El sueño de Luis Alberto Spinetta
Iba a ser el proyecto más ambicioso del rock nacional, pero terminó marcando el final de Almendra

Ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces que había sonado “Hechicero” (“Pinball Wizard”), como así también el resto de los temas del LP doble de The Who, Tommy, del que era orgulloso poseedor. Luis Alberto Spinetta, que entonces tenía 20 años, disfrutaba la escucha embriagado de música y arte. Hasta que en un rapto de locura o genialidad abrió grande los ojos y dijo: “Esto es buenísimo, tendríamos que hacerlo acá”. Más o menos así comenzó el proyecto más ambicioso que el rock argentino se había propuesto hasta ese momento: una ópera rock.
Spinetta empezaba a ser Spinetta, pero sobre todo era Almendra, grupo fundacional de la escena nacional que “El Flaco” compartía con Rodolfo García, Emilio del Guercio y Edelmiro Molinari. Comenzaban los años 70, y la banda ya había alumbrado clásicos como “Muchacha (ojos de papel)”, “Ana no duerme” o “Tema de Pototo”, y un álbum que hoy está considerado uno de los más importantes del rock nacional.

En este contexto, Spinetta comenzó a soñar con la composición de una ópera rock, incluso cuando hasta el término le resultaba ajeno. Le contaba Rodolfo García al periodista Sergio Marchi: “Aquella idea que trajo Luis venía de las charlas con (Rodolfo) Alchourrón, teníamos conversaciones muy piolas con él. Almendra generaba ciertas resistencias dentro del medio del rock, éramos música blanda para algunos, había cierto menosprecio, y a Alchourrón le pasaba lo mismo en el ambiente del jazz. Le hacíamos muchas preguntas: ‘¿Qué diferencia hay entre una suite y una cantata?’. Cosas muy elementales que para nosotros eran de otro mundo. Al día siguiente de decidir hacer la ópera, Luis ya tenía tres o cuatro temas”. De acuerdo al investigador, “Entre ellos se encontraban ‘Obertura’, ‘Ella también’ y ‘Canción para los días de la vida’. Otros temas que pudieron pertenecer a aquella ópera fueron ‘Jueves no se detiene’, ‘Señor de las latas’, ‘Mago de agua’ y ‘Caminata’. La inspiración en la megaobra Tommy, de The Who, fue tan vívida que durante mucho tiempo el grupo llamó al proyecto: “Tomasito”.
Conforme fue pasando el tiempo, y compartida aquella visión con sus compañeros, Spinetta comenzó a imaginar la historia que le daría sustento a la música: “Un mago de agua llega a una ciudad -le contaba a Eduardo Berti- con una meta bien definida: la búsqueda de la pureza. En su tránsito se encuentra con un niño, y le pregunta qué puede hacer para conseguir su cometido. El niño le indica que debe hallar cinco trovadores que, simbólicamente, serán: Litto Nebbia, Moris, Tango (Ramsés), Javier Martínez y Roque Narvaja; y el sexto, que está loco, será caracterizado por Miguel Abuelo. Este último trovador es quien por fin le va a sugerir la clave para su búsqueda. Luego de peregrinar por las calles de la ciudad, encuentra a cada uno de los cinco trovadores y, finalmente, al loco, quien le dice que debe esperar a que los árboles le pidan tres deseos. Yo era el mago. Sí, más bien. Me había puesto ahí porque sentía que estaba llevando toda esa música y que tenía mucho que ver con lo que cantaba el mago: ‘Vivo y no saben bajo qué sueño está mi dolor o si lo puedo hacer canción’”.

La búsqueda de la pureza
Podía faltar la comida o la luz del sol, pero nunca el entusiasmo. Cada nueva idea era combustible para el motor creativo de aquella banda, y un proyecto de semejante trascendencia, inédito en la escena local, funcionaba mejor que el mejor estimulante. La combinación de todo aquello, hizo avanzar las composiciones todavía más rápido de lo esperado. Emilio del Guercio señaló: “Me acuerdo de haberle sugerido a Luis convertirla en una especie de fábula, con personajes como seres o animales. Como siempre pasaba con esa estimulación, Luis traía cosas y músicas, y Edelmiro trajo también algo. Yo no puse temas míos, pero sí aporté fragmentos. Recuerdo que la ensayábamos con mucho entusiasmo: marcábamos cuatro, empezábamos a tocar y terminábamos cuarenta y cinco minutos después”.
Todavía no se sabía si la ópera se iba a llamar El señor de las latas, El mago de agua, o media docena de opciones más, pero Luis Alberto Spinetta estaba cada vez más obsesionado con la idea y, a ese lugar, intentó llevar a sus compañeros. Pero no alcanzaba con imaginación y acordes: no era lo mismo montar un show en un club que pensar un proyecto conceptual de “complejidad spinettiana”. Además de logística, faltaba dinero, y ahí es cuando entró en la ecuación Jorge Pistocchi, de inquietudes artísticas y billetes en el bolsillo, que se sumó a la idea como mecenas. Su presencia le permitió a Luis soñar todavía más en grande, por lo que empezó a pedir mejoras técnicas, que solo podían traerse del exterior. “El problema –le explicaba Ángel Del Guercio a Sergio Marchi– es que Luis comenzó a plantear esas cosas como premisa para que Almendra pudiera seguir funcionando, y la verdad es que no encajaban con la realidad que estábamos viviendo”.

