Proteger al peatón
LA NACION

Caminar saludablemente por la vía pública encierra numerosos e inquietantes riesgos, mucho más si pasamos por alto nuestro enorme nivel de fragilidad cuando interactuamos con otros actores –vehículos de gran porte, autos, motos y bicicletas- sin tomar medidas de cuidado y protección. Tres de cada diez víctimas mortales son peatones en nuestro país, producto de violencias y siniestralidades callejeras que nos amenazan a diario.
Desde ya que es justo distinguir entre peatones que se cuidan y peatones audaces que no reparan en peligros. Aplaudimos a quienes recorren la distancia necesaria para llegar hasta la senda peatonal al momento de cruzar, mirando en ambas direcciones y aguardando que el semáforo los habilite. Pero sabemos que son muchos los desaprensivos, aquellos que solo avanzan atentos a sus celulares o con auriculares, distraídos y sin prestar atención a nada más. Al igual que los temerarios, lanzados a cruzar en cualquier parte, esquivando incluso vehículos en una odisea por llegar al otro lado de calles y avenidas.

Diversos estudios demuestran que solo el 6% de los peatones cruza correctamente en esquinas con semáforo, algo más en avenidas. En intersecciones sin esa señalética, prácticamente un 30% lo hace de forma incorrecta.
A veces solo basta observar los movimientos en una esquina cualquiera para proponer un verdadero análisis socio-psicológico sobre esta especie urbana. El bastardeado principio que establece la “prioridad del peatón” cuando los vehículos encaran un giro, pone en evidencia características de personalidad que se revelan en acción mejor que con muchos test. Desde quien nunca abandonará el cordón de la vereda ante el tránsito incesante de vehículos, pasando por aquel que entiende el riesgo de ganar la bocacalle y amaga con cruzar a la espera de la “gentileza” de algún conductor, hasta llegar a los más intrépidos que, incluso con una mano extendida, pretenden detener el tránsito para cruzar, profiriendo maldiciones o agradecimientos -gestuales, verbales o combinación de ambos-, según corresponda.

Parece necesario recordar también que no hablamos de categorías excluyentes cuando nos referimos a peatones y conductores. Precisamente porque los conductores son frecuentemente peatones y viceversa. Los trajes de ambos son bien diferentes. El volante puede dotar a un conductor de un sentimiento de superioridad difícilmente soportable para un indefenso peatón. “Usted está manejando un arma” rezaba una pieza publicitaria que pretendía advertir sobre los peligros de una conducción irresponsable cuando más de dos millones de vehículos circulan a diario por la ciudad de Buenos Aires. Respetar y controlar que se cumplan los 30 km/h de velocidad máxima en calles y de 50 km/h en avenidas es imperativo, tanto como asignar la prioridad al peatón.
Los peatones -cuyo día se conmemoró el 17 de este mes- son, sin duda, los usuarios más vulnerables del sistema de tránsito urbano en el que convivir con una motorización creciente plantea permanentes desafíos, con controles y sanciones que nunca son suficientes. Las campañas de prevención y concientización son herramientas irremplazables en las escuelas. Sin embargo, para quienes ya podemos haber olvidado lo aprendido en la infancia, siempre será buen momento para reflexionar acerca de lo que nos motiva a arriesgarnos cada día y sobre la conveniencia de cambiar comportamientos de riesgo por otros seguros.
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