30 habitantes y un árbol
Ischilín, el pueblito cordobés que volvió del olvido
Fernando Fader se radicó allí para salvarse de la tuberculosis; muchos años más tarde, hacia el año 2000, su nieto Carlos lo recuperó reciclando sus casitas de colores
LA NACIONAna van Gelderen

En el noroeste de la provincia de Córdoba, a 20 kilómetros de Deán Funes y a casi dos horas de la capital, Ischilín (“grito de alegría”, en lengua originaria) emerge como un pueblo que se define alrededor de una plaza con un algarrobo de más de 500 años.

Con apenas 30 habitantes y una historia vinculada al paso de los héroes de la independencia y a la fundación de Córdoba, el paraje recuerda a quien fuera su habitante ilustre: el pintor francés Fernando Fader.
El impresionista llegó en 1918, a los 33 años, con un diagnóstico de tuberculosis y una sobrevida estimada de apenas seis meses. Le recomendaron las sierras de Córdoba por la bondad del clima; allí, contra todo pronóstico, vivió 20 años. Durante ese tiempo, pintó su entorno: los ranchos humildes, los caminos de tierra, el monte, la vida rural y sus costumbres. En este lugar consolidó una obra clave del impresionismo argentino y puso a Ischilín en el mapa cultural del país.

En Loza Corral, un paraje a 7 km de la plaza, construyó su casa donde residió con su familia. Hoy, el inmueble funciona como un museo provincial.
Ischilín ya era un sitio con historia, forjado en las antiguas tierras de los sanavirones. Durante la época de la colonia fue un punto estratégico en el Camino Real, la vía de comunicación y comercio que unió el puerto de Buenos Aires con las minas de Potosí y la ciudad de Lima.

Pese a que Ischilín no contaba con una posta –como Sinsacate u otras que se encuentran sobre el actual trazado de la RN 9–, era parte del entramado que alimentaba ese corredor. Funcionaba, principalmente, como zona de engorde de mulas que luego se enviaban al norte para las tareas mineras y de transporte.
La historia
Este pueblo tranquilo, de paisajes agrestes, resulta encantador. Sus orígenes datan de 1595, cuando le asignaron tierras a Miguel de Ardiles para fundar un paraje. En lo que hoy se conoce como “Ischilín Viejo” –a una legua del asentamiento actual– se levantó la primera iglesia de adobe (1640), la cual fue arrasada por una inundación 40 años después.

El templo nuevo, de ladrillo y calizas, fue construido por los jesuitas bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario en terrenos cedidos a Francisco de las Casas y Ceballos. Finalizada en 1706, la iglesia es hoy Monumento Histórico Nacional. En su nave se hallaron objetos de gran valor: un misal con ilustraciones doradas y dos candelabros de plata con incrustaciones de piedra.

Por fuera, se aprecian petroglifos tallados en una piedra al costado izquierdo y, en la parte posterior, un mascarón ornamental antropomorfo en tierra cocida.
Actualmente, se celebra misa una vez al mes.
Todo en una manzana
En este pueblo de apenas una manzana, además del árbol histórico y el templo, se encuentran el monumento al soldado Pino (mártir de la Guerra de la Independencia), el aljibe, la estafeta postal, una proveeduría, el rancho de Doña Eleuteria, el destacamento policial, la casa del cura, la primera escuela junto a construcciones de adobe de principios del siglo XVIII.
Dora Moyano, guía de la Casa Museo Fader, cuenta que bajo el algarrobo centenario descansaron las tropas del General Lamadrid y José María Paz cuando se dirigían hacia el norte por el Camino Real.
A unos 200 metros del pueblo se encuentra el cementerio donde descansan los restos del pintor junto a su esposa Adela Guiñazú y su hijo mayor, Raúl.
Carlos Fader, nieto del artista, se encargó de la puesta en valor de varias casas históricas. En 1997 compró el almacén de ramos generales (La Rosadita, hoy cerrado) y el edificio de la antigua escuela para restaurarlos como un homenaje a su abuelo.
“Me he criado en Ischilín, estudié en Deán Funes; era mi lugar. El que se quedó empantanado afectivamente fui yo”, dice Carlos, quien reside hace años en Villa Allende.
Aunque no conoció a su abuelo y perdió a su padre a los 6 años, fue reconstruyendo la historia a través de familiares y amigos.

El nieto del pintor decidió intervenir para impedir la decadencia del pueblo en un momento en que Ischilín se encontraba prácticamente abandonado. Compró las dos únicas propiedades que tenían escritura y dedicó 20 años al proyecto de restauración, que incluyó la mejora de la plaza, entonces invadida por olmos.
Qué se puede hacer
El gran atractivo es el museo de Loza Corral que propone una inmersión en la intimidad del artista. Consta de nueve salas con una muestra permanente, el atelier, la habitación donde falleció y un jardín escalonado de estilo francés. Para levantar la propiedad en 1918, el propio Fader fabricó seis tipos de ladrillos distintos. El predio cuenta además con tres piletas y un lago artificial, hoy secos. En el atelier se exhiben bocetos, su caballete, una caja de pintura y su arcón.

Fader nació en Burdeos en 1882, hijo de una vizcondesa francesa y de un ingeniero naval alemán. En Ischilín tuvo una prolífica producción artística y tres hijos, pero murió en la pobreza a los 55 años. Posteriormente, la familia vendió la propiedad al Gobierno de Córdoba, integrándola al patrimonio cultural de la provincia.

El pueblo cuenta con un único restaurante, La Serena, que ofrece platos caseros como sorrentinos rellenos de cordero. El establecimiento también dispone de una proveeduría y dos habitaciones con baño privado para viajeros. Fuera de temporada, abre sábados, domingos y feriados.
A dos kilómetros de allí y a cuatro del museo, sobre el camino a las grutas de Ongamira, se encuentra la bodega Jairala Oller, abierta desde el año 2000.
La Serena. WS: 3548 61-3960/ 3521 45-3797. IG: @laserenacasadecampo
Museo Fader. T: (3521) 43-1273. De martes a domingos y feriados de 11 a 17.
Jairala Oller. T: (351) 679-5294. De lunes a sábados de 10 a 12 y de 15 a 19.