Por qué el juego es clave en la infancia
Seis recomendaciones para las familias
En exclusiva para Infobae, Ineco brindó pautas para promover el aprendizaje y la creatividad a través de propuestas lúdicas cotidianas
Por Ineco
El juego libre permite que los chicos decidan qué hacer, inventen reglas y creen historias, desarrollando creatividad y autonomía (Imagen Ilustrativa Infobae)
*Grupo INECO es una organización dedicada a la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades mentales. A través de su Fundación INECO, investiga el cerebro humano.
Una caja puede convertirse en una nave espacial. Un almohadón, en una montaña. Dos muñecos pueden protagonizar una historia que cambia una y otra vez a medida que avanza. Para un niño, jugar parece algo simple y espontáneo. Sin embargo, mientras juega, su cerebro está realizando una tarea mucho más compleja de lo que parece.
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Durante el juego, los chicos imaginan, planifican, toman decisiones, resuelven problemas, negocian reglas, ensayan diferentes roles y aprenden a manejar emociones. Muchas de las habilidades cognitivas, sociales y emocionales que necesitarán a lo largo de la vida comienzan a ejercitarse precisamente en esos momentos.
Mientras juegan los niños ejercitan habilidades cognitivas, sociales y emocionales esenciales para su desarrollo futuro (Imagen Ilustrativa Infobae)
En una infancia cada vez más atravesada por agendas organizadas, actividades extracurriculares y pantallas, recuperar el valor del juego, especialmente aquel que surge de manera libre y espontánea, implica reconocerlo como una parte fundamental del desarrollo.
“Jugar no es simplemente una forma de entretenimiento. Es una de las principales maneras que tienen los chicos de conocer el mundo, explorar sus posibilidades y desarrollar habilidades cognitivas, emocionales y sociales. Mientras juegan están aprendiendo permanentemente, aunque ese aprendizaje no tenga la estructura que habitualmente asociamos con una actividad educativa”, explica la doctora Andrea Abadi, Directora del Departamento Infanto Juvenil de INECO.
¿Qué ocurre en el cerebro cuando un niño juega?
Construir una torre o inventar una historia desarrolla memoria, atención, lenguaje y autocontrol en los chicos (Imagen Ilustrativa Infobae)
El juego pone en funcionamiento diferentes procesos cerebrales al mismo tiempo. Para inventar una historia, seguir las reglas de un juego o construir algo con bloques, un niño necesita mantener información en mente, planificar qué va a hacer, adaptarse cuando algo cambia y controlar impulsos.
Muchas de estas capacidades forman parte de las llamadas funciones ejecutivas, un conjunto de habilidades esenciales para organizar la conducta y alcanzar objetivos.
Pero el juego no ejercita solamente capacidades cognitivas. Cuando se juega con otros también es necesario esperar turnos, interpretar intenciones, expresar ideas, negociar, tolerar perder y encontrar soluciones frente a los desacuerdos.
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La libertad de jugar sin sentirse evaluado convierte al juego en una experiencia enriquecedora para el crecimiento (Imagen Ilustrativa Infobae)
“En una situación de juego aparecen desafíos de manera permanente. Los chicos tienen que tomar decisiones, resolver problemas y modificar sus estrategias cuando algo no funciona como esperaban. Todo eso pone en marcha procesos vinculados con la flexibilidad cognitiva, la planificación, la autorregulación y la resolución de problemas”, señala la doctora Juliana Nieva, médica psiquiatra, miembro del Departamento Infantojuvenil de INECO.
El juego se convierte así en una especie de laboratorio cotidiano en el que los chicos pueden probar, equivocarse, volver a intentar y aprender de la experiencia dentro de un entorno seguro.
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Seis recomendaciones para volver a darle al juego el lugar que merece
No se trata de sumar una nueva obligación a la agenda infantil ni de transformar el juego en otra actividad dirigida. El objetivo es generar las condiciones para que los chicos puedan jugar, explorar y crear con mayor libertad.

