Visitamos El Rodeo, en Catamarca
Fue casa de retiro de monjas, se transformó y ahora recibe huéspedes
En El Rodeo, un reducto encantador y atendido por sus dueños dio nueva vida a una antigua morada de Hermanas Franciscanas de la Caridad

En un rincón del pueblo, la casona aparece rodeada de un inmenso jardín. Las gruesas paredes de adobe y la galería formada por una sucesión de columnas tipo dóricas hablan de una vivienda de cierto nivel social. Fue casa de retiro de las Hermanas Franciscanas de la Caridad. Sin embargo, su historia es muy antigua. Una escritura del siglo XIX así lo confirma.
Fernando Rearte y Osvaldo González la encontraron por casualidad y se enamoraron de ella perdidamente. Pensaron armar aquí una casa de té; luego el proyecto se transformó. Hoy, restauración mediante, reciben al viajero en un ambiente que intenta replicar las antiguas casas catamarqueñas con un servicio muy cuidado y la amorosa presencia de sus dueños.

Fernando y Osvaldo generan una sensación de cercanía inmediata. Son esa pareja que uno quisiera tener como amigos toda la vida. Ambos son abogados, aunque Fernando cambió su profesión y ahora se dedica a asesorar a empresas de todo el mundo en temas de estrategia y transformación. Están juntos hace 22 años y desde siempre veranearon en El Rodeo, Catamarca.
Ubicada a 39 km de la capital provincial, la villa conserva ese espíritu cansino de pueblo. Durante los meses estivales, adquiere una vida nueva, se convierte en el destino de los catamarqueños citadinos.

El Rodeo ofrece un respiro al calor tórrido de la ciudad; el clima es agradable y las noches, frescas. Por eso, las familias con recursos edificaron aquí sus casonas de verano. Año tras año, reiteran el ritual del encuentro que se concreta en las alegres reuniones a orillas del río y se continúa en las fiestas de las casas alrededor de una mesa grande y varias guitarras.
“Acá vas de visita y la conversación termina, inevitablemente, en tu árbol genealógico –apunta Fernando–: lo más gracioso es que escalan hacia el pasado y siempre descubren un parentesco con vos, quizá 200 años atrás”
“Tienen muy claro quién es de aquí y quién es forastero como yo –agrega Osvaldo, que es de Buenos Aires–, pero después de tanto tiempo ya me aceptaron”, se ríe con ganas.

Niquixao fue el nombre original del pueblo. En quechua refiere a “Pueblo de la niebla” o “Pueblo entre nieblas” y describe el lugar que se caracteriza por un microclima húmedo y brumoso. Con el tiempo y el desarrollo de la actividad rural que llegó de la mano de la colonización, su nombre cambió a la actual denominación.
Nos esperan con una copa de champagne helado y unos canapés deliciosos, unos de apio y roquefort, otros de atún. Bajo la pérgola, la charla nos lleva a los inicios del proyecto. Cuentan que encontraron la casa en una de sus largas caminatas. Hacía años que las monjas ya no venían. En el sitio había funcionado una guardería, pero entonces estaba vacío.

Oxidado, casi ilegible por el paso del tiempo, encontraron un cartel de venta escondido entre la maleza. Golpearon las manos y la cuidadora los atendió con bastante mal humor; se negó a darles dato alguno. Cuando ya se estaban yendo, la señora llamó a Fernando y le preguntó: “Te veo cara conocida ¿vos, hijo de quién sos?” Esa fue la llave mágica. Los padres de Fernando, sus abuelos y sus bisabuelos fueron habitués de El Rodeo desde siempre. La señora comenzó a abrir puertas y ventanas y les dio el número de teléfono del representante legal de las monjas. De ahí en más, todo marchó de maravillas. Así compraron la casa de sus sueños.
La obra
Restaurar la propiedad les llevó varios años. Convirtieron la antigua capilla en un espacio para desayunar y tomar el té. Acondicionaron cuatro cuartos para recibir, repararon la chapa original de los techos y rescataron los antiguos tanques cisterna elevados de los inodoros. Luego, se dieron a la tarea de recuperar los pisos de mosaicos calcáreos que tienen un encanto pretérito.

