Mitos y leyendas de los túneles de San Ignacio, Santa Felicitas y el Zanjón de Granados. Cómo visitarlos.

La caminata, a seis metros bajo tierra, se siente como un desplazamiento más temporal que físico, en reversa, hacia el pasado remoto. Recorremos un túnel jesuítico de principios del siglo XVIII, por debajo de la iglesia de San Ignacio de Loyola, la más antigua de Buenos Aires.

En la penumbra, dando pasos sobre el suelo de tierra, vemos los golpes de pico sobre la tosca: indican que la bóveda fue cavada de sur a norte. La altura, entre un metro y medio y dos, nos da una idea de lo que medían los excavadores, muy probablemente esclavos o aborígenes de las misiones.

Arriba, afuera, en Bolívar entre Alsina y Moreno, Monserrat, es siglo XXI. Hay multitudes, ruidos urbanos –a nuestras espaldas tenemos al Nacional Buenos Aires; al frente, la Plaza de Mayo– y hace calor.

Acá abajo todo es fresco y silencioso. En las paredes laterales, dos hornacinas talladas en la tosca –cavidades en donde se apoyaban velas– y dos chicotes de ramales transversales inconclusos. Este pasadizo subterráneo fue abierto hace tres siglos, a pico, barreta, pala, capachos (baldes de cuero) y parihuelas, especie de camillas para transportar el material, arcilla con cal.Túnel de la Iglesia San Ignacio de Loyola. Foto: Germán García Adrasti

Túnel de la Iglesia San Ignacio de Loyola. Foto: Germán García Adrasti

“Este túnel, el único jesuítico que hoy se puede recorrer, formaba parte de una red inconclusa. Hay muchas leyendas, muchos mitos y poca investigación profunda sobre el origen. Fueron construidos para la defensa de la ciudad y para la conexión entre sitios estratégicos. Los jesuitas llegaron en 1608. Primero se asentaron en Plaza de Mayo, en una iglesia construida con barro y paja, porque acá no había piedras. En 1661, hace 360 años, se mudaron a esta zona, después llamada Manzana de las Luces. Con sus obras y construcciones, marcaron la historia de Buenos Aires y del país”, dice Soledad Saubidet, coordinadora y gestora del acto inaugural y visitas guiadas del Proyecto San Ignacio, junto con la historiadora Ana María Di Consoli.

La restauración, puesta en valor y reapertura del túnel y del claustro antiguo del Colegio Grande de San Ignacio (que se hizo el 11 de noviembre pasado), forma parte de un plan maestro que en 2007 Jorge Bergoglio –entonces arzobispo de Buenos Aires, hoy Papa– le encargó a Francisco Baigorria, párroco de San Ignacio y actual gestor del proyecto.

Años antes, en 2003, Baigorria había hecho público que, por la rotura de una cañería, el túnel, anegado, había quedado al borde del derrumbe, un peligro para la estructura del templo entero y el claustro del colegio de San Ignacio, que luego fue el Real Colegio de San Carlos y luego el Buenos Aires.

Frente a nosotros, en mitad del túnel, observamos una construcción de hormigón armado, sostén fundamental instalado por el estudio Fontán Balestra, y durmientes de ferrocarril que sostuvieron el arco de la bóveda hasta la restauración.

Con barbijo, bajo tierra, Di Consoli regresa a los jesuitas: “En este terreno, que les donó la señora Isabel de Carbajal, y con la orden de traslado del gobernador Bucarelli, levantaron durante el siglo XVII la primera iglesia, en 1675, el viejo colegio y la procuraduría o administración de las misiones. El resto eran huertos, y hornos donde cocinaron los ladrillos y tejas del templo”.El túnel de San Ignacio se reabrió en noviembre. Foto: Germán García Adrasti.

El túnel de San Ignacio se reabrió en noviembre. Foto: Germán García Adrasti.

Di Consoli agrega más datos: “Se calcula que los túneles son de principios del siglo XVIII. Nunca se encontraron los planos originales; lo que no quiere decir que no aparezcan; algunos dicen que habría que investigar exhaustivamente en el Archivo de Indias de Sevilla. En Europa se usaban pasadizos subterráneos con ingeniería militar que conectaban edificios y servían como defensa. En América, los incas, los mayas y otras civilizaciones avanzadas, también. No es casual que los jesuitas los hayan construido acá, donde levantaron tantos edificios. Y en una ciudad portuaria, donde el río llegaba hasta Paseo Colón, una red de túneles servía como sistema defensivo: tal vez no para impedir una invasión, sino para dar aviso.”