En agendas atravesadas por la escuela, las actividades extracurriculares y las obligaciones familiares, es importante que también existan momentos sin una actividad previamente pautada. El juego libre permite que sean los propios chicos quienes decidan qué hacer, inventen reglas, creen historias y modifiquen sus propuestas sobre la marcha. En ese proceso ejercitan la creatividad, la planificación, la toma de decisiones y la autonomía.
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Para jugar no siempre hacen falta juguetes sofisticados. Bloques, lápices, cajas, telas, disfraces o elementos cotidianos pueden convertirse en escenarios, personajes y objetos completamente diferentes. Cuanto menos predeterminado está el uso de un objeto, mayores pueden ser las posibilidades de imaginar, transformar y crear. El valor no está necesariamente en el juguete, sino en aquello que el niño puede hacer con él.

El juego compartido ofrece un escenario privilegiado para desarrollar habilidades sociales. Jugar con hermanos, amigos o compañeros implica aprender a escuchar, esperar turnos, compartir ideas, negociar reglas y resolver desacuerdos.
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“El juego compartido ofrece oportunidades muy valiosas para aprender a relacionarse con otros. Esperar turnos, aceptar reglas, negociar o afrontar una frustración son aprendizajes que se construyen en experiencias concretas y que después pueden trasladarse a otros ámbitos de la vida”, explica la doctora Andrea Abadi.

Cuando una torre se cae, alguien pierde una partida o dos chicos no logran ponerse de acuerdo, la reacción adulta suele ser intervenir para resolver rápidamente el problema. Sin embargo, siempre que la situación lo permita, darles tiempo para buscar sus propias soluciones también forma parte del aprendizaje. Resolver pequeños conflictos, modificar una estrategia o volver a intentar pone en juego la flexibilidad cognitiva, la tolerancia a la frustración y la capacidad de resolución de problemas.
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Participar del juego puede ser una experiencia muy valiosa, pero acompañar no significa necesariamente decidir qué hacer, establecer todas las reglas o indicar cuál es la manera “correcta” de jugar. Seguir la iniciativa del niño, interesarse por lo que propone y permitir que conduzca la actividad favorece su autonomía y le brinda un espacio para explorar sus propias ideas.
“Cuando un chico juega por iniciativa propia puede explorar intereses, ensayar soluciones y equivocarse sin sentir que está siendo evaluado. Esa libertad es parte de lo que convierte al juego en una experiencia tan enriquecedora para el desarrollo”, señala la doctora Juliana Nieva.

Durante mucho tiempo se instaló la idea de que primero hay que cumplir con las obligaciones y que el juego comienza cuando termina el aprendizaje. Sin embargo, durante la infancia, jugar es también una forma de aprender.
Construir una torre permite explorar relaciones espaciales; inventar una historia estimula el lenguaje y la imaginación; un juego de reglas exige memoria, atención y autocontrol; y jugar con otros requiere comunicarse, negociar y comprender diferentes puntos de vista.
Dar al juego un lugar cotidiano no significa quitar tiempo al aprendizaje. Por el contrario, significa reconocer una de las formas más naturales que tiene el cerebro infantil de aprender, desarrollarse y comprender el mundo.
Más tiempo para jugar no significa menos tiempo para aprender
El juego compartido enseña a escuchar, negociar reglas y resolver desacuerdos, habilidades clave para la vida social (Imagen Ilustrativa Infobae)
En una vida cotidiana cada vez más organizada, el desafío puede no ser encontrar nuevas actividades para los chicos, sino proteger aquellos momentos que no tienen un objetivo productivo inmediato.
No todo momento de la infancia necesita convertirse en una oportunidad de rendimiento. El juego tiene valor justamente porque permite explorar sin la presión de hacerlo bien, alcanzar una meta o producir un resultado.
“Cuando un chico juega por iniciativa propia puede explorar intereses, ensayar soluciones y equivocarse sin sentir que está siendo evaluado. Esa libertad es parte de lo que convierte al juego en una experiencia tan enriquecedora para el desarrollo”, señala la doctora Juliana Nieva.
Recuperar el juego no significa rechazar la tecnología, las actividades extracurriculares ni el aprendizaje formal. Significa encontrar un equilibrio y recordar que el desarrollo infantil también necesita tiempo para inventar, moverse, compartir, equivocarse y empezar de nuevo.
Porque cuando un niño juega puede parecer que simplemente está pasando el tiempo. Pero, para su cerebro, están ocurriendo muchas cosas a la vez: está aprendiendo a pensar, a relacionarse con los demás, a comprender sus emociones y a descubrir cómo funciona el mundo.
Fuente: Infobae