Los calcáreos de la galería están colocados directamente sobre la tierra, sin contrapiso. Las raíces de las hortensias, que ahora están domadas, pero entonces eran gigantes, habían levantado gran parte. La obra respetó el diseño original que no sigue ningún patrón y hoy resulta muy moderno. Lisos, con guardas, con dibujos, así mezclados aparecen ante nuestros ojos. “Eran rezagos que las monjas recibieron como donación y los colocaron sin patrón alguno”, explica Fernando. Arriba, se observan los techos de cañizo, a la usanza de la época.
En la casa dejaron un pequeño corte en la pared que evidencia el ancho de los muros de adobe, una suerte de recuerdo vivo de la construcción original, que atrae a los visitantes porque casi supera un metro de espesor. Por dentro, los techos están sostenidos con gruesas vigas de quebracho hachuelado. Los tirantes sostienen unas tejuelas finitas color ladrillo que están a la vista y dan cuenta de su antigüedad.

La conejera, al otro lado del parque, sirvió como base para armar dos preciosos departamentos con baño privado, vestíbulo y cochera, ambientados con aire campestre y detalles de color.
La pregunta surge naturalmente: ¿cómo sería la vida de retiro de estas religiosas? “Las monjas dormían en la casa –cuenta Osvaldo–, las novicias armaban una serie de carpitas en el parque”. Suena divertido, una suerte de summer camp católico a la criolla.
Una casa con sorpresas
La Pirincha debe su nombre a la abuela de Fernando, una catamarqueña de pura cepa. Una foto antigua que muestran en el celular da testimonio de su belleza. Los nombres de los cuartos homenajean a cuatro santos y también a los abuelos de ambos: San Blas, San Ángel, San Fermín y San Genaro.
La casa principal merece una detenida visita; es una suerte de viaje en el tiempo donde cada objeto guarda una historia que merece ser contada. Fernando y Osvaldo son fanáticos de las antigüedades, esas personas fascinadas por los remates y las demoliciones, siempre en busca de alguna joyita.

Una bacha enlozada inglesa, enorme, que requirió de seis hombres para instalarla en la cocina, una mesa para amasar que solo se descubre al desplegarla y es una preciosura. Sillones de madera de una tradicional pizzería de la calle Corrientes visten la galería.
La puerta principal la consiguieron en una escuela y la restauraron agregando unas rejas provenientes de un perchero árabe. La del depósito fue parte de un teatro de Avellaneda: es de madera maciza y cada hoja pesa 50 kg.
Los juegos de loza se multiplican por decenas; cada uno tiene su encanto y dan ganas de llevárselos a casa. Tanto es así que compraron varios para vender a los huéspedes. Después están las arañas, los textiles, las cabeceras de hierro de las camas, las de madera labrada, los cuadros –porque el arte es otra de sus pasiones–; todo tiene aquí una vida anterior.
La mesa y las campanas
Al atardecer vamos a conocer la iglesia Nuestra Señora de la Candelaria, que está justo enfrente de La Pirincha. La encontramos cerrada, pero a nosotros nos interesa el campanario. Osvaldo nos presenta a Ángel Pizarro, quien hace un tiempo decidió rescatar una tradición perdida. La aprendió de niño y ahora es una suerte de guardián y pregonero. Cada vez que muere alguien nacido en El Rodeo, asume o fallece un papa o simplemente es la hora de misa, Ángel sube al campanario y lo anuncia.

Cada evento tiene una partitura singular y se ejecuta con una u otra campana (el campanario tiene dos que suenan diferente), según se trate de un hombre o una mujer. Todos en el pueblo conocen ese lenguaje.
De regreso, la mesa está servida en el comedor. Osvaldo es el encargado de la cocina, un saber que heredó de su mamá. Primero las infaltables empanadas, caserísimas de carne. Después, nos invitan con un locro increíble, receta de la tía Luchi, hecho con choclo y un mix de zapallo cabutia y zapallo anco, hierbas, cuadraditos de cuadril salteados en mostaza y otros secretos que no es necesario revelar. La hora dulce llega con nueces, crema helada y dulce de membrillo local que disfrutamos con una pizca de pimienta.
Afuera, una niebla suave se desparrama sobre el jardín. Lo cruzamos despacito para no perder el sueño en el camino y nos dormimos acunadas por los sonidos de la noche.
Datos útiles
La Pirincha. Desde $150.000 por noche en base doble. El valor incluye desayuno de campo con delicias caseras. Wifi, baño privado, aire frío-calor. Reserva mínima 2 noches. El Rodeo, Catamarca. T: +54 9 11 6274-4498. IG: @la_pirincha