Día de la Mujer Migrante
El 10 de enero Marcelina Meneses y su hijo Joshua Torres fueron víctimas de un crimen racista que marcó la agenda de derechos de las mujeres migrantes en Argentina. Más de dos décadas después, la conmemoración sigue siendo una exigencia de justicia y reconocimiento en múltiples jurisdicciones.
Cada 10 de enero la comunidad migrante organizada conmemora en Argentina el Día de la Mujer Migrante, una fecha que nació por el empuje de la familia de Marcelina Meneses junto con organizaciones de migrantes que, desde hace más de dos décadas, impulsan su reconocimiento ante distintas cámaras legislativas en varias jurisdicciones del país. La primera norma que lo instituyó oficialmente fue la Ley 4409 del año 2012 en la Ciudad de Buenos Aires. Allí fue aprobada gracias al sostenido reclamo de las organizaciones sociales. Luego se sumaron otras localidades, siempre tras enormes esfuerzos de la comunidad migrante organizada. Incluso en 2013 hubo un proyecto de ley que buscó incorporar el día en la agenda nacional, pero el Congreso de la Nación nunca trató el tema y finalmente el proyecto cayó. La búsqueda de las organizaciones y de la familia siempre fue que se incorpore como efeméride en la agenda oficial para impulsar la visibilización del racismo, la búsqueda de justicia y la consolidación de políticas públicas que garanticen la no repetición de hechos similares.
Marcelina Meneses nació en Cochabamba, Bolivia, el 20 de febrero de 1970. Migró a la Argentina junto a su familia y se instaló en Ezpeleta, en el sur del conurbano bonaerense. Vivía allí con su pareja, Froilán Torres, y sus hijos Jonathan David Torres y Alejandro Joshua Torres, que nació en Argentina. Trabajaba como repositora en un supermercado. El 10 de enero de 2001 salió de su casa con su hijo menor, de diez meses, para llevarlo al Hospital Perón en Avellaneda a un control de salud. Froilán, que se desempeñaba como albañil, no la pudo acompañar porque tenía pendiente un trabajo esa mañana.
Tomó el viejo tren de la línea Roca que circulaba con las puertas abiertas. A la altura de la cancha de Independiente, en un tramo donde las vías se elevan y el tren pasa sobre un desnivel, Marcelina se acercó a la puerta con su hijo en brazos y algunas bolsas. En ese movimiento rozó a otro pasajero. La reacción fue inmediata y comenzaron los insultos. Un grupo de hombres comenzó a agredirla verbalmente con insultos racistas, refiriéndose a ella como “negra de mierda” y otros epítetos cargados de odio racial. La violencia fue escalando hasta que Marcelina y su hijo fueron empujados fuera del vagón en movimiento. Cayeron varios metros hasta el suelo. Fallecieron ambos en el lugar, ella que apenas llegaba a los 30 años, y él, un bebé argentino que no alcanzaba el año de vida.
La causa judicial avanzó de manera fragmentada. La mayoría de los testigos se negó a declarar. Un año después, Julio César Giménez fue el único que aportó un testimonio detallado de lo ocurrido. Su declaración confirmó el ataque racista. No alcanzó. No hubo condenas. El expediente se cerró sin responsables. El crimen sigue impune.
Con el paso del tiempo, el nombre de Marcelina Meneses dejó de estar únicamente ligado al expediente judicial. Su historia empezó a circular entre organizaciones de migrantes y colectivos de mujeres que reconocieron en ese hecho una experiencia compartida. Violencias en el transporte público, insultos racistas naturalizados, precarización laboral y cuerpos expuestos a la agresión cotidiana. El 10 de enero comenzó a condensar todo eso. Es la muestra clara de que el racismo mata, no es un juego. También es una muestra clara de cómo los insultos y las agresiones son formas de deshumanización que pueden derivar en el desprecio por la vida ajena y el descarte de los cuerpos racializados, que son los cuerpos de las mayorías populares de nuestra patria.
El racismo criollo y sus consecuencias siguen siendo el tema tabú de la nación. Eso explica en parte por qué todo el vagón fue cómplice y solamente una persona declaró en la causa y lo hizo un año después del hecho, facilitando la impunidad de los asesinos. También explica porque la política le dio la espalda a la memoria de Marcelina, pese al enorme trabajo de organizaciones y de la propia familia de la víctima. Sobre todo de su cuñada, Reina Torres, que hasta su fallecimiento en 2025, se dedicó casi en exclusiva a promover esta fecha, y levantar la memoria de Marcelina, pero no tuvo eco más que en algunas legislaturas locales. Reina en persona presentó proyectos, hizo acompañamientos y llevó a cabo discusiones en distintas cámaras legislativas.
El proceso sigue abierto. Ahora ya no está Reina Torres para seguir empujando la memoria de su cuñada, pero quedó una organización social en Ezpeleta que lleva por nombre Centro Integral de la Mujer Marcelina Meneses y que sostiene actividades abiertas a la comunidad. La organización que dirigía Reina cumplirá 12 años en algunos meses y se encuentra ubicada a pocas cuadras de la estación Ezpeleta, en la misma casa donde vivían Marcelina y su familia. También queda viva la memoria, y el impulso de decenas de organizaciones que siguen reclamando por el hecho y exigen el reconocimiento de la política a través de la efeméride. Será la tarea antirracista, no olvidar, exigir justicia y no dar un solo paso atrás. Si la política sigue dando la espalda, entonces mayor debe ser la presión de la comunidad organizada.
Fuente: https://www.pagina12.com.ar/2026/01/10/dia-de-la-mujer-migrante/