Saubidet sostiene que este túnel empezaba a metros de la calle Moreno, en la bodega de la cocina del antiguo colegio. Ahora comienza a la altura de la medianera entre el Buenos Aires y la iglesia y se extiende hasta el altar de San Ignacio. Corre paralelo a Bolívar. Existe, camino al Cabildo, otro tramo, intransitable.

“Hace 30 años traía a personas. Entrábamos por el polígono de tiro de colegio –recuerda Di Consoli–. Pero había desmoronamientos, acumulación de tierra, ratas. Una vez tuve que arrastrarme en ciertos tramos. Te faltaba el aire; la gente no quería meterse mucho. No teníamos tan en cuenta el tema de la seguridad, que hoy es clave”.

La Manzana de las Luces es un palimpsesto, un hojaldre en el que se va acumulando la historia capa por capa.

Ana María Di Consoli, historiadora

Túneles combativos

Di Consoli cuenta: “Enfrente, cruzando la calle Perú, estaba la ranchería donde se alojaban los indios que venían de las misiones. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, se transformó en el famoso Teatro de la Ranchería (Alsina y Perú), que finalmente se incendió a finales del siglo XVIII. Durante las Invasiones Inglesas, el regimiento 71° de los Highlanders se alojó ahí».

«Felipe de Sentenach, ingeniero y comandante de milicias locales, ideó el plan de cavar un túnel enlazado con los existentes para llegar a la ranchería y volarla. También cavaron, dicen, desde la iglesia de La Merced hacia el Fuerte, en donde estaba William Beresford. Esos túneles eran de comienzos del XIX, ya no jesuíticos, y quedaron inconclusos”, agrega.

A mediados del XIX otros túneles, cercanos, fueron noticia, a causa de un supuesto plan para atentar contra Juan Manuel de Rosas. El 3 de febrero de 1848, durante la excavación de un foso, se encontró un túnel en Belgrano 93, que conducía a la propiedad de Claudio Stegman, sobre esa misma calle.

Los rosistas acusaron a Stegman de planear el asesinato de Rosas; los unitarios replicaron que se trataba de una mentira de los federales. El episodio llevó a una pericia en la que aparecieron, por lo menos, otros dos túneles.El Zanjón de Granados data  de tiempos de la colonia. Foto: Fernando de la Orden

El Zanjón de Granados data de tiempos de la colonia. Foto: Fernando de la Orden

“En esa época, Rosas vivía acá a la vuelta, en Moreno entre Perú y Bolívar, en una casa de la familia de Encarnación Ezcurra –dice Di Consoli–. En 1848 se investigó qué había bajo tierra, por las denuncias sobre el supuesto atentado. Pero el túnel hallado del otro lado, sobre Belgrano, tenía unos 150 años, era de los antiguos. Esta zona es un palimpsesto, un hojaldre en el que se va acumulando la historia capa por capa. Recién en la segunda década del siglo XX, Héctor Greslebin, por entonces un estudiante de arquitectura, hizo el primer estudio científico de la red de túneles en la Manzana de las Luces. Empezó en 1912; su trabajo fue muy importante, aunque no tan reconocido.”

Saubidet y Di Consoli sostienen que Greslebin –por cuya iniciativa la Municipalidad le pidió al ingeniero L. Topelberg, en 1915, un plano de la red de túneles de la Manzana de las Luces– investigaba al principio de un modo temerario:

“Se metía con una cuerda, cuyo extremo quedaba en la superficie, y con un farol a kerosene y sus elementos de medición. Decía que, si en una hora no salía, bajaran a buscarlo, porque no había mucho oxígeno y sí muchos desmoronamientos. Así recorrió el ramal mientras el colegio (Buenos Aires) estaba en obra. Fue el primero en estudiar sistemáticamente y científicamente los túneles.”

La tarea no fue fácil. “La ciudad había crecido en infraestructura subterránea, sobre todo después de la epidemia de fiebre amarilla de 1871. Caños, cables, cimientos de edificios. Los túneles habían ido desapareciendo por la modernidad. Además, en el subsuelo porteño se habían construido, en distintas épocas, aljibes, pozos de basura, cisternas, enormes sótanos de casas coloniales”, dice Saubidet.

En los tiempos de Greslebin, en paralelo con la investigación científica, crecieron los mitos sobre los túneles: tesoros escondidos, monjas ultrajadas, amores prohibidos, contrabando a gran escala y hasta jinetes con sus caballos se sucedieron no sólo en la imaginación sino en las notas amarillistas.

Ya en el siglo XXI, en septiembre de 2013, ocurrió, sí, un hecho verídico: cinco alumnos del Buenos Aires que participaban de una toma del colegio cruzaron a través del túnel de San Ignacio hasta el templo y cometieron actos de vandalismo, como quemar muebles y hacer pintadas anticatólicas; por ejemplo: “La única iglesia que ilumina es la que arde”.

