de la Asociación Pablo Besson, de prevención y asistencia en violencia familiar. Comenzó como investigador y actualmente coordina grupos de hombres. En el libro, Masculinidades (im)posibles: Violencia y género, entre el poder y la vulnerabilidad, recopila testimonios en primera persona, que incomodan y obligan a la reflexión.

A la vez, es consultor para la cartera de Mujeres, Géneros y Diversidad, la de Seguridad y la de Salud, además de asesorar a entidades españolas, a Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

En una charla con Clarín, habla de su labor, las perspectivas de cambio, los prejuicios sociales, cómo fue modificando su propia mirada, los debates dentro y fuera del feminismo, así como las causas estructurales de la violencia. «Dentro de los derechos que tienen las personas que hicieron daño, está la posibilidad de transformarse y reparar”, asegura.

-¿Fue cambiando tu percepción sobre los hombres que ejercen violencia?

-Yo tenía los mismos miedos, prejuicios y estereotipos que cualquier persona. A lo largo del trabajo, uno se encuentra con matices, encuentra el rostro humano al tema con el que está trabajando. Cuando aparece la vida de la otra persona, se pone algo en juego. Surgen dos alternativas: forzar lo que escuchás a un marco teórico previo y preestablecido, o ampliar los límites de ese marco interpretativo.

-¿Los hombres violentos pueden cambiar?

La modificación subjetiva es posible, ese es el pilar de nuestro trabajo. En la mayor parte de los grupos constatamos que los varones disminuyen el ejercicio de la violencia o dejan de ejercerla. Construir indicadores estadísticos es una cuestión pendiente, porque conlleva recursos humanos y técnicos que todavía están en proceso. Los resultados se irán viendo con el paso del tiempo porque es una carrera de largo aliento. Si solamente nos concentramos en conseguir resultados rápidos, terminamos generando una respuesta punitiva. El propio sistema judicial y carcelario, lejos de evitar la violencia, la alimenta. Es un gran avance que, como sociedad, rechacemos la violencia hacia las mujeres y la comunidad LGTB. Pero ¿qué ocurre si les damos un espacio a quienes la ejercen? Aunque todavía la mayor parte de los varones vienen por órdenes judiciales, se están construyendo otras miradas que exceden lo punitivo, lo cual favorece que las personas busquen ayuda por voluntad propia.

-En el libro retomás la idea de que pensar en el violento como un “otro”, diferente, ajeno, puede tener un efecto tranquilizador sobre la sociedad.

-Sí, esto pasa cuando se trata la cuestión como una patología, una anomalía, una desviación. Si la violencia está en los otros, plausibles de ser tipificados o encasillados en perfiles, crea un “nosotros”, que luchamos precisamente contra la violencia, sin problematizar las raíces socio-culturales que la subyacen y alimentan.

-En los movimientos feministas y de diversidad sexual se instaló una frase: “No son enfermos, son hijos sanos del patriarcado”. ¿Qué pensás al respecto?

-Por un lado, está bueno, porque ubica al patriarcado como estructura social, con efectos sobre la subjetividad de los varones. Naturalizamos la violencia en el proceso de “hacernos hombres” que termina reproduciendo un orden de género, de subordinación de las mujeres. Pero, al mismo tiempo, me parece que un “hijo completamente sano del patriarcado” no necesita usar la violencia para dominar: si hay un poder que está legitimado culturalmente y socialmente, que no tiene fisuras, convence. La violencia aparece precisamente donde el poder falla. En cierto sentido, diría que ni el patriarcado está tan sano en este momento, ni son ellos tan sanos hijos del patriarcado. La violencia puede pensarse como una falla o un último recurso del patriarcado para funcionar: evidencia más una crisis del sistema de relación entre los géneros, que su fuerza.

-En el texto complejizás la ligazón entre poder y violencia, y aludís a la idea de “vulnerabilidad»…

-Hay una noción extendida que asocia al varón y a la violencia del lado del poder. Lo cierto es que esa visión termina reproduciendo un lugar pasivo para la mujer y un rol activo para el varón. Es decir, puede abonar a estereotipos que buscamos combatir. Escuchando los discursos de los varones y sus experiencias, se ve que su propia experiencia es mucho más complicada en términos de historia de vida, lo que sugiere una visión más sistémica del problema. En las biografías de los varones con los que trato, la violencia aparece no tanto como una expresión de poder, sino de impotencia, de falta de poder. En otras palabras, la violencia también tiene que ver con cierta vulnerabilidad e incertidumbre, con lo que no se puede controlar. Esto no significa exculparlos o quitarles responsabilidad, ni minimizar la violencia.

-¿De dónde nace la violencia de los hombres hacia las mujeres?

