Buenos Aires logró una primavera eterna

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Texto: Cecilia Acuña

Cada año, Buenos Aires se transforma en una fiesta cromática que funciona casi con la precisión de un reloj biológico. Esta «paleta estacional», como la bautizó la artista plástica y acuarelista Cristina Coroleu, no es obra de solo un visionario, sino el resultado del trabajo de distintos paisajistas a lo largo de la historia. «Buenos Aires tuvo una serie de intervenciones paisajísticas que actuaron en el desarrollo de la ciudad. Cada una dejó su sello, que es lo que vemos ahora», explica Jorge Bayá Casal, arquitecto, paisajista y autor del libro Buenos Aires en flor (India Ediciones) en conjunto con la fotógrafa Karina Azaretzky. «Cristina Coroleu descubrió que Buenos Aires tiene una paleta estacional de colores, un itinerario de flores que se activa con el tiempo y que ofrece la posibilidad de ver distintos tonos a lo largo del año», agrega el especialista. Aunque la figura de Carlos Thays se asocia inmediatamente con el paisajismo porteño, Bayá Casal aclara que este fenómeno no fue creado específicamente por el profesional francés: “Su trabajo fue muy importante, pero sería simplificar los hechos, porque hubo otros paisajistas antes y después. Thays no lo pensó así, él plantó árboles nativos que no era una práctica común en esa época». La ausencia de registros sobre la intención original agrega un elemento de misterio a esta sinfonía vegetal: «Thays no dejó nada escrito acerca de la floración escalonada. Es un producto colectivo de la ciudad», sostiene el arquitecto. Lo notable es que ninguno de estos árboles proviene de Buenos Aires: todos llegaron desde el norte argentino —Jujuy, Salta, Tucumán, Misiones— traídos de las yungas y las selvas de montaña, aclimatados y domesticados para el paisaje urbano. «La floración escalonada es el fruto de la acción de múltiples paisajistas. Surgió de manera espontánea: la sorpresa de la naturaleza supera cualquier idea del hombre», reflexiona Bayá Casal. El calendario vegetal se superpone con el emocional de la ciudad: cuando florecen los lapachos, se acerca la primavera; cuando explotan los jacarandás, llegan los exámenes finales; cuando aparecen las tipas, es momento de pensar en las vacaciones. Desde septiembre hasta marzo, Buenos Aires atraviesa una metamorfosis cromática que arranca con el fucsia de los lapachos y termina con el rosa y el blanco de los palos borrachos, un recorrido urbano donde cada especie tiene su momento exacto.

Floración de árboles en la Ciudad de Buenos Aires (septiembre–febrero)

</span> Fuente: Censo de arbolado urbano - GCBA (1.404 árboles no fueron geolocalizados por inconsistencias en la información disponible)
Fuente: Censo de arbolado urbano – GCBA (1.404 árboles no fueron geolocalizados por inconsistencias en la información disponible)

● SEPTIEMBRE

El rosa de los lapachos inaugura la fiesta

Los lapachos abren el ciclo a finales de agosto y principios de septiembre, con un espectáculo particular: primero pierden todas sus hojas y después estallan en flores de color rosa intenso. «Los lapachos inauguran la fiesta de floración porque aparecen en primavera», confirma Bayá Casal. «Hay un lapacho muy conocido que se llama lapacho de Ezcurra, plantado por un paisajista llamado Martín de Ezcurra, ubicado en la avenida Figueroa Alcorta y Ramón Castilla. Este lapacho y otros inician la primavera porteña». El especialista destaca una característica clave: «Lo interesante de los lapachos es que florecen sin hojas». Esta floración sin follaje permite que nada opaque su color. Cuando este árbol explota de rosados, la ciudad sabe que llegó el momento de guardar los abrigos.

Lapachos en flor. El famoso lapacho de Ezcurra, ubicado en la avenida Figueroa Alcorta y Ramón Castilla (arriba). Ejemplares ubicados en la avenida Donado, CABA (izquierda). Detalle del árbol. La floración ocurre antes de que salgan las hojas (derecha)

● OCTUBRE

El rojo carmín de los ceibos

En octubre aparece el ceibo, la flor nacional argentina desde 1942, con su rojo carmín imposible de ignorar. «Los ceibos se pueden encontrar en mayor cantidad en plazas y parques y no tanto en las calles», describe Bayá Casal. Los que habitan los lagos de Palermo, los de Costanera Sur y el histórico de Plaza Lavalle se destacan en el paisaje urbano. Sobre este último, el arquitecto paisajista cuenta que fue «plantado por el primer intendente de la ciudad: Torcuato de Alvear. Es un ceibo que florece rojo anaranjado y es originario del Norte». El ceibo tiene una particularidad: se inunda de flores en primavera, pero también en verano y hasta en otoño, como si no quisiera irse nunca del todo.

