Buscar pareja después de los 50 años
Cómo cambian las formas, las citas y el deseo
Quienes retoman encuentros después de una separación o una viudez cuentan cómo enfrentan el desafío de las apps, el cuerpo y una vida que ya tiene sus reglas
LA NACIONAldana Rizzuto

Cuando Fernando Tarruella tenía 20 años, conocer a alguien empezaba cara a cara: había contacto, conversación y un encuentro en persona antes de que aparecieran las demás preguntas. A los 54, después de una relación de dos décadas, volvió a las citas y se encontró con otra escena: una foto para elegir, una descripción de sí mismo que había que armar y nuevos códigos para acercarse a alguien. Entre una época y otra, descubrió que también tenía que aprender “cómo se juega” en la actualidad.
Retomar la búsqueda de pareja después de los 50 puede implicar situaciones inesperadas, pero también preguntas más profundas: cómo conocer a alguien después de muchos años con una misma persona, cuánto espacio darle a una nueva relación y qué lugar ocupan el cuerpo y la sexualidad en esta etapa de la vida.
Mariana Genoni, docente de matemática y ceramista de 60 años, quedó viuda con cinco hijos y una amiga la convenció de probar las aplicaciones de citas. Recuerda que la primera vez que entró a Tinder se puso a reír y luego a llorar porque se sentía “patética”: “Pensaba que estaba mirando un catálogo”. Además, el formato no terminaba de convencerla: “Yo necesito escuchar cómo habla la otra persona para sentirme atraída. Soy de otra época”, cuenta.

Sin embargo, ante sus dudas, su psicólogo le recomendó primero hacer una videollamada y, si decidía avanzar, encontrarse en un lugar abierto y neutral. Con el tiempo, la experiencia también le permitió recuperar una parte de sí misma: “Después de tantos años siendo esposa, mamá, que dejás cosas de lado, me gustó volver a arreglarme y ponerme linda, me sentí mejor conmigo”, relata.
Tarruella, que es asesor inmobiliario, recuerda que el primer desafío apareció incluso antes del encuentro: armar su perfil digital. De vuelta en la casa de su madre, tuvo que resolver cómo sacarse una foto. La única luz disponible estaba en el baño y, entre los ángulos, los filtros que no sabía usar y la vergüenza de que lo vieran, la experiencia terminó siendo una anécdota de lo que el denomina una “edad bisagra”.
“Hoy todo es por las redes sociales, que además demandan una descripción de uno mismo. Antes uno se conocía cara a cara”, afirma. Y las nuevas reglas no terminan ahí. “A la hora de pagar es un quilombo: si pagás vos, sos un machista empedernido; si pagás a medias, sos un rata. Tenés que estudiar muy bien el campo”, agrega.
María Valeria Sapia, actriz de 56 años, se separó luego de 25 años de quien fue su primer amor. Sus hijos le instalaron Tinder y después de muchas vueltas y varios “matches” aceptó ir a una cita. Encontró a un hombre que le llamó la atención porque le gustaba viajar, era culto y tenía aproximadamente su edad. Hablaron varias veces por mensaje antes de encontrarse en la esquina de Corrientes y Paraná: “Cuando se acercó, me quise morir. El de la foto era él cuando tenía 20 años. El hombre que se presentó tenía 70”.

Sin embargo, siguió adelante y fueron al Paseo La Plaza. Él le comentó que estaba a dieta, entonces ambos se pidieron una gaseosa light. La conversación no iba por buen camino y cuando ella, que tenía su auto, le comentó que ya se tenía que ir, la respuesta la descolocó: “Me dijo: ‘Y sí, lo mínimo un beso y llevarme hasta mi casa, ya que vine y te pagué la bebida’”.
Las escenas muestran una de las dificultades de volver a salir después de muchos años con una misma pareja. Para Bárbara Abadi, psicóloga especializada en vínculos, antes de abrirse a una nueva relación es necesario atravesar el duelo por la anterior. “El duelo no es solamente por la persona concreta con la que ya no se va a estar, sino una imagen de nosotros mismos que queda atrás, un proyecto de vida, una fantasía de futuro que uno había imaginado con el otro”, explica a LA NACION. Y advierte: “Lanzarse a buscar que otra persona ocupe ese lugar empasta más de lo que resuelve”.
Juan Cruz Gutiérrez, cocinero de 53 años, vivió ese proceso. Poco después de separarse, salió a buscar pareja casi como una prueba personal: “Quería demostrarme que tenía la capacidad de volver a generar un vínculo, pero me apuré porque exploté vínculos en el aire con los cuales no podía proyectar”.