Ocho años después, en ese pasadizo subterráneo, ahora abierto a los visitantes, observamos el boquete por el que ingresaron a la zona del altar.

Sabía que el lugar estaba en una zona histórica y que eso iba a tener una aplicación. Imaginé que quizás podía poner un restaurante ahí. Pero no. Rápidamente entendí que el pasado de la ciudad estaba entre estas paredes y pisos. Había que recuperarlo.

Jorge Eckstein, empresario

Un tesoro en el basural

Pocas cuadras al sur de la Manzana de las Luces, en Defensa 755, San Telmo, existe otra joya histórica de enorme riqueza y magia subterránea: el Zanjón de Granados. En 1985, Jorge Eckstein, empresario y licenciado en Ciencias Químicas, graduado del Nacional Buenos Aires, compró esa propiedad: una construcción de 1830 que había sido la mansión de una familia aristocrática con seis esclavos africanos y que, alrededor de 1862, se convirtió en un conventillo de 23 habitaciones y una vinería. Ya en siglo XX, fue abandonado a comienzos de los ‘70.

Eckstein pagó el precio de dos autos por él: en ese entonces era una especie de basural tapiado, con cuatro metros de escombros en su interior.

Durante la obra de limpieza y restauración, el piso cedió y apareció el techo del túnel por donde había corrido el Tercero del Sur, un arroyo que funcionaba como desagüe pluvial de los altos de la ciudad y desembocaba en el Río de la Plata, antiguamente a 200 metros de allí. En algún momento había sido entubado y, más adelante, rellenado. Eckstein comprendió (decidió) que lo esperaba una aventura arqueológica.

“Cuando lo compré, sabía que el lugar estaba en una zona histórica y que eso iba a tener una aplicación. Imaginé que quizás podía poner un restaurante ahí. Pero no. Rápidamente entendí que el pasado de la ciudad estaba entre estas paredes y pisos. Había que recuperarlo. Entendí sobre qué material estaba trabajando: sobre el paso del tiempo, sobre el pasado, sobre algo que no tiene precio. La historia es tiempo y el tiempo no se puede comprar con plata”, explica Eckstein, en una hermosa biblioteca subterránea que tiene en el Zanjón.En el Zanjón, hay cerámica indígena y colonia. Foto: Fernando de la Orden

En el Zanjón, hay cerámica indígena y colonia. Foto: Fernando de la Orden

El Tercero del Sur había sido el límite meridional de la ciudad durante la segunda fundación de Buenos Aires, en 1580. En el tramo correspondiente a la mansión/conventillo se llamó el Zanjón de Granados, por las hermanas Granados, vendedoras de pasteles fritos en tiempos de la Revolución de Mayo.

Ante la evidencia de que estaba en un lugar histórico, Eckstein convocó a arqueólogos para que realizaran un relevamiento y excavaciones, preservando la propiedad que acababa de comprar. Uno de los que trabajó en aquellos primeros tiempos, a mediados de los 80, fue el prestigioso arquitecto y antropólogo Daniel Schávelzon.

“A partir de la ubicación del Zanjón de Granados y su entubamiento se creó un proyecto sistemático de excavación del relleno del túnel y de las construcciones de su alrededor –escribió en su libro Túneles de Buenos Aires. Historias, mitos y verdades del subsuelo porteño–. Estas exploraciones llevaron varios meses y gracias a la labor arqueológica se lograron recuperar unas 30.000 piezas diversas –de metal, vidrio, porcelana, loza, cerámica, etc– que, encuadradas en su estratigrafía, permitieron reconstruir el proceso de ocupación del lugar desde el siglo XVII hasta la actualidad.”

Los objetos encontrados –desde cerámica indígena y cerámicas coloniales, particularmente Talavera, hasta utensilios, armas, pipas, cabezas de muñecas de porcelana, botellas de ginebra, vestimenta– colaboraron en la reconstrucción de las formas de vida y costumbres, especialmente de los siglos XVIII y XIX.

Algunas de esas reliquias están exhibidas en los túneles del Zanjón, proyecto al que Eckstein le dedicó –con esfuerzo, orgullo y placer– los últimos 36 años.

Ahora caminamos bajo tierra (Eckstein tiene 82 añosy un estado físico notable) por el lecho ya seco del arroyo, siguiendo las antiguas pendientes del curso de agua. El lugar combina su esencia remota y rústica con una elegancia moderna y refinada.

Las amplias bóvedas del Zanjón exhiben pinturas que reproducen distintas etapas de Buenos Aires. La infraestructura moderna facilita la conexión con este lugar en el que se sucedieron cimientos, muros, pisos, aljibes, pozos ciegos, construidos y destruidos entre 1730 y 1865. Se mantienen intactas, entre otras piezas, una cisterna y un horno.

