Biblioteca Billiken vs. Colección Robin Hood, un clásico de los jóvenes lectores

Era como el River-Boca de las lecturas. Estaba el equipo amarillo, de la Robin Hood, y el contrincante, de blanco, la Biblioteca Billiken. La primera se atesoraba en las casas, la otra en general estaba en la escuela. La competencia podría decirse que era entre aventuras literarias hogareñas versus los que leen porque lo dice la seño, pero en realidad ambas colecciones se complementaban. Entre las dos crearon, y criaron, a más de tres generaciones de personas que aman los libros. O mejor aún: lo que sucede dentro de los mundos que proponen entre tapa y contratapa.

Como un superclásico, de verdad. Aunque quedó más asociada al recuerdo cariñoso, la Robin Hood, de editorial Acme Agency, que comenzó en 1941, no metió el primer gol. Ese tanto es de Editorial Atlántida, que lanzó la Biblioteca Billiken en 1929 y armó una colección que llegó a tener más de cien títulos.

El pelotazo al arco en la memoria emotiva quedó de la mano del equipo amarillo, que terminó a principios de los años 90 y resurgió con 15 títulos en 2010 de la mano de Clarín, es cierto. Pero los pioneros se anotaron otro tanto con la permanencia: siguieron a paso firme durante 70 años marcando la cancha escolar hasta 1999 con sus libros de tapa dura y fondo en blanco con ilustración colorida, que tentaban mucho a abrirlos.

Biblioteca Billiken. Un amplio abanico de temas y autores. Foto Juano Tesone

Biblioteca Billiken. Un amplio abanico de temas y autores. Foto Juano Tesone

Como un pequeño juego bonito, con el cambio de milenio los libros “olfas” reinventaron su formato y pasaron a tener tapa blanda, sin dejar de incluir por eso sus ilustraciones a color, la gran novedad en su primera época y marca de estilo ya clásica con el correr de los años. Desde entonces se llaman Nueva Biblioteca Billiken y se siguen vendiendo ejemplares nuevos en librerías. Eso suma 91 añitos de partido. Como para correr besando la camiseta.

Había una vez

Editorial Atlántida comenzó a existir en 1904, cuando el periodista uruguayo-argentino Constancio C. Vigil creó tres revistas. Para 1911 se publicaban regularmente y entonces empezó a pensar en otro tipo de público: niñas y niños. Durante los años 30 del siglo pasado, le dio impulso al sector “Libros” de su editorial y se centró en la publicación de obras infantiles y juveniles. Ahí ronroneaba el motor del corazón del asunto: la Biblioteca Billiken, que estaba compuesta por obras literarias, pero también históricas. Sus ilustraciones, la periodicidad de publicación, todo fue generando una fidelidad inquebrantable entre sus lectoras y lectores que, por primera vez, podían armar sus propias bibliotecas.

La colección se dividía en series, identificadas por un color, que se dedicaban a una temática específica. La Roja era la favorita, con novelas y adaptaciones literarias. La Verde, la destinada a quienes querían saber más sobre grandes personalidades del mundo, con biografías. La Azul, la que más recomendaban en la escuela, porque compilaba libros de sucesos históricos de América. Y además estaba la Colección Oro, con tapas símil dorado, creada y dirigida por gallegos emigrados a la Argentina durante la década del 40, que se especializaba en literatura sobre el exilio español.

Colección Robin Hood. Una colección que hizo historia en la literatura infantil. Foto Juano Tesone

Colección Robin Hood. Una colección que hizo historia en la literatura infantil. Foto Juano Tesone

Nada es color de rosa, igual, en esta gesta heroica de crear costumbre lectora desde la infancia. Muchas de las obras se editaban versionadas, que desde un lugar fue un modo de simplificar historias para mayor acceso a cualquier edad, pero en otros casos fueron versiones bastante digeridas de grandes obras, demasiado adaptadas o cambiadas de su original. Ahí empata con Robin Hood, que hacía lo mismo.

Biblioteca Billiken tenía un abanico enorme de títulos, heterogéneo a todo dar. Esa fue otras de sus marcas de estilo, buenas jugadas que la convirtieron en un hito bastante fundacional en generar paladares lectores amplios.

Pero algunas de sus elecciones, a casi un siglo de distancia, podrían resultar cuestionables. Entre obras de literatura universal y clásica, como La Odisea, de Homero; El último mohicano, de James Cooper o hasta Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla, se colaban algunas lecturas como Santa Teresa de Jesús, de Lauro Palma. Elecciones más “moralistas y religiosas”, según dice la magíster en análisis del discurso Carolina Tossi en su artículo de investigación La emergencia de las colecciones de literatura infantil y juvenil, y su impacto en la industria editorial.

Así se fue armando un combo extraño, con bajada de línea religiosa, pero encapsulada en una oferta riquísima no solo de otras de lecturas, más clásicas, si no también algunas incluso innovadoras. En el catálogo de 1948, por ejemplo, la Colección Billiken ofrecía versiones y adaptaciones de obras que antes nunca se habían pensado para públicos infantiles, que empezaron a leer por ejemplo al romántico escocés Walter Scott, el macabramente inteligente Edgar Allan Poe​ o al genial Oscar Wilde, pero también clásicos rusos como Gogol y Tolstoi, sin olvidarse de pasar por el trágicamente realista francés Balzac.

Aunque la lectura de los libros de la colección Robin Hood circulaba fuera de la escuela, y era la elección de infinidad de jóvenes, mientras que la Biblioteca Billiken muchas veces era parte de las lecturas sugeridas en clase, las dos compartían muchos títulos. Violeta, de Whitfield Cook; Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, y Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, son algunos de los clásicos en los que empataban. Y podría decirse que se fueron a penales eternos, porque entre las dos permitieron el acceso de la literatura clásica y de autor a un público hasta entonces nuevo, casi ignorado: niños y adolescentes. La rivalidad era parte del juego. Golazo.

Fuente: https://www.clarin.com/cultura/biblioteca-billiken-vs-coleccion-robin-hood–jugo-clasico-sedujo-jovenes-lectores_0_AA4pj5L5q.html