El Parque Tres de Febrero
De 1901: la edificación de inspiración oriental que brillaba en el lugar y era un boom en la elite porteña
El Pabellón de los Lagos estuvo en pie casi 30 años; tenía un restaurante con un servicio de góndolas para pasear por el espejo de agua
PARA LA NACIONSilvina Vitale

Restaurante y confitería, con un sitio especial para orquesta, el Pabellón de los Lagos tenía una ubicación inmejorable en el primer parque público del país. Era en aquellos tiempos el paseo predilecto de las clases medias y altas de principios del siglo XX, el sitio al que concurrían para almorzar o tomar el té principalmente los fines de semana. También era el sitio preferido para banquetes y para reuniones diplomáticas desde donde se apreciaba el esplendor de Buenos Aires.
Cuenta la doctora en historia del arte Sonia Berjman en el libro Palermo. El Parque 3 de Febrero de Buenos Aires, que publicó junto a Daniel Schávelzon, que el Pabellón de los Lagos era uno de los edificios más hermosos con los que contaba la ciudad. “Una expresión pura de la arquitectura de hierro, vidrio y luz donde el baile, la comida, los paseos, la cerveza, eran parte del entretenimiento diario”, señala.

La historiadora admite que esta curiosa joya arquitectónica brillaba por las noches como una “pieza de bijouterie” y que esto era posible dado que se trataba de una estructura de hierro cerrada con vidrios de colores, profusamente iluminada por las noches. Esta obra del arquitecto Rolando Le Vacher –quien, entre otras obras de gran magnitud, diseñó junto a Emilio Agrelo el edificio de Galerías Pacífico– hacía recordar al Pabellón Real de Brighton, una antigua residencia de los reyes en Inglaterra construida en el siglo XIX.
La llamativa construcción fue levantada en 1901 con materiales como hierro, vidrio y cubiertas de zinc, según explica Pablo Chiesa, licenciado en museología e investigador en el Departamento de Conservación y Restauración del Senado de la Nación. Recuerda el museólogo que, en ese momento, la explotación comercial del pabellón la ganaron Antonio Riva, Martín Ponisio y Juan Brunengo: desde un principio, el objetivo era que allí funcionara un restaurante para el Parque Tres de Febrero.
Naturaleza en la ciudad
Respecto al contexto histórico en el que tuvo lugar la aparición del pabellón, destaca el arquitecto Juan Ignacio Ruffa –especialista y magister en historia y crítica de la arquitectura y el urbanismo y docente de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica Argentina (UCA)– que para comprenderlo es necesario remontarse a los principios de la llamada Generación del ’80. “Esta abrazaba el ideal positivista de la época, que depositaba su fe en el orden y el progreso, apostaba por una educación a la europea, alejada de las herencias originarias americanas y minimizando el poder de la Iglesia sobre el Estado”, detalla Ruffa. Tras este objetivo, el país abrió sus puertas a la inmigración europea masiva en una etapa de expansión económica bajo el modelo agroexportador que trajo un auge monetario sin precedentes a la nación.

“Con la mirada puesta en Europa, principalmente en el Iluminismo francés, se buscó moldear un país, encarnado principalmente en Buenos Aires, con las formalidades estéticas, urbanísticas y programáticas de las principales ciudades europeas”, agrega el arquitecto. De esa manera, la ciudad, tanto en sus palacios como en sus edificios más anónimos, se construyó a partir de reminiscencias ineludibles a la arquitectura parisina tan admirada por la elite gobernante. Justo entonces, también los jardines y parques comenzaron a tener un lugar importante en las ciudades sobre la base de las ideas higienistas.
Según explica Ruffa, estas consideraban que el entorno determinaba las condiciones de vida y que el contacto con la naturaleza influía positivamente sobre la conducta moral de los ciudadanos. Así, se comenzó a integrar a la naturaleza en el espacio urbano, dando lugar al parque público. “Este ofrecía un espacio de ocio, una nueva manera de vivir la ciudad dando respuestas a necesidades sociales y de salubridad. Por lo tanto, una gran ciudad para considerarse como tal debía contar con un gran parque urbano”, advierte el docente de la UCA.
Y recuerda que, en la Argentina, el principal impulsor de estas ideas fue Domingo Faustino Sarmiento, quien bregó por la sanción de la Ley Nº 658, que el 25 de junio de 1874 determinó la creación del Parque Tres de Febrero. “Fue el primer parque público construido en el país, en el predio que fuera la residencia de Juan Manuel de Rosas. Participaron en su concreción técnicos y paisajistas entre los que se destacó el artista suizo Adolf Methfessel, quien intervino en los primeros trazados y en la configuración inicial del paisaje. Luego Carlos Thays, el famoso paisajista francés director de Paseos y Jardines Municipales entre 1891 y 1914, le otorgó su impronta definitiva”, afirma.