La biblioteca subterránea, el lugar que elige Eckstein para conversar, abunda también en documentos valiosos: desde acuerdo del Cabildo de 1608 hasta el primer edicto municipal de Bernardino Rivadavia, de 1822, referido al problema del agua del Riachuelo. Doscientos años de un problema que no se solucionó.

Entre libros de enorme valor, Eckstein tiene el manuscrito de uno que lleva años escribiendo sobre el Zanjón y que piensa publicar próximamente. “En el comienzo, anoté las primeras impresiones. Me dije: ya está todo hecho. Y me dispuse a buscar los hilos con el pasado. Veinticinco o treinta años después seguía estableciendo conexiones, y aún lo hago. De eso se trata: de establecer conexiones entre lo material y lo humano, entre la actualidad y el pasado”, nos dice.Túneles de Santa Felicitas, en Barracas.  Foto: Fernando de la Orden

Túneles de Santa Felicitas, en Barracas. Foto: Fernando de la Orden

Subsuelo obrero

Ya convertidos en cronistas topo, ya fascinados por la Buenos Aires subterránea, seguimos rumbo al sur, hasta los túneles de Santa Felicitas, en Barracas. Entramos al edificio de Pinzón 1480, en cuyo interior existe el increíble Templo Escondido, una iglesia neogótica que mandó a construir la familia de Felicitas Guerrero (asesinada a metros de allí en 1872): una joya arquitectónica sin fachadas, sin salida a la calle, sin uso religioso y con un pasado trágico y misterioso.

En el subsuelo hay túneles construidos en 1893. Ahí funcionó un gran comedor obrero desde principios del siglo pasado: se exhiben los cubiertos de bronce y las mesas de mármol en las que comían los trabajadores. Y baúles de inmigrantes y la máquina IBM en la que fichaban sus ingresos en 1910.

“Este comedor existió desde 1907 hasta 1944. Tenemos los libros de contabilidad originales, pero los primeros y los últimos años no están. Sí hay registros en actas que hablan del comedor, de su fundación y del cierre, que no debe haber sido prolijo”, explica Ellen Hendi, arquitecta, coordinadora del Complejo Histórico Santa Felicitas.Rastros del pasado. Museo de los túneles y templo escondido de Santa Felicitas. Foto: Fernando de la Orden

Rastros del pasado. Museo de los túneles y templo escondido de Santa Felicitas. Foto: Fernando de la Orden

Y agrega: “Estos túneles son pasajes semienterrados, una tradición constructiva de la época. Funcionaban, entre otras cosas, como depósitos. En una época en que no había electricidad ni heladeras, se necesitaban lugares frescos para almacenar víveres. Estamos en una zona baja, donde las napas de agua están muy cerca de la superficie, por eso acá no se construía a mucha profundidad. En un tramo de estos túneles, al que no permitimos el ingreso, aparece seguido una mancha ovalada de humedad en el piso. Las casas antiguas tenían, generalmente, tres pozos: uno cloacal, otro para extraer agua, y el de desechos, donde tiraban la basura”.

A menos de cien metros, bajo la Plaza Colombia, donde estaba la Quinta de Álzaga, también hay construcciones subterráneas, actualmente vedadas.

“Antes, en ese subsuelo, estaba el cuidador de la plaza y también los baños públicos. Yo entré en esos pasajes y tenían los mismos azulejos que éstos, el mismo tipo de techo de bovedilla, por lo que imagino que los túneles de Santa Felicitas estaban conectados en una red subterránea con lo que fue la Quinta de Alzaga, donde Enrique Ocampo le disparó a Felicitas Guerrero.”

En Buenos Aires perduran, en pleno siglo XXI, tesoros históricos enterrados, algunos de ellos abiertos a las visitas, como los mencionados en esta nota. Pero también hay otros que se han perdido y se siguen perdiendo: las empresas constructoras suelen tapar/demoler/rellenar pasajes hallados en sus excavaciones, para que las obras no sean paradas. Una puja entre la conservación patrimonial colectiva, histórica, y otro tipo de patrimonio, privado en más de un sentido.

Visitas

Para concertar tours, escribir a:

San Ignacio: visitasguiadas@sanignaciodeloloya.org.ar

El Zanjón de Granados: turismo@elzanjon.com.ar.

Santa Felicitas: visitasguiadas@santafelicitasmuseo.org.ar

Fuente: https://www.clarin.com/viva/tuneles-buenos-aires-historias-fascinantes-viaje-pasado_0_TtyFg6IbF.html