La novela de la década o quizás del siglo

26.8.26-The-Disappearers

Según la elegida por el diario The New York Times

“The Disappearers”, el nuevo libro de Marlon James sobre la experiencia gay y la homofobia asesina en Jamaica, es “un festín maximalista” y el mejor libro hasta ahora del ganador del Premio Booker

The New York Times

Marlon James, autor jamaiquino galardonado con el premio Booker en 2015, publica a los 55 años "The Disappearers"
Marlon James, autor jamaiquino galardonado con el premio Booker en 2015, publica a los 55 años «The Disappearers»HIROKO MASUIKE – NYTNS

En el ajetreado bazar que es la industria editorial contemporánea, últimamente se le ha prestado mucha atención a los minimalistas y a los minuciosos, a los escritores de novelas cortas impregnadas de ironía. Ha sido una comida de porciones pequeñas, un reflejo de los cortos lapsos de atención.

La nueva novela del escritor jamaiquino Marlon James, The Disappearers [aún sin fecha de publicación en la Argentina], de más de 600 páginas, es en cambio un festín maximalista: es humana, manchada de sangre, perturbadora y sustanciosa. A James le toma 90 páginas decir hola. Pasan otras 70 antes de que su historia se asiente en tus entrañas y comience a retorcerlas. Y pasan otras 150 antes de que comprendas por completo la autoridad desenvuelta con la que escribe y la magnitud de sus ambiciones. Los cohetes propulsores se desprenden. Coordenadas dispares comienzan a converger.

¿Por qué no simplemente decirlo? Con esta novela sobre la experiencia gay y la homofobia asesina en Jamaica y en otros lugares durante las décadas de 1980 y 1990, James ha escrito una obra maestra, la novela de la década y posiblemente del siglo hasta ahora.

The Disappearers [aún sin fecha de publicación en la Argentina], tiene más de 600 páginas y es "humana, perturbadora y sustanciosa"
The Disappearers [aún sin fecha de publicación en la Argentina], tiene más de 600 páginas y es «humana, perturbadora y sustanciosa»

Merece que se hable de ella junto a Hijos de la medianoche de Salman Rushdie, por su tumulto de lenguaje y sus temas poscoloniales entrecruzados; La canción de Salomón de Toni Morrison (James retoma un escenario de venganza de esa novela); y ¡Absalón, Absalón! de William Faulkner —la mejor novela estadounidense, yo diría— por muchas razones, pero en especial por la forma en que James, al igual que Faulkner, forja sus temas como un Vulcano, volviendo sobre ellos sin tregua desde ángulos nuevos y a veces oblicuos, avanzando y ampliando su ataque. Esta es otra forma de decir que The Disappearers fue una de las experiencias de lectura más significativas de mi vida adulta. Hundió cuchillos profundamente en mi corazón. Todavía me estoy recuperando de ella.

Un punto a favor es que James es casualmente divertido de una manera en que Faulkner rara vez lo es, y su novela tiene cassettes de Nirvana, Soundgarden, Duran Duran y Prince en su radiocasetera. Se me ocurrió alrededor de la página 350 que The Disappearers lo coloca cerca del inicio de la fila, de aquí a una o dos décadas, para el Premio Nobel.

James vive en Brooklyn. A sus cincuenta y tantos años es autor de otras cinco novelas. La imperdible es Breve historia de siete asesinatos, una novela de múltiples voces sobre un atentado contra la vida de Bob Marley. Ganó el Premio Booker en 2015. Su excelencia es poco discutida, pero The Disappearers se le parece y, al mismo tiempo, la trasciende.

En el nivel más básico, la trama de The Disappearers es fácil de comprender. Trata sobre ocho jóvenes negros y mestizos en Kingston que se reúnen en privado, en 1988, para ensayar una obra peligrosaAl sordo cielo (1967) de John Herbert, sobre la vida y la degradación en prisión, y los actos sexuales tanto deseados como no deseados. Un personaje se refiere a ella como “El señor de las moscas con adultos”. La mayoría de los actores, si no es que todos, son hombres gay que no han hecho pública su sexualidad.

Un ensayo es asaltado, en una escena de una violencia brutal —se esparcen dientes como diamantes, se rompen huesos, se sacan ojos— por una turba homofóbica. Siendo Jamaica como era en ese momento, los agresores son tratados como héroes. Este episodio, una novela corta por sí solo, se relata desde el punto de vista de los depredadores y funciona como el tiro inicial en un juego de billar.