La ópera rock se dividía en dos partes, y terminaría con los acordes de “Aurora”. Merced a la bendición de Pistocchi, Edelmiro Molinari y Emilio del Guercio viajaron a Nueva York a buscar instrumentos; Spinetta y Rodolfo García se quedaron acá afinando las composiciones. Aunque puertas afuera, El mago del agua no era más que un título, en la cabeza de cada uno de los integrantes de Almendra parecía ser una realidad.
“Nunca se hizo un cálculo exacto de nada -dice García-. Ni de guita, ni de gente. En un momento se dijo que la iban a producir los editores de la revista Análisis. En cuanto al teatro, se habló del Ópera y hasta del Colón, pero lo concreto es que jamás se confirmó nada de esto. Nosotros ensayábamos como si hubiera fecha de estreno”.
De acuerdo a la biografía de Sergio Marchi, Spinetta, ruido de magia: “Ya se hablaba de una probable fecha de estreno, de gente interesada en producirla y hasta del mismísimo gobierno de Onganía con ganas de convertirla en una exaltación de la creatividad nacional. Nadie quería saber nada con el gobierno militar y eso hundía un poco el proyecto. ‘En ese momento había un Secretario de Cultura –aclara Rodolfo García–, que no era milico y era un tipo bastante abierto: Ricardo Freixá. Me parece que hubo un contacto y se barajó la posibilidad de hacer la ópera en el Teatro Colón. Pero nunca hubo una reunión’. Cuando Emilio y Edelmiro regresaron con el equipamiento, Almendra tenía pendientes una buena cantidad de shows. Lo que, sumado a la ópera y a la locura creativa, y de la otra, que poseía a Luis, sumió al cuarteto en una confusión absoluta en la que la Almendra comienza a partirse en dos mitades. Edelmiro intentaba seguirle el tren a Luis Alberto, pero Emilio se mostraba reacio y tiene de su lado a Rodolfo, que trataba de arbitrar aquel delirio. Hubo un enfrentamiento entre Luis y Emilio que no pudo subsanarse, y esa fue otra causa que llevó bruscamente al grupo a plantear la separación, lisa y llana”.

Fruta amarga
“Pero hubo algo más –contaría Del Guercio–, que es un pacto entre nosotros. En ese momento, a Luis comenzó a rodearlo gente diferente a la de nuestro ámbito; entre él y yo había un vínculo Almendra, un vínculo casi de hermanos, y teníamos nuestro vínculo personal desde que éramos más chicos aún. Ahí yo tomé un poquito de distancia porque veía mucho quilombo y mucho delirio. Me angustiaba eso. En la casa que se había alquilado, todos los días aparecían personajes raros”.
La quinta de Moreno que “El Flaco” alquiló en 1970 resultó ser la última testigo de un proyecto que no fue. Quedaron fotos de la época, temas que verían la luz muchos años después, y los recuerdos borrosos de cada uno de los participantes.

La ópera rock de Luis Alberto Spinetta y Almendra fue tema de un inolvidable número de la revista Pelo. Al siguiente, el mismo medio anunciaba la separación de la banda y la siguiente reflexión: “La ópera quedará en el recuerdo, inconclusa. Solo algunos privilegiados que alcanzaron a escuchar varias partes saben de su verdadero valor. Con la defunción de Almendra, se cierra también lo que podía haber sido una de las más brillantes posibilidades de apertura de la música pop nacional: esa misma ópera que, sinceramente, todos esperaban”.
Hastío. Cansancio. Búsquedas diferentes. Ninguno de los integrantes del grupo pudo definir exactamente qué los llevó a seguir caminos separados. Tiempo después, Spinetta dijo que se sintió “muy solo con lo de la ópera” aunque, al decir de sus compañeros, de lo que estaban tomando distancia era de él, de sus motivaciones, de su nuevo círculo íntimo. “Esta es una separación en conjunto, es común. Así como un día decidimos, por nuestro gusto y nuestras aspiraciones, unirnos en conjunto; hoy tomamos la resolución, tan libremente como antes, de separarnos. Vamos a terminar todo como empezó: con un recital. Los cuatro sabemos perfectamente que esto era un ciclo, sin fecha fija de finalización, y ahora llegó. A partir de ahora, cada uno tratará de evolucionar en el camino musical que eligió. Si de repente mi camino y el de Edelmiro tienen cosas en común, vamos a hacer cosas juntos. Cada uno va a sentirse alentado por sus nuevos proyectos, y eso es importante dentro de la evolución de un músico”, declaró en aquella última nota, tratando de minimizar el dolor.
¿Genialidad o manotazo de ahogado para intentar recomponer una pieza única que había comenzado a resquebrajarse? A comienzos de los años 70, la cabeza de Luis Alberto Spinetta estaba tomada por el arte, la música y una variedad de estímulos, resumidos en nuevos amigos y nuevas tentaciones, que reclamaban su espacio. Aquel proyecto desmesurado de hacer la primera ópera rock vernácula quizás fue su cable a tierra, su forma de conectar con la música, y también con aquellos que, hasta ese momento, habían sido sus hermanos de la música, pilares y grandes socios creativos. La historia de aquellos músicos recién comenzaba, pero ellos no lo sabían. Incluso varias canciones compuestas para El mago del agua verían la luz en futuras grabaciones o actuaciones en vivo. Hubo sueños mayores que sí se cumplieron, muchísimos. Aunque el primero, el fundacional, haya quedado en el camino.
Por Guillermo Courau
Fuente: La Nación