<span class=nd-epigrafe-etiqueta>La flor nacional.</span> El gran ceibo en plena floración ubicado en el Parque Tres de Febrero, al borde del lago (arriba). Detalle de las flores de color rojo intenso, que se agrupan en racimos colgantes (abajo)
La flor nacional. El gran ceibo en plena floración ubicado en el Parque Tres de Febrero, al borde del lago (arriba). Detalle de las flores de color rojo intenso, que se agrupan en racimos colgantes (abajo)

● OCTUBRE – NOVIEMBRE

La pezuña de vaca blanca y rosada

«Durante la primavera sucede también la floración del árbol pezuña de vaca, que es blanco. Existen otros ejemplares rosados en tonos vibrantes. En ambos casos las flores continúan creciendo hasta diciembre», señala Bayá Casal, y precisa que «los más lindos son los que están en la plaza de Las Heras y Pueyrredón». Estas floraciones se entremezclan con el resto de las especies y agregan capas de color al paisaje urbano.

En dos tonos.La pezuña de vaca de flores blancas contra la fachada de la Facultad de Ingeniería (izquierda). También con las ojivas de la Facultad de Ingeniería de fondo, pezuñas de vaca con flores rosadas (derecha)

● NOVIEMBRE

Los jacarandás inundan la ciudad

Noviembre es el mes estrella del calendario floral porteño. Los jacarandás transforman Buenos Aires en una ciudad lila. «Se repite el mismo efecto de los lapachos: las flores aparecen con las ramas peladas”. Se destacan los que se encuentran sobre la avenida Figueroa Alcorta, Diagonal Norte, Libertador, Cabildo y 9 de Julio. El jacarandá tiene dos floraciones –una grande en noviembre, otra más tímida en febrero o marzo–, pero la de noviembre es la verdadera estrella. Durante más de cuatro semanas las flores permanecen en las copas, después caen y forman alfombras violetas en las veredas. En 2015 la Legislatura lo declaró árbol distintivo de la Ciudad.

Una flor y otra flor celeste. Tres imponentes jacarandás frente al Palacio Errázuriz, la casa-museo ubicada en avenida del Libertador (arriba). Es un árbol proterante, es decir, florece antes de que broten las hojas (izq.). Vista de la avenida Figueroa Alcorta desde el puente peatonal de la Facultad de Derecho (der.)

● DICIEMBRE

El amarillo de las tipas

Diciembre trae el amarillo de las tipas. «El ciclo continúa con las tipas que inundan de amarillo las veredas de la ciudad y que provocan que la luz que se refleja bajo sus copas sea diferente», describe el arquitecto paisajista con entusiasmo. Las flores apenas duran unos días en el árbol antes de caer y teñir todo de dorado. Las tipas hospedan a la chicharrita de la espuma, un insecto que produce esa «lluvia» pegajosa y azucarada que cae de sus copas.

La alfombra amarilla. La alineación de tipas en la avenida Libertador (arriba). Un conjunto de Tipuana tipu que entrega su sombra en el Parque Tres de Febrero (izq.). Detalle de las flores de color amarillo mediano entre el follaje (der.)

● ENERO – FEBRERO

El dorado del ibirá-pitá

«Para fines de diciembre y enero florece el ibirá-pitá. Es un árbol alto y esbelto que cuenta con una floración amarilla muy atractiva», dice Bayá Casal, y precisa su ubicación: «Hay, por ejemplo, en Lavalle y Callao y en Plaza San Martín». Esta especie cierra el ciclo principal con su tono brillante, casi dorado. «Tiene una altura descomunal. Es una estructura impactante», agrega el especialista. No son tan famosos como los jacarandás ni tan emblemáticos como los lapachos, pero están ahí, enormes, para dejar su impronta en la ciudad.

La estructura impactante. Se destacan las flores doradas del ibirá-pitá frente a los balcones de Lavalle y Callao (izquierda). Detalle de las panojas de flores entre el follaje verde (derecha)

● FEBRERO – MARZO

Los palos borrachos cierran el ciclo

Los palos borrachos llegan al final del verano. Vienen en tres colores: rosa pálido, rosa fuerte y blanco. Estos árboles «son los últimos que florecen, aparecen cuando ya se apagó el resto», comenta el arquitecto paisajista y precisa: «están desparramados por toda la ciudad y se destacan especialmente los de la 9 de Julio, los de los bosques de Palermo y otros en la avenida Figueroa Alcorta, a la altura de Núñez». El especialista aclara que «el palo borracho no es apto para plantar en veredas por el tamaño, por las raíces y por el tronco», lo que explica su presencia limitada en las calles porteñas.

Con tronco en forma de botella. Los palos borrachos de flor rosada en la Plaza San Martín (arriba). Detalle de las flores de los palos borrachos en tonos blancos (izq.) y rosados (der.)

Cada septiembre vuelve a empezar el ciclo: rosa, rojo, violeta, amarillo. Una sinfonía que se repite como una partitura natural donde cada especie sabe exactamente cuándo le toca su turno y transforma una metrópolis de cemento en un jardín en constante mutación.

Fuente: La Nación