-Es un problema complejo, que involucra una estructura social en mutación. De momento, hay una transformación de las relaciones de género. ¿Qué hacemos los varones frente al conflicto en la pareja? Pareciera que no podemos construir el conflicto por dos motivos: porque no pensamos que nuestra pareja sea una legítima adversaria; y porque, en esta idea de “hacernos varones”, no podemos reconocer una serie de emociones y ponerlas en juego. Cuando no somos capaces de construir el conflicto, aparece la violencia como desborde. Hay muchos elementos. Uno más subjetivo o biográfico, otro social o cultural, y uno que excede la cuestión de género, y tiene que ver con el rol que ocupa la violencia en nuestra sociedad, prácticamente como algo legítimo.

-¿Se pueden leer las situaciones de violencia como una reacción ante el avance de los movimientos de mujeres?

-Frente a la diferencia no se construye diálogo, sino que se busca erradicar lo que uno lee como “amenazante”. En ese sentido, mucho del avance del feminismo es leído por los varones como amenazas a su subjetividad y a su posición masculina en el mundo.

-¿Cómo se trabaja en los grupos?

-L​a mayoría de los grupos son interdisciplinarios, porque el problema es multifactorial: abarca a la psicología, la psicología social, la abogacía y las ciencias sociales. Empezamos con grupos de mujeres que habían pasado por situaciones de violencia y notamos que muchas habían sufrido violencia por parte del mismo hombre. De ahí surgió la voluntad de trabajar con ellos. También tenemos profesionales que se dedican a las infancias. La voluntad debe ser integral porque implica a toda la familia.

-¿Qué tipo de actividades llevan adelante?

-Vemos películas, se comparten experiencias, trayectorias personales, realizamos psicodrama, repasamos la ley, leemos a teóricas feministas o artículos vinculados a cuestiones de masculinidad, impulsamos role play. También abrimos el juego para ver qué pasó en la semana y, a partir de lo que alguno cuenta o identifica, todos van interviniendo.

-¿Se constata un cambio en las actitudes y comportamientos de los varones?

-Muchas veces, los varones no reconocemos la violencia precisamente por la disociación que tenemos, y eso se ve todo el tiempo en los grupos. Hay cuestiones que no son leídas como violencia inicialmente y después, a lo largo del trabajo de grupo, sí. Así van apareciendo cosas. Por otro lado, reconocer la violencia implica encontrarse en un lugar indeseable socialmente. En otro momento era algo no problematizado, algo del ámbito privado, de lo familiar, de lo íntimo; hoy, en cambio, implica ocupar un lugar social reprobable.

-¿La familia y el entorno forman parte del proceso? ¿Cómo se puede saber si los cambios son reales o solo hay una modificación del discurso?

-En las entrevistas de admisión se evalúa la posibilidad de hablar con la pareja o con la expareja. Si solo modifican el discurso, no se sostiene en el tiempo, sobre todo cuando tienen que asistir semanalmente a los grupos. Se nota cómo los varones se relacionan con conflictos y muchos expresan cómo reconocen nuevas herramientas. Eso es parte del proceso de evaluación.

-¿Si crecen este tipo de espacios pueden reducirse las tasas de femicidios?

-Claramente hay una relación. Mientras más podamos hablar de todo lo que está de fondo de un femicidio, podemos colaborar a que disminuyan. No se nace femicida, se llega a serlo. Y en ese llegar a serlo, ¿dónde estamos como sociedad? ¿Qué podemos hacer y cuándo podemos intervenir? ¿Cuánto vamos a hablar del tema en la educación infantil, primaria, secundaria? ¿Cómo vamos a hablar de la violencia? Y luego, cuando un varón ejerza violencia, ¿cómo vamos a intervenir? ¿Solo metiéndolo preso?

-El rechazo a una visión exclusivamente punitiva está presente en tu trabajo… 

-Fortalecer una visión punitiva no es nuestro espíritu. La respuesta a qué vamos a hacer con los femicidios empieza con una serie de preguntas previas, que engloban a toda la sociedad, para que no haya que actuar solamente cuando es tarde. En este momento histórico, en el que se entiende que la violencia es inaceptable, tenemos la oportunidad de hacer muchas cosas. Dicho esto, aclaro: cuando son casos que requieren medidas urgentes, sí hay medidas judiciales vinculadas a la protección que son necesarias. Lo que estamos proponiendo es que haya una mirada más comunitaria en la detección del problema, en la evaluación del riesgo y en el acompañamiento.

-¿Qué le dirías a las mujeres que sufrieron violencia, a familiares de víctimas o a los activismos reacios a este tipo de abordaje?

-Si solo se trabaja con las mujeres que sufrieron violencia, no estamos yendo al origen del problema. Los que nos metemos en esto, tenemos una vocación de transformar las causas profundas y no solamente solucionar las consecuencias. Y hay una visión política: las personas que ejercieron daño, tienen el derecho a cambiar, a reparar. Me parece que es algo que como sociedad debemos contemplar.

Fuente: https://www.clarin.com/sociedad/terapia-genero-puede-recuperar-hombre-violento-_0_Rvkk2AuQST.html