Marlon James, retratado la semana pasada en Nueva York
Marlon James, retratado la semana pasada en Nueva YorkMARCUS MADDOX – NYTNS

Seguimos a un puñado de personajes hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, casi siempre con cartas, diarios y entrevistas. Hacia el final de la novela, algunas de estas bolas de billar se han agrietado o han caído de la mesa y se han alojado en rincones remotos y sórdidos.

Esta es una novela profana de sexo gay, una que encuentra su centro de gravedad al nivel de la entrepierna, y también es una novela sagrada: tan visceral que insinúa que los heterosexuales viven sus días como sonámbulos.

Me alegra que John Rechy, el autor de The Sexual Outlaw, un relato confrontacional de no ficción sobre la escena gay clandestina en Los Ángeles durante la década de 1970, siga vivo para leerla. De formas tácitas y explícitas, la novela de James está compuesta en honor a su libro. Un personaje sugiere que Rechy encontraría a los hombres gay de hoy (James se refiere a ellos, de forma desenfadada, mediante un insulto común) tan aburridos como tarjetas de Hallmark andantes.

Esta novela se relata en un lenguaje tosco, contundente y eléctrico: los vocabularios más oscuros que nos guardamos. Es un libro del que es difícil hablar en un periódico familiar. Uno se siente como Norman Mailer obligado a usar como tapadera el término “fug” en Los desnudos y los muertos, o el miembro de la pandilla callejera de Amor sin barreras que le grita “Krup you” al oficial Krupke. Supongo que se podría llamar argot al lenguaje de James, que Carl Sandburg describió como “un lenguaje que se arremanga, se escupe en las manos y se pone a trabajar”. Pero aquí no es en las manos donde se escupe.

También es difícil hablar sobre esta novela porque hay al menos dos decenas de formas de abordarla.

Trata sobre el colonialismo y los activos y pasivos; sobre cómo la cultura pop, en especial la música, puede poner las vidas de cabeza; sobre la violencia, la lástima, el asco, la vergüenza, el exilio y la venganza; sobre la naturaleza de Jamaica y su aplastante falta de ironía; sobre padres e hijos, la literatura gay y el sentimiento gay; sobre el poder, a veces, de la sumisión y sobre a quién barren en este mundo y quién es el que barre. Trata sobre el rechazo de la familia y la sociedad. Trata sobre cómo la Biblia legitimó la aniquilación gay.

También es una novela sobre el sida, un libro sobre morir solo. Los actos de desaparición de los hombres gay son uno de los muchos significados del título. Seguimos hacia atrás en el tiempo a un hombre jamaiquino y cosmopolita llamado Havelock Titus hasta la Universidad de Oxford, donde estudió y se convirtió en el juguete sexual de un grupo de aristócratas canallas. Habla de “malicia” en los viejos comedores. Estuvo en aquel ensayo fatídico y se avergüenza de haber huido. Fue uno de los primeros pacientes con sida. Recuerda los días en que un hombre podía ser asesinado a machetazos por usar sombra de ojos.

Esta novela no tiene ni un pelo de empalagosa en el cuerpo, pero se asoma una dulzura natural. Un narrador piensa: “Nadie le dijo que querer ser abrazado, besado y pensado era una cosa de humanos, no solo una cosa de mujeres. Nadie se lo ha dicho a un solo hombre o mujer en este país. A mí nadie me lo dijo”.

Las ideas importan en una obra de ficción, pero si un libro no está vivo, no valen nada. Lo que sigue son algunas observaciones sobre cómo es ir dando tumbos dentro de The Disappearers. Un narrador jamaiquino se aferra a lo que puede de la cultura estadounidense de traseros respingones, para escapar de las realidades precarias de su vida. Hay una oda estruendosa a la gloria de los glúteos de Bruce Springsteen (“justo encima de la raya habrá una mancha de sudor en una V perfecta”), y sueños de un escenario en el que Don Johnson, Pierce Brosnan y Mark Harmon están ocupados con diferentes partes de la anatomía del narrador. Yo podría diseccionar este material verborreico durante páginas. Siempre hay algún chico masturbándose eufóricamente.

Esta escritura cambia a registros más altos. James tiene una comprensión visceral de por qué la música importa en nuestras vidas, y se deleita, como un fanático del vinilo, de los detalles más minuciosos. “Me siento como la última canción de un disco de Joy Division”, es un comentario nada atípico. Un personaje le ha dado la espalda al reggae, en parte porque “a los chicos que me hicieron la vida un infierno en la preparatoria les gusta Peter Tosh”, y ha optado en cambio por bandas estadounidenses de grunge. “Los chicos blancos tristes de Seattle”, declara, “me están enseñando a vivir”.