Un hito en el parque
Para Ruffa, la implantación junto a los espejos de agua artificiales del Pabellón de los Lagos no fue casual. “Retomando los principios del paisajismo desarrollado por Thays, el pabellón operaba como un hito dentro del recorrido, un punto de detención que organizaba las vistas y potenciaba la relación entre arquitectura y naturaleza”, apunta.
En cuanto a las características arquitectónicas de la obra, señala que para entender las influencias estilísticas y estructurales que convergían en esta es necesario remontarse a mediados del siglo XIX. Entonces, el arquitecto inglés Joseph Paxton cambió por completo la manera de materializar grandes estructuras con su innovadora propuesta para el pabellón de la Gran Exposición de Londres de 1851. Ruffa la describe como una inmensa estructura modular prefabricada, que combinaba hierro y vidrio como un sistema integral, lo que permitía aumentar la iluminación natural y una mayor rapidez de montaje y desmontaje.
En 1889, cuando fue el turno de París de ser anfitriona de la Exposición Universal, celebrando el centenario de la Revolución Francesa, estas búsquedas alcanzaron una nueva escala y complejidad. El hierro dejó de ser solo un recurso técnico para convertirse en un lenguaje en sí mismo. En ese contexto, el Pabellón Argentino proyectado por el arquitecto francés Albert Ballu se inscribía en una posición intermedia: materializado también en hierro y vidrio y concebido como estructura desmontable, incorporaba los avances técnicos de la arquitectura industrial, pero los revestía con un lenguaje ecléctico y representativo, más cercano a la tradición académica.

Dentro de este espíritu y bajo esta influencia se inscribe el Pabellón de los Lagos que, a diferencia de los grandes artefactos europeos, donde la estructura metálica tendía a expresarse con autonomía, aquí la modernidad técnica se integraba de manera más discreta, subordinada a una lógica pintoresquista y escenográfica. “Se apoyaba en una materialidad liviana y en recursos constructivos que permitían amplias aperturas y visuales hacia el agua, pero adoptaba un lenguaje ecléctico, acorde al carácter recreativo del parque”, sostiene Ruffa.
Por su parte, Chiesa explica que el estilo se enmarcó en el eclecticismo historicista de finales del siglo XIX y en sus fachadas se combinaban libremente elementos de la arquitectura oriental. En sintonía, Fernando Martínez Nespral, director del Instituto de Arte Americano de la Universidad de Buenos Aires (UBA), subraya que una de las particularidades que tenía este edificio era que tenía un cierto rasgo oriental que era muy propio de la época de este tipo de pabellones que tenían fines recreativos. “Se presentaba como una intervención algo exótica”, dice.
El restaurante no solo estaba abierto al público en general, sino que también se utilizaba para la celebración de banquetes, fiestas de colectividades, comidas de beneficencia, reuniones sociales y recepciones oficiales. Además, contaba con un servicio de góndolas para navegar el lago que era un verdadero éxito. También disponía de una importante bodega y un sitio para orquesta. Asegura Chiesa que, por ejemplo, la colectividad alemana celebró allí en varias ocasiones el cumpleaños del emperador Guillermo II.
En cuanto a la disposición, detalla Berjman en su libro que la edificación contaba con un pabellón central ortogonal del que partían dos galerías en forma curva rematadas por respectivos pabellones, también ortogonales, pero de menor tamaño. Las galerías conformaban una gran terraza para dar cabida a mesas y sillas.
Progresivamente los terrenos adyacentes fueron ocupados por la Exposición Industrial del Centenario y por el Rosedal, inaugurado en 1914. Finalmente, los días de gloria del Pabellón de los Lagos quedaron en el olvido, ya que la estructura fue demolida en 1929, para dar lugar a otra construcción, el Patio Andaluz.
Sobre su desaparición, Ruffa considera que puede leerse como el resultado de una serie de transformaciones convergentes más que como un hecho aislado. “También hay que tener en cuenta que el deterioro propio de una arquitectura liviana, concebida más como infraestructura de ocio que como edificio permanente, probablemente haya acelerado su final”, advierte. Por otro lado, se suman las sucesivas reformulaciones del Parque Tres de Febrero que desplazaron este tipo de piezas dentro de una lógica paisajística en evolución.
“No es menor que la ciudad estuviera entonces bajo la intendencia de Carlos Noel, cuya mirada centrada en la revalorización de la tradición hispanoamericana comenzaba a materializarse en diversas intervenciones urbanas”, destaca. En ese contexto, no resulta casual que ese mismo año la ciudad de Sevilla donara a Buenos Aires un Patio Andaluz, “instalado precisamente en el sitio que había ocupado el pabellón”, finaliza Ruffa. Desde entonces, en el lugar se levanta esta otra joya arquitectónica de casi cien años que fue sometida el año pasado a un proceso de restauración para devolverle su esplendor.
Por Silvina Vitale