El cuerpo, la autoestima y la sexualidad
A diferencia de los 20, Tarruella confiesa que ahora empezó a prestar más atención a su cuerpo: “Antes no miraba tanto mi físico. Ahora sí. Pienso qué ropa me pongo y cuál no, o si es el color correcto”. En su caso, el gimnasio fue el primer recurso para recuperar confianza: “Me preparé para volver al ruedo. Los primeros meses fueron de tiroteo nada más hasta que llegamos a concretar algo y, para entonces, ya me sentía mejor con mi cuerpo”.
Beatriz Goldberg, psicóloga especialista en crisis individuales y de pareja, también observa ese fenómeno: “Mucha gente, cuando se separa, empieza a buscar cambios de look”, explica. Pero advierte que la cuestión no debería reducirse a la apariencia: “Hay que trabajar mucho la autoestima para no entrar a una relación buscando validación”.
Para Patricio Gómez Di Leva, psicólogo y sexólogo, esa preocupación por la imagen también está vinculada con el deseo. “Hay una relación directa entre sentirse deseado/a, desear y la autoestima de una persona”, señala a LA NACION.
A pesar de una primera cita complicada, Sapia no dejó de querer estar con alguien y tuvo una “relación prohibida” con un compañero de trabajo que estaba casado. Es un vínculo que ella describe como un touch and go: “Me permitió ver que deseaba sin ningún tipo de presión y poder ser yo, como mujer”.

“A los 50 lo que observamos es que se vive la sexualidad con menos exigencias, menos presiones y con más libertad. Para muchas mujeres, durante mucho tiempo, la sexualidad se termina con la menopausia”, plantea Gómez Di Leva. Pero esta implica solo el final de la función reproductiva: “La sexualidad se aprende, pero lo más importante es entender que todo el tiempo se reaprende, a cualquier edad”.
Genoni, por ejemplo, sintió que después de enviudar una parte de su vida relacionada con el romance y la sexualidad se había terminado: “Me dio mucha tristeza”. Sin embargo, con el tiempo esa percepción cambió. “A mis hijos les avisaba si una noche no volvía a dormir a casa, pero evitaba dar detalles. Calculo que hacían cuentas”, expresa.
Menos “media naranja” y más espacio propio
A los 50, volver a salir también puede significar tener más claro qué se quiere y qué no. “Por ahí no tengo necesidad de verme o hablarme todos los días, sino una vez por semana o cada 15 días”, afirma Genoni. Para ella, un vínculo puede implicar compromiso sin convivencia permanente.
Después de 14 años separada y de una relación posterior que duró siete meses, Sapia pasó varios años sola. Esa experiencia también la llevó a descubrir qué estaba dispuesta a compartir. “Mi relación y tiempo con mis hijos, mi nieto, mis amigos, mi trabajo y conmigo misma, es una libertad que no estoy dispuesta a negociar”, describe.
Ese recorrido también le permitió ver lo positivo de las citas a esta edad. “Tenés clarísimo lo que querés”, dice. Y lo explica con una imagen cotidiana: “A esta edad te sentás y le decís: ‘Mirá, me gustan los fideos con tuco, no me gusta ver cuando te metés la comida en la boca o que mastiques chicle con la boca abierta’”, cuenta entre risas.
Esa autonomía también implica aceptar que la otra persona llega con sus propios hábitos y proyectos. “Hay que tener claro que a los 50 el otro no va a cambiar por uno”, señala Goldberg.
Gutiérreaz no renuncia a enamorarse. Su hija de 23 años incluso lo alienta a ponerse de novio: “Puedo conocer a alguien en la fila del supermercado, ir a tomar un café y me puede volar la cabeza, pero si no llega la persona, el camino va a estar bueno también”, reflexiona.
Para él, una relación sana consiste en “acercar orillas”. Busca admirar al otro y construir desde la generosidad, sin tener que apagar su propio brillo para encajar. Por eso, tampoco se identifica con la idea de la “media naranja”. “Yo estoy entero, no me está faltando nada. Podemos sumarnos y expandirnos en este encontrarnos”, plantea.
Abadi tampoco coincide con el concepto de la otra mitad: “Provoca mucho daño en el amor y en los vínculos, porque genera una fantasía imposible de que hay un otro con el que todo encaja de manera hiperarmoniosa y sin trabajo”.
Tarruella busca compañerismo, buena charla y espontaneidad: compartir tiempo de calidad, reírse y encontrar a alguien con quien complementarse, más allá de la intensidad pasajera de la juventud. No busca recuperar al hombre que era a los 20, sino reconocerse en esta nueva etapa: “Me gusta el pendejo que soy hoy”.
Por Aldana Rizzuto
Fuente: La Nación