La música fue la primera cosa, dice, que le devolvió el amor. Tiende a pensar en letras de canciones, porque son las primeras palabras que le calaron hondo. La música lo enciende de euforia: quiere abrirse la piel y salir arrastrándose. Sin embargo, la música también puede “amarte con fuerza y dejarte peor de lo que te encontró”.

El material cultural se eleva más alto. Unos cuantos de los narradores son tan casualmente instruidos que James mete de contrabando un ingenioso recorrido crítico de baja fidelidad por la literatura gay, desde E.M. Forster hasta Jean Genet, pasando por James Baldwin, Paul Monette y Edmund White. Estos jóvenes obtuvieron su aprendizaje de la misma manera que Ta-Nehisi Coates nos dijo que lo hizo: “de a tres libros prestados a la vez”.

El libro argumenta que Trollope es mejor que Dickens (porque es más político) y Auden es mejor que Eliot (porque “Eliot se dirige a ti mientras que Auden habla contigo”). La escritura sobre sexo es incandescente, las páginas están sembradas de condones, lubricante, enemas y sangre. Casi no puedo citar nada de este material (excepto frases como “Soy el vaquero atolondrado con la postura amplia”), pero James usa el torrente de escenas de sexo, en bibliotecas, en urinarios públicos, en céspedes bien cuidados, en las casas de extraños o de ligues, para explorar la condición humana.

El ingenio es indispensable para la comprensión, y en The Disappearers James lo dispensa de manera desenfadada. Es el jugo de limón que corta los sudores nocturnos. Sobre la lectura y sus descontentos: “Llevar un libro a una fiesta no era ni remotamente tan genial como pensé que sería”. Sobre las citas: “¿Quiero aventurarme en la casa de un hombre que ordena su pornografía alfabéticamente?”. Sobre las negociaciones acerca de qué actos sexuales están sobre la mesa: “No todo lo que hay en el balde de KFC te lo tienes que comer”. Sobre las bebidas matutinas: “El café me hace pensar que me persiguen”.

Sus agudas habilidades de observación son evidentes en todas partes. Un hombre “hace esa cosa que solo los jamaiquinos hacen, señalar hacia adelante proyectando los labios”. Ya no sé lo que significa woke, pero The Disappearers no lo es; o si lo es, vuela tanto por debajo como por encima del discurso.

A medida que el libro avanza, un personaje se hace cargo de la funeraria de su padre y poco a poco enloquece. Otros dos desaparecen después de la noche de violencia y son buscados. Uno de los narradores es un hombre que se suponía que debía estar allí esa noche, pero, de manera sospechosa, no estuvo.

Rondando en los márgenes hay una figura bien conectada pero recesiva al estilo Gatsby llamada Paul Royale, que ayuda discretamente a hombres gay en crisis, pero que también se describe como un “embaucador pederasta, explotador de chicos y loca por el tamaño”. Royale también podría haber caído de la novela corta de Thomas Mann, Muerte en Venecia, sobre la idealización que hace un intelectual reprimido de los muchachos. Este papel será buscado con avidez en una versión cinematográfica.

James trabaja justo en los márgenes de su subconsciente y busca constantemente la esencia de las cosas. Aquí reconoces el lento desarrollo del personaje y la resonancia de los temas. También están presentes los pasajes aburridos que resultan extrañamente esenciales para las grandes novelas. Una de sus oraciones deberá su impacto a una que vino 85 páginas antes. Ningún rincón de la experiencia queda suavizado. Algunas de las ironías están en un tono tan alto que solo un perro puede escucharlas.

Aquí es donde un crítico mencionará uno o dos defectos, con la esperanza de conservar su credibilidad. Por momentos, las escenas se sentían exageradas, a la manera de El Zorro se encuentra con Tarantino. (Estos personajes han consumido mucho anime). Sobre uno de los esnobs británicos, James es demasiado obvio. Una o dos veces me sentí perdido, sin estar seguro de quién estaba hablando. En este asunto me pongo del lado de Nadine Gordimer, quien dijo que no le importaba estar ocasionalmente desconcertada. Todo cobra sentido al final. Estos son pecados menores.

Patricia Highsmith, cuya siniestra influencia se siente en esta novela, escribió que “debido a lo que han pasado, todos los homosexuales son hermanos de sangre a través del tiempo”. James, un explorador incansable del espíritu humano, graba esa noción en el pecho de su novela.

No acabas The DisappearersThe Disappearers acaba contigo.

Por Dwight Garner

